El miedo a la muerte: ¿construcción cultural o temor instintivo?

“Pagaría por ver a un ateo en medio de un terremoto, encomendándose a dios”, me dice un tío católico que cree que mi escepticismo es cosa de románticos a quienes «el señor pondrá en su sitio».

Por Alberto Ochoa Mackenzie
29 de abril de 2019
El miedo a la muerte: ¿construcción cultural o temor instintivo?
Pixabay
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En mi familia hablar de religión es igual a hablar de fútbol. Me gusta hacerlo porque es de los pocos espacios en los que puedo defender mi ateísmo. Disfruto poner contra las cuerdas a mis contendores que reducen las respuestas alrededor de la existencia humana a “la biblia dice…”.

La tribuna católica la ocupan mis padres, tías y tíos. La gradería de los ateos, conmigo a la cabeza, está conformada por mi hermano ingeniero y mis primas, todos representantes de una generación que se enorgullece de no ir a misa ni persignarse. Contando de soslayo, puedo decir que mi familia extensa es un 60% católica y un 40% atea o agnóstica, cifra considerable en un país conservador.

En mis treces años de proselitismo ateo, la contienda va en cómo veo la muerte. Voy a exponer mi reflexión antes de exponer la de mi tío que le gusta azuzar la discusión en almuerzos y cafés familiares.

Primera pregunta: ¿qué pasa con uno el día que se muere? Mi respuesta es: sucede lo que dice Fernando Vallejo en el documental La desazón suprema y en sus novelas incendiarias. Para el autor paisa, cuando morimos nos vamos a la paz de la nada, nos vamos a dormir sin soñar. Habitamos en nuestra mente y, al no haber actividad cerebral, el día final nos apagamos para siempre. Es sencillo de ilustrar: no vamos al cielo ni al infierno, no vamos a estar viendo cómo nos lloran ni cómo nos recuerdan en la lejana tierra.  

Aprovecho para recrear una situación: estoy en inminente peligro de muerte, tengo miedo y dispongo de dos opciones: hablarle a dios o abrazarme a mis huesos. Aquí mi tío dice, como si tuviera una bola de cristal, que en mi caso (y el de cualquier ateo) será inminente mi transfuguismo. Asegura con vehemencia que con una mano adelante y otra atrás me encomendaré «al señor para que me salve».

Según el hermano de mi mamá, si llego a padecer una enfermedad terminal, inevitablemente buscaré «las sagradas escrituras». Incluso, el día que un médico me dé tres meses de vida, me ha proyectado en misa, pronóstico que atajo con lo siguiente: no le temo a la muerte y, si tengo que morir a mis 33, pues me voy. El día que mi cuerpo se desconecte de la vida pasaré al ocupar el lugar de cualquier muerto: la nada, el sueño eterno, la paz de los que no han pedido nacer.

El día que le vea la cara a la muerte voy a tratar de vivir mis días sin preocupaciones, tranquilo por saber que no hay nada en el más allá porque averno y paraíso son invenciones humanas. Son invenciones terrenales como el mundo de El señor de los anillos, Macondo, Gryffindor y Namekusei.

El día de mi muerte estará cargado de tristeza e impotencia por el adiós de los demás, pero la mayoría de los duelos son susceptibles superarse, de modo que mis familiares y amigos sabrán acostumbrarse a mi ausencia.

A los creyentes y a los que le tienen miedo a la muerte, les pregunto ¿por qué sufren con la idea de no estar más? ¿Les duele imaginar un presente sin ustedes? ¿Qué nos va a suceder el día que no estén?  Por puro temor y culto a la vida poco se  atreven a pensar en su desaparición. 

Duélale a quien le duela, hay dos caminos y uno se cae por su propio peso: el de los católicos, con su segundo tiempo en el cielo (o el infierno), en una especie de lote sin cercas, lleno de ovejas o lo que sea que haya en ese lote plagado de espíritus de otros tiempos, contemplando a los vivos a través de una pantalla gigante.

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