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El tamaño sí importa

No recuerdo cuándo fue la primera vez que me preocupé por el tamaño.

Por Martín Tournier
31 de marzo de 2011

En mi adolescencia nunca fui por ahí, mirándome y comparándome y midiéndome; para eso estaban el fútbol, las canicas o los puños.

Como muchos otros, superé la adolescencia sin mayores quebrantos de autoestima, convencido de que tantos tamaños había como tantos hombres en el mundo y que al final daba lo mismo.

Un día, sin embargo, una amante inglesa, mi primera, mi única amante inglesa, tuvo que estropearme el reconfortante paraíso que suele ser, en tantos casos, la ignorancia, y en un diálogo post coito me la soltó sin compasión: Your willy is nothing compared to Ralph’s, my ex…. Y sonrió. Sonrió, la hija de puta.

Están equivocados quienes intuyeron que Willy es el nombre con el que bauticé a mi aparato reproductor. Willy es el nombre que con ternura utilizan los ingleses para referirse al pito. Es el eufemismo más tolerable, el que se usa con los chicos. ¿Captada la humillación?

No sé, nunca sabré y no quiero imaginar de qué proporciones era el brazo del inglés que se había cogido esta chica, pero aquella noche, el tal Ralph se metió en mi subconsciente.

Los primeros día fueron los más duros. Te miras al espejo. Lo ves ahí, colgando, impune, como si no tuviera que ver con el insomnio de la noche anterior. Dan ganas de decirle: “vení, dame la cara, ¿cómo así que me saliste chiquito?”

El trauma es doble, porque es justo en el momento en que a muchos hombres nos da por verificar la generosidad de nuestra herencia, que el animal más se acobarda. Y lo podrá negar Nacho Vidal pero no el promedio de mis congéneres: así, en su estado natural, el tipito aquél luce algo… modesto. Si a esto se suma que luego de la vista en el espejo se dirige la mirada hacia abajo, tiene uno que creerse muy rock star o, de nuevo, muy Nacho Vidal, para no terminar sintiéndose un tanto disminuido. Es la tiranía de la perspectiva.

Pasé días enteros sumido en la más profunda de las miserias. El sauna se convirtió en un salón de torturas; los bares, nidos de criaturas amenazantes. La inglesa y Ralph me habían destruido.

A mi rescate vino Google, y con Google un test elemental que, a estas alturas, quiero imaginar que ha sido empleado por todos lo hombres. Regla en mano y aparato erecto, se mide al amigo de la base a la punta y ya está, controversia zanjada, anótese el resultado y sale: o estás jodido o estás premiado o seguís gozando como uno más del promediado montón. Yo seguí gozando. Desde entonces soy feliz. Pero a la inglesa no la perdono. Esas comparaciones desvergonzadas y de frente deberían prohibirse. Lo que hizo es inadmisible. A la que me lo vuelva a hacer, le va una denuncia por maltrato doméstico.

¿No era lo que esperaban?

Envíe sus perplejas inquietudes a noessencillo@yahoo.com.ar

No prometo resolvérselas, pero nos divertiremos.

 

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