¡Estoy viva!

Tras un difícil proceso de sanación, luego de sobrevivir a la masacre de El Salado, me entregué a trabajar por otras víctimas de la violencia. A pesar de las amenazas, sigo adelante.

Por Yirley Velasco
26 de noviembre de 2019
¡Estoy viva!
Foto: cortesía.
Foto: cortesía.

Nací en El Salado, Bolívar, rodeada de una familia maravillosa. Mi padre, Jaime Velasco. Mi madre, Edita Garrido. Fui la tercera de mis hermanos y crecí rodeada de amor, de valores. Jugué por las calles de mi pueblo hermoso y soñé con convertirme en una gran psicóloga.

Fui una chica llena de vida y de alegría, pero a mis 14 años, el 18 de febrero del 2000, me mataron. Al lado de mis vecinos y de mis amigas. Al lado de la señora costurera y al lado del chico que manejaba ese carro azul. Al lado de Eduardo, el que jugaba fútbol con mi hermano.

Cuando me sacaron de la iglesia ya habían asesinado a mucha gente. Me cortaron el cabello –mi lindo cabello–, me maquillaron el rostro, me torturaron, me violaron. Me exigían que me arrodillara. ¿Pero quiénes eran ellos para yo arrodillarme? Con mi voz fuerte les dije que solo me arrodillaba ante Dios.

Jamás se me olvida la imagen de mi madre, suplicándoles a los paramilitares que no me hicieran daño. Que no me mataran. Esa imagen me hizo más fuerte. Me llevó a aferrarme a la vida. Pero fue difícil hacerlo. Mi inocencia, mis ilusiones, mis esperanzas y mis ganas se quedaron en esa cancha.

Un par de años después de esos sucesos, ya lejos de El Salado, sentí que había llegado la hora de despedirme. No le veía sentido a vivir. Sin embargo, desperté nuevamente. Toqué mi piel, mi boca, mi nariz… Seguía viva. Esas 40 pastillas solo me dieron vómitos y mal de estómago. Fue un intento fallido de encontrarme con la muerte. Dios estaba conmigo otra vez.

Al despertar, vi los ojitos negros y las manos pequeñas de mi papá. Lo oí decir que me quería mucho. Le pedí una y mil veces que me perdonara por mi acto de cobardía. En mis brazos estaba mi hija, que me lleno de fuerzas. Tomé la decisión de regresarme a mi pueblo y, a mi llegada, empecé a alzar la voz por las víctimas de abuso sexual. Eventualmente armé el grupo Mujeres Sembrando Vida, cuyo objetivo es apoyar a las mujeres víctimas de cualquier tipo de violencia.

Acompañamos a 120 mujeres de todas las veredas de El Salado y de El Carmen de Bolívar. Es un trabajo que hago con el alma, pero que me ha costado muchas amenazas, que ni siquiera sé de dónde provienen. Desde enero de este año se han intensificado y no solo me intimidan a mí, sino a mi familia. En mi casa dejan panfletos aterradores. Esta situación me obligó a abandonar mi pueblo una vez más. Mi pueblito hermoso…

Salí con toda mi familia. En estos momentos estoy en otro lugar, pero sigo con mi lucha constante. Salgo a las veredas con un chaleco antibalas y con un celular. Quiero seguir trabajando con mujeres, creo en la paz que nace de nuestros corazones y creo en el perdón. Así que le pido a Dios que me permita seguir diciendo en voz alta: ¡Estoy viva!

 

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