

Si uno tuviera que resumir en una oración la obra de José Ignacio Guatame, diría que es un enfermero que dedica su vida a cuidar personas en estado terminal de cáncer o de sida; pero cuando se tiene la oportunidad de ver y escuchar la forma como este hombre atiende a don Jair, el historiador de la plaza de Bolívar, a doña Hipólita o a Manuel, un ex soldado profesional, uno se da cuenta de que su misión es un ejemplo de vida que va más allá de atender a un paciente o suministrarle una medicina.
Cuando lo llamé para confirmar un par de datos sobre las historias de los protagonistas que habíamos entrevistado, me actualizó. Hipólita, la mujer de sesenta y tantos años de edad con cáncer avanzado que nos permitió grabarla temprano en la mañana cuando le servían el desayuno, se había convertido en otro ángel muerto en los brazos de José Ignacio. Don Jair, el historiador de 65 años que tenía oxígeno permanente, había recaído y ahora estaba en la unidad de cuidados intensivos de un hospital por una complicación de tiroides y de hígado, a consecuencia del cáncer que padecía. Cuando lo dejó, este le hizo prometer que, si lo daban de alta, lo dejara regresar al hogar porque no tenía adónde más ir.
Para aceptar a un paciente en su casa es necesario tener un certificado de la enfermedad y las fórmulas médicas para su tratamiento. Hoy, dice, hay seis enfermos con sida y dos con cáncer que esperan un cupo en su casa para vivir en su hogar con dignidad.
José Ignacio habló de la ayuda que decenas de colombianos le ofrecieron al enterarse de su obra por las emisiones de Noticias Caracol; y del plan de recorridos que tenía que hacer para recoger ropa, medicinas y donaciones. Por último, y como si se tratara de lo menos importante quizá por su espíritu de pensar siempre en los demás, me habló de un examen que debía practicarse. Como si fuera un hecho anecdótico, me confesó que hace un tiempo tuvo un paciente de sida de muy difícil manejo y que un día, cuando le aplicaba una inyección, el muchacho convulsionó. Con el movimiento, la jeringa saltó y le pincho el brazo. Aunque dice que tomó las medidas necesarias en este tipo de accidentes, aceptó que hoy solo espera una tercera prueba para saber si fue o no infectado con el virus.
Su hijo, casado con una de las voluntarias de la casa, ya está enterado de la situación. Bajo cualquier circunstancia, seguirá con el hogar que comenzó a construir cuando el hospital San Juan de Dios empezó a cerrar sus puertas y él, sin trabajo estable, decidió abrir este refugio para enfermos terminales en estado de desprotección.
Después de conocer esta parte de su vida, entendí el entusiasmo con que José Ignacio les habla todos los días a sus pacientes para que tomen sus medicamentos, confíen en salir adelante y por ninguna causa se dejen atropellar por el estigma social, la pena y el dolor.
Este es José Ignacio Guatame, un hombre desprendido, solidario y entregado a sus pacientes a quienes hoy llama compañeros; un hombre que no se avergüenza de pedir, porque cada vez que lo hace es para garantizar un plato de comida a alguien que no tiene cómo subsistir.