

Por: Juan Pablo Rueda García
La primera vez que salí de Colombia, mi destino no fue precisamente el ideal turístico al que apuntan las mayorías. Mi tía se había ido a vivir a Toronto, así que era ideal aprovechar.
Canadá superó todas mis expectativas. Quedé fascinado con las Cataratas del Niágara: el contraste entre la fuerza imponente con que ruge la naturaleza y
el epítome del capitalismo edificado en el pueblo que las rodea. Hoteles, salas de juegos, restaurantes, mansiones embrujadas, museos de cera… Puro entretenimiento. Un pequeño mundo, a veces ficticio y superficial, pero al mismo tiempo hilarante. Me asombraron, también, las personalidades de las diferentes ciudades, que no son réplicas gringas, como me las imaginaba. Toronto tiene un pasado inglés palpable en la arquitectura del centro de la ciudad y de la zona universitaria, que se mezcla con torres modernas de acero y vidrio. Montreal, por su parte, tiene una notable inyección francesa. Y la ciudad vieja de Quebec enamora por ser un pedacito de Europa implantado en el nuevo mundo.
Y es que, ciertamente, ver una ciudad bien mantenida –donde los andenes no parecen parte de la escenografía de una película distópica, donde los jardines se visten de flores, donde la arquitectura no es netamente funcional y los edificios tratan de ser muestras de arte en vez de rectángulos de ladrillo– dibuja sonrisas en la cara de los transeúntes. A pesar de que el verano es tan frío como un día en Bogotá y el invierno te da un batazo de hielo en la cara cada vez que sales a la calle, se respira un ambiente de tranquilidad que desata todas las tensiones del cuerpo.
Reafirmé lo que había descubierto al visitar Cartagena, cuando era un niño: cosas tan simples como el perfil de una ciudad tiene el poder de cambiar el estado de ánimo. Es maravilloso ver monumentos limpios que no han sido demacrados por grafiteros y murales impactantes en los costados de los edificios que han sido destinados a los artistas urbanos. Me alegra ver que Bogotá está en ese proceso. Claro, todavía falta hacerles entender a muchos que las declaraciones de amor a una mujer o a un equipo de fútbol en las paredes del cementerio central no son bonitas, pero me gusta creer que lo estamos entendiendo.
Era evidente que yo estaba ‘en mi salsa’. Probablemente por eso, mi tía me hizo una pregunta que no ha salido de mi cabeza: “¿Alguna vez has pensado en vivir afuera de Colombia?”. Un instinto patriótico saltó inmediatamente en mi pecho. Le dije que no, Colombia es muy buen vividero. Mi tía alzó una ceja escéptica y me preguntó si alguna vez me habían atracado. Respondí que no y era verdad. Le dije que si uno no daba papaya, no tenía de qué preocuparse. Yo ya sabía por qué calles caminar y a qué horas hacerlo; estaba entrenado para no llevar mucha plata en la billetera y para meter las manos en los bolsillos al subirme a un bus. Su respuesta me desarmó: “Tú tienes todo el derecho de caminar por el parque de tu casa de día y de noche. Tienes derecho a hablar por celular en el bus, a llevar tus cosas a donde vayas, sin que nadie te las quite. Nosotros nos vinimos aquí para que tus primos pudieran hacer eso”. ¿Qué respuesta daba yo a eso? Tenía toda la razón. Yo había normalizado el terrorismo y trasladado la culpabilidad de los delincuentes a los hombros de sus víctimas. Los inocentes pasan a sentirse culpables, a tal punto que justificamos la criminalidad.
En ese momento entendí que la verdadera grandeza del ‘primer mundo’, visible, sobre todo en Canadá, está en la idea de saber vivir bien, como comunidad y no como individuos.
En ese país, encontrarse a un canadiense es prácticamente imposible. Es una olla enorme de inmigrantes que al cruzar una frontera cambiaron su switch: no soy yo, somos todos. Así que el asunto no es excusarse en el origen o en la cultura de la que se proviene. Aquí, por el contrario, prevalece el individualismo, y eso influye en la inseguridad. De hecho, con la reciente ola de crímenes en las ciudades colombianas, nuestra Policía no trata de reconfortarnos, de afirmar que está ahí para nosotros, sino que nos dice: “Esto estodo lo que no debería hacer”. En esencia: tenga miedo, válgase por sí mismo.
Al final, sí creo que seguimos teniendo un buen vividero, pero si algunas cosas cambiaran, como el individualismo o la injusticia social, todo podría ser diferente. Si uno de los países más fríos del mundo puede ser tan reconfortante, el calor del nuestro podría ser insuperable.
Lugares imperdibles para conocer en Canadá:
– Toronto: A una hora de las Cataratas del Niágara, esta ciudad permite la convergencia de la modernidad con el poder de la naturaleza.
– Montreal: Si lo suyo es la cultura, este es su lugar. Es una ciudad universitaria en la que siempre encontrará un festival musical.
– Quebec: Solo por su centro histórico, un recinto amurallado de estilo francés declarado patrimonio de la humanidad, vale la pena visitarla.
Fotos: Getty