
Mi madre Melida Yepes Alzate es una fuente de fortaleza para mí. Su misión más grande en la vida ha sido imprimirme fortaleza y carácter. Yo soy un hombre sumamente sensible, y cada vez que afronto una situación en la que tengo que tomar una decisión seria y contundente pienso en mi madre.
En 1993 ella tuvo que desplazarse a Bogotá por cuestiones de trabajo, con mi hermano Juan Carlos y conmigo. Él tenía 24 años y yo 12. Cuando llegué fue muy brusco el contraste sentimental y emocional, me sentía muy solo. Era muy fuerte además porque estábamos viviendo la época más dura de la violencia en Colombia. Eso me hizo volverme retraído. Los únicos que me abrieron espacio en el colegio fueron otros androides que, como yo, tenían un cuento raro en la cabeza, y era que les gustaba la música.
En el colegio surgió mi primer grupo: Cianosis (risas). Como todos querían ser bateristas, guitarristas o cantantes, y yo llegué de último, entonces me tocó el bajo eléctrico, el instrumento que hoy más me emociona. Tocábamos Punk. Esos muchachos me volaron la cabeza presentándome a los Sex Pistols. Tuve un cambio radical que mi mamá no podía creer: llegué a la casa rapado, empecé a rayar las paredes, conocí el mundo del under ground y me encantaba.
En mi casa siempre hubo una guitarra. Cuando mi mamá estaba de fiesta con sus amigos empezaba a cantar después de tomarse unos traguitos; tenía una voz muy afinada. Mi hermano siempre fue muy aficionado a la música. Por ejemplo, todo el pop de los 90 lo conocí por él. El primer concierto de mi vida fue el de Hombres G, en la plaza de toros de Manizales. Lo vi todo sobre sus hombros, tenía ocho o nueve años.
En 1995 volví a Manizales. Empecé a estudiar medicina porque crecí en una familia muy entregada al altruismo. Tres semestres después, cuando iba a pedirle a mi mamá la plata para el libro de anatomía por cuarta vez (porque me la había gastado en cuerdas de guitarra), me di cuenta de que estaba desperdiciando esta oportunidad y decidí decirle que lo que amaba era la música.
En Manizales conocí a Jerónimo Salazar –quien sería el baterista y compositor de Sanalejo–. Con él viajé a Bogotá a estudiar música en la Universidad Javeriana (sólo estudié tres semestres) y juntos armamos Sanalejo. El 6 de diciembre de 2008 fue el último concierto que dimos juntos. ¿Por qué nos separamos? Nosotros no fuimos amigos que nos hicimos músicos, sino músicos que nos volvimos amigos. Siempre tuvimos muy claro que el proyecto iba a llegar hasta donde nos sintiéramos cómodos trabajando juntos. Tres años después nuestra forma de ver la música había cambiado mucho. Para mí fue un reto tomar esa decisión, porque era dejar la comodidad y la zona de confort en la que me encontraba.
Empecé a escribir mis canciones. Ese fue el primer reto que me puse: escribir mi primer disco como solista, y así fue. Siempre he soñado con ser un gran músico, pero no sólo un cantante sino un cantautor. Para mí es valiosísimo cuando cantas lo que realmente sientes.
Mala Rodríguez (con quien grabó la canción De lo oscuro a lo puro) es la exponente femenina más poderosa que tiene el hip-hop. Me pareció increíble acercarme a Mala porque de alguna forma es una mujer que repite la historia de mi madre: le ha tocado muy duro en la vida, surgir desde abajo, y por eso tiene el carácter, la templanza y la berraquera que la caracteriza.