
Por: Gustavo Gómez
Periodista
Director de La Luciérnaga de Caracol Radio.
Las mujeres inolvidables en la vida de los hombres son de dos clases: de carne y hueso o de papel. Las primeras, arrancan con esa profesora de la que todos nos enamoramos en el colegio (la mía, por si acaso, se llamaba Beatriz, y se casó con el papá soltero de un compañerito); pasan por la primera novia (la mía, por si acaso, se llamaba Adriana, y se esfumó hace décadas), y siempre incluyen a la mujer que más hemos amado. Y ahí, nuevamente, hay dos categorías: amor de familia y amor de hombre.
La primera, suele ser nuestra madre (la mía, por si acaso, se llama María Victoria, y nunca le dije Vicky) y, la segunda, casi siempre es nuestra pareja (la mía, por si acaso, se llama Ligeia, y sabe que no amaré nunca más a nadie como a ella).
Vamos con las de papel, y así las llamo porque crecimos viéndolas en revistas y periódicos. La verdad es que también son de luz, pues muchas nos llegan, velozmente, a través del cine o la televisión. Se equivocan quienes creen que nuestras mujeres inolvidables están ligadas a una especie de belleza perfecta. Si así fuera, estaríamos prendados de las jovencitas orates que se operan para parecerse a la Barbie.
Y ni siquiera sabemos cómo se llaman; apenas reparamos en ellas para compadecerlas. No voy a tratar de convencerlos con el argumento manido de que la belleza es algo interior, pero créanme cuando les digo que a las mujeres inolvidables no les basta la belleza exterior para gozar de tal calidad. Talento, frescura, clase, carácter y ángel son ingredientes de su receta infalible para no morir nunca.
Pintadas en la nariz de un B-29, desperezándose sobre una infinita sábana de terciopelo, doblando su altura con un salto hacia adelante, guiñándonos un ojo desde algún calendario, sumergiendo sus curvas en la laguna de una isla perdida o paseando su cuerpo sobre empinados tacones, todas tienen lo mismo en común: están conectadas a nuestro corazón.
La primera vez que Paola Turbay habló, todos nos miramos asombrados; hoy su voz nos resulta ícono de sensualidad. De María Isabel Urrutia nunca pensamos que tuviera demasiada fibra muscular; hemos creído que es un cuerpo único, natural para su actividad. Andrea Echeverri se nos presentó como voz femenina de la contracultura; nadie dudaría hoy que ella representa a un par de generaciones. Con Ana María Orozco volvimos a creer en los cuentos de hadas por televisión; la quisimos antes y después de aquella “gaitanesca” transformación.
A las mujeres inolvidables las amamos, pero parte de ese sentimiento está sólidamente fundado en la admiración. Quisiéramos que nuestras hijas fueran como ellas… ¡quisiéramos ser sus novios o sus padres! Su reinado no tiene fecha de vencimiento, porque una vez que entran al salón que les corresponde, ya nunca lo abandonarán.
Esta edición de Cromos nos reúne con un puñado de las que han sido elevadas a ese estadio único en el que es tan difícil acuñar una etiqueta para empaquetarlas. Diré, si se me permite parafrasear a una de ellas, que para mí son un ramo exquisito de florecitas rockeras, delicadas, aterciopeladas y genuinas.
Foto: David Schwarz.