

Sin sobresaltos, el jurado coronó a la gran favorita en Cartagena: a la Señorita Atlántico. Bien por Adriana Cecilia Tarud. A mí me parece una mujer no solo bella sino inteligente que esperamos sea una reina bastante menos convencional de como lo fue el reinado de su gris y opaca antecesora. (Perdón que insista, pero si las cosas se hubieran dado siguiendo una lógica, la corona del año pasado debió habérsela llevado Jeymmy Paola, la reina popular de Cartagena. No hay que tenerles miedo a las reina populares, mi querido Rai).
Contentos también debieron quedar los barranquilleros, al igual que otro afortunado de la noche, Alfredo Barraza, quien vistió a 18 de las 21 candidatas sin que a los organizadores del reinado les hubiera parecido un número exagerado para ser detentado por un solo diseñador. Digo: si no viviéramos en el país de los diseñadores, vaya y venga. Pero habiendo tantos, bueno sería que los directivos pensaran en encontrar fórmulas más democráticas para que los trajes de coronación de las señoritas sirvan para impulsar el nombre de varios modistos y no solo el de uno. Simple lógica, de nuevo. Además, porque ni Superman podría hacer tantos vestidos sin llegar a repetirse. A no ser que se trate de Versace, que en paz descanse. Y aunque Barraza es un buen diseñador –nadie lo niega– infortunadamente no estamos ante un Versace colombiano.
Aunque la intención de llevar a los indígenas del Nudo de Paramillo para la ceremonia final de coronación fue interesante, no fue suficiente. Sobre todo, si lo que se pretende es enfrentar con dignidad el mayor problema que tiene hoy el Concurso Nacional de Belleza, luego de setenta años de existencia: la percepción de que es un evento cada vez menos popular, como de hecho lo es. Es evidente que las festividades populares que eligen a su propia reina en Cartagena parecen haber cogido dos rumbos irreconciliables, después de un interesante encuentro sucedido el año pasado, cuando la reina popular, la famosa Jeymmy Paola, salió elegida Señorita Cartagena y se dio la impresión de que las fiestas populares de la Heroica venía a ser una sola.
En esta ocasión, no obstante, cuando se cumplen setenta años del reinado, sí que se ve claramente cómo las fiestas populares de Cartagena y el Concurso Nacional de Belleza son dos eventos que se suceden cada vez más alejados el uno del otro. Los estragos que causó el crudo invierno que se vive en la Costa y que en Cartagena produjo cientos de damnificados, precipitaron aún más las cosas. Mientras las reinas de los barrios populares ayudaban a entregar los avíos a las familias necesitadas de los barrios que sufrieron con las inundaciones, el otro reinado, el que se hace en medio de derroches desmedidos, se solidarizaba con la tragedia enviando a través de su fundación una cuantas ayudas. No está mal, dirán algunos. Pero no es suficiente. Me hubiera gustado ver a una de la reinas de Raimundo poniéndose las botas pantaneras, yendo a los barrios afligidos, al lado de las reinas populares, hombro a hombro, ayudando a la gente de cuerpo presente. Pero no fue posible.
El Concurso Nacional de Belleza no permite que sus señoritas salgan de sus cuarteles, los cuales están celosamente custodiados por temibles chaperonas que hacen de ellas unas reinas inalcanzables, inaccesibles y por ende muy poco populares. En todo caso, este año el certamen de belleza salió a deberles a los cartageneros porque, por cuenta de la tragedia ocasionada por el invierno, se suspendieron los eventos que sí son realmente populares, como el desfile de carrozas y las balleneras, y el pueblo se quedó sin ver las reinas con sus propios ojos.
Evidentemente el Concurso Nacional de Belleza no es solo un evento fastuoso del cual se lucran los medios y los patrocinadores. Es también una fuente de trabajo para mucha gente que depende de este evento para su sustento. Sin embargo, cerrada esta versión, es innegable que este certamen, como bien lo advertía Orlando Fals Borda en El Tiempo en una entrevista con Yamid Amat, es ante todo un reflejo del país: de sus contrastes, de sus profundas desigualdades sociales y económicas.