
Su obra, producto de viajes realizados por la selva amazónica y la costa Pacífica colombianas en la década de 1950, tiene un doble valor. Por un lado, constituye un documento científico y antropológico de los habitantes, las costumbres, y la vida vegetal y animal; por otro, el valor expresivo de trazos y aguadas hace parte de una propuesta plástica que se mantuvo de manera marginal por decisión del mismo Richter a pesar del visto bueno que diera Marta Traba a su obra en 1957.
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