

Oyendo las conversaciones que se urden con los amigos en la casa CROMOS, esta vez quiero hacer eco de una frase oportuna de nuestro columnista Carlos Vives, que cae rotunda como un ancla, aquella que dice: “una competencia juvenil como el Reinado de Belleza no debería pasar de moda si no pierde su juventud”. La leo, la vuelvo a leer y pienso en voz alta. Salta a la vista el sentido común de que lo que se mantiene joven no deja de atraer. Ahora bien, si a ese espíritu naciente, inquieto y curioso se le suma la belleza de las mujeres colombianas, no puede ser otro el resultado que un espectáculo de gran magnetismo. El mundo femenino en todas sus formas y tonalidades adquiere alas en la medida que su presentación se renueve con ideas y giros que refresquen la aventura de las reinas. Lo bello más lo inesperado, sorpresa y contemplación, tradición y renovación, son los extremos de una fórmula difícil de equilibrar pero que a la postre funciona. No sobra mirarlo todo como un gran espectáculo que, año tras año, así como tiene que conservar una identidad, igual tiene que alimentar grandes diferencias en su libreto, en su puesta en escena y en sus estrellas invitadas, que aviven el interés del público por formar parte del plan. La consigna tiene que ser: voy por las reinas o por el plan atractivo y distinto de entretenimiento que hay en torno a ellas muy cerca de la playa. Todo es cuestión de unir estos dos mundos en un único viaje llamado esparcimiento, para que vuelvan los caminos sobre un destino que no pasa de moda: ellas y no más que ellas.