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Lo que deja la barbarie

Solo conocieron a sus padres en fotos, y la única vez que los vieron vivos
fue a través de un par de lúgubres videos en los que aparecieron atados a
cadenas, envejecidos y enfermos, enviándoles consejos. Algunos de sus
mejores amigos son niños de su edad que, aun hoy, tienen padres
secuestrados. Con ellos aprendieron a vivir entre marchas y plantones,
aprendieron a hablar de acuerdo humanitario, a exigir, a implorar, a no
perder la esperanza.

Por El Espectador
02 de diciembre de 2011
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