
Por: María Isabel Urrutia
Licenciada en educación física.
Ganadora de medalla de oro en halterofilia en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000.
51 años.
A los negros nos ha tocado convivir con la guerra, la miseria y el abandono. Mi padre nació en Chocó y tuvo que irse de su tierra desplazado por la violencia. Como tantos colombianos, nació con las oportunidades contadas. Sin embargo, así como desde joven supo lo que es una adversidad, también supo sobreponerse. Salió adelante. Si su actitud la comparamos con la de un atleta en los Juegos Olímpicos, podría decir que mi padre fue un deportista de la vida. De alto rendimiento. Su ADN es el mismo de los demás desplazados, sin importar el año y el destino en el que tuvieron que abandonar sus tierras. Pero voy a hablar por mí. Su herencia me formó. Me reconozco por toda la información cultural e histórica que me transmitió a través de su sangre y de su formación. Tomándolo como referencia, digo que los negros colombianos estamos hechos de la resistencia de nuestros antepasados y de calor humano. En nuestro pasado tenemos el sufrimiento, venimos al mundo con él, crecemos con un desafío a cuestas, pero nuestras virtudes son más grandes.
¿Qué sería de los menos favorecidos sin el buen ejemplo? A la ausencia de oportunidades, la vida supo ponernos mujeres y hombres inspiradores en el camino. En mi caso, los encontré en los más cercanos. Dentro de mi propia casa. Gracias a ellos tejí mis certezas, encontré mis sueños. Yo no sabía que alcanzar las metas era difícil, de la misma forma que no sabía que los seres humanos tenemos talento de sobra para alcanzar hasta lo imposible. El que se lo proponga, logra lo que quiere. Sin imaginarlo, contra todo pronóstico, me convertí en la mujer que soy. En la que me reconozco y me reconocen. Sola, con poco apoyo, sacando unas fuerzas que sabía que me pertenecían pero desconocía en dónde estaban (en el corazón), forjé una carrera en un deporte que hoy le ha dado muchas alegrías a Colombia.
Sin planearlo me convertí en ejemplo para que los colombianos sepan que están para grandes cosas. No me refiriero a obtener títulos deportivos. Hablo de conquistas como educación de calidad. El día que los colombianos tengan garantizado el acceso equitativo a la educación básica y a la educación, podremos abrazar la idea de una Colombia en paz. El salón de clases es el espacio común en el que todos sentamos las bases de lo que somos. Un niño víctima de la guerra tiene muchos senderos que recorrer. El más grande debe ser el de la educación, el que le va enseñar que la vida es de contrastes.
Como mujer medallista, quisiera que el deporte fuera una herramienta de paz, de opción para nuestros niños, jóvenes y adultos. El deporte amateur no tiene la misma envergadura social que el de élite, pero solo el que lo practica con disciplina y constancia sabe sus beneficios físicos y mentales. Si la mayoría de habitantes de Colombia practicaran deporte con regularidad, seguramente tendríamos una sociedad más tolerante y tranquila. Su práctica tiene un ingrediente que no cuesta nada para el bolsillo y, en cambio, aporta mucho para nuestra salud interior: endorfinas. Ojalá el Estado le invirtiera más a la construcción de parques con pistas y canchas, en cada rincón del país, en especial en áreas en donde la realidad está fracturada por el conflicto. El deporte pacifica y empodera, genera amor propio y multiplica oportunidades para los menos favorecidos. Lo digo yo, que daría todo por volver a competir.
Foto: David Campuzano