
A pesar de la cruzada que emprendió la opinión pública en el mundo para que no siguieran apareciendo afiches publicitarios con mujeres esqueléticas, de los esfuerzos de los diseñadores para evitar que en sus pasarelas siguiera imperando la delgadez, de las campañas de concientización sobre la anorexia, de los documentales acerca de este trastorno y de las decenas de libros y artículos con testimonios de quienes han padecido esta enfermiza obsesión por no querer engordar; todavía entre el 0,8 y el 3,5% de la población sufre esta enfermedad, incluyendo a los niños.
La anorexia infantil ya no es una condición que sorprenda a pediatras, psiquiatras, psicólogos y nutricionistas. Desafortunadamente, cada vez es menos extraño que acudan a sus consultorios padres preocupados porque sus hijos se niegan a comer y están bajos de peso. Juanita Gempeler y Maritza Rodríguez, una psicóloga y una psiquiatra que desde hace más de diez años se han dedicado a tratar pacientes con trastornos alimentarios, explican que aunque la cifra de éstos no ha aumentado significativamente sí es más frecuente ver menores de 12 años con síntomas de anorexia.
Ambas explican que se trata de niños que se rehúsan a ingerir comidas de ciertos colores, texturas o sabores y cuyos papás están alarmados porque su curva de peso está por debajo de lo normal. Generalmente no hay una causa única. La anorexia aparece como resultado de factores de riesgo, algunos relacionados con la personalidad, otros son considerados como los desencadenantes, dentro de los cuales pueden estar las peleas entre los padres, un divorcio o la llegada de un nuevo hermanito; y, finalmente, están aquellos que hacen que el trastorno perdure como, por ejemplo, que el menor obtenga más atención de familiares y amigos.
Sandra Beltrán, otra psicóloga experta en trastornos alimentarios, asegura que es importante que los padres fomenten hábitos alimenticios saludables en casa, que creen un ambiente agradable a la hora de las comidas, que le sirvan a sus hijos en platos y no pongan bandejas en la mesa y les fomenten la autonomía y el gusto por comer dejándolos que, por ejemplo, elijan la vajilla. También es importante trabajar de la mano con el colegio y descartar con el pediatra que la falta de apetito no sea por cuenta de alguna causa biológica.
Señales de alarma
Si su hija (o) presenta alguno de los siguientes síntomas o comportamientos se debe consultar a un especialista:
Pérdida rápida de peso
Nauseas después de comer
Una constante sensación de frío
Caída del cabello
Resequedad de la piel
Aislamiento social
Pesarse o medirse con frecuencia
El menor insiste en que está gordo aunque evidentemente se ve bajo de peso
Ha dejado de comer con la excusa de que no se tiene hambre
Para comer bien
Juanita Gempeler y Maritza Rodríguez, expertas en trastornos alimentarios, compartieron en su libro Cuando tu forma de comer se convierte en un problema, dirigido a niños y adolescentes, algunos consejos para alimentarse de manera adecuada y no subir de peso:
Comenzar el día con un buen desayuno.
Hacer entre tres y cinco comidas
diarias.
Practicar algún deporte o hacer ejercicio. Además de mantener el peso, ayuda a mejorar la autoestima.
No restringir ningún grupo de alimentos y tratar de tener una dieta variada que incluya frutas, cereales, carnes, vegetales, quesos, yogures y dulces. La clave es no excederse.
Dejar a un lado la creencia de que solo es posible sentirse bien y feliz si se tiene una talla y un peso determinados.