

Después de tres horas de recorrido en carro desde Bogotá, dejamos atrás la ciudad y entramos a un espacio rodeado por imponentes montañas, enormes árboles y mucha neblina. Ese era nuestro destino, el centro de rehabilitación de especies de alta montaña de la Fundación Bioandina, una reserva natural ubicada en el páramo de Chingaza. Allí nos recibió el veterinario Orlando Feliciano Cáceres, quien lidera un importante trabajo por la conservación de la Fauna y la Flora silvestre de varias zonas del país.
Cuando nos bajamos de los carros, nos llamó mucho la atención un sonido extraño que se oía a lo lejos y que no lográbamos identificar. Caminamos con Orlando menos de 30 minutos por la cordillera oriental, adentrándonos en el bosque y deleitándonos con la de la naturaleza. Así llegamos a un refugio en medio de la selva, donde se simulan las condiciones naturales bajo las que estaría un animal en libertad. Por fin vimos al protagonista de aquel extraño sonido: era Félix, un jaguar, símbolo de la reserva y el consentido de Orlando.
«Lo más bonito de mi trabajo es coger un animal que ha estado en muy mala condición, ver todo un proceso de recuperación desde la parte clínica, física, de comportamiento y psicológica; llevarlo al monte y que el animal se reincorpore a la vida silvestre.»
Según Feliciano, cerca de 15% de los animales rescatados no pueden regresar y se les debe reubicar y condenarlos de por vida a estar en condiciones de cautiverio.
“A Félix lo rescatamos hace unos 10 años en Manizales. Lo habían capturado muy pequeñito en la zona del Caguán y lo tenían en una finca como un animal doméstico; eso hizo que él se acostumbrara a las personas que lo capturaron. Félix no tiene posibilidades de volver a la vida silvestre porque no sería capaz de competir con otros animales, no tendría capacidad de buscar un territorio y menos de sobrevivir por sí solo”. Como este jaguar, que está condenado a vivir en cautiverio, el 20% de los animales que llegan a los centros de rehabilitación no pueden regresar a la vida silvestre debido a las condiciones en las que han vivido, según nos cuenta Orlando.
Él hace más de 20 años trabaja por la protección de la fauna silvestre colombiana. Es un hombre de pocas palabras pero de un amor incondicional por sus animales. La Fundación Bioandina tiene dos centros de rehabilitación: uno en Guasca, donde llegan las especies de alta montaña; y el otro en el municipio de Mesitas, donde están los animales de las zonas bajas y templadas del país. En total son aproximadamente 600 animales entre tortugas, serpientes, iguanas, loros, guacamayas, águilas, primates, osos, jaguares y venados.
Y aunque es un poco contradictorio, su sueño es que estas dos reservas naturales se acaben, que los animales no necesiten ser rehabilitados o vivir en cautiverio por culpa de los seres humanos: “Que la fauna silvestre esté libre, que no sea maltratada y que finalmente las generaciones venideras, nuestros hijos, los hijos de nuestros hijos, puedan conocer animales silvestres, pero no en fotografías. Yo quiero que los colombianos podamos salir al campo y compartir con diferentes especies; ver de pronto un cóndor, un ave rapaz, una culebra, esos animales que mantienen el equilibrio en nuestro ecosistema”, confiesa Feliciano mientras examina, junto a dos veterinarias más, a un mono ardilla que llegó hace poco a uno de los centros, después de ser recuperado por autoridades ambientales de las manos de los traficantes de fauna.
El trabajo de Feliciano no se queda en la selva; para él es importante también generar cambios de conciencia en las personas que están en contacto permanente con la fauna silvestre: “Si nosotros logramos que estas personas tengan un cambio de comportamiento, un cambio de actitud, esto nos va a garantizar que todos los demás animales van a estar bien cuidados y libres por siempre”. Miguel Ángel Rodríguez es un ejemplo de esa misión. Se trata de un campesino que antes disfrutaba de perseguir al oso de anteojos para matarlo y que hoy es un defensor asiduo de esta especie. Incluso, dejó de vivir en el páramo para no invadir el hábitat de este animal y se encarga de protegerlo con todo el amor y el cuidado que ha aprendido de su buen amigo Orlando.