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Sueño con sexo, sexo y… ¡más sexo!

El mundo de las fantasías sexuales femeninas no aplaude los lugares comunes, ni los disfraces exóticos o convencionales.

Por Odalisca
30 de julio de 2015
Sueño con sexo,  sexo y…  ¡más sexo!
Sueño con sexo,  sexo y...  ¡más sexo!
Sueño con sexo, sexo y… ¡más sexo!

Primero tengo que advertir que las fantasías sexuales de las mujeres se alejan bastante del cliché. Aquí no hay bomberos que llegan a apagar el incendio de mi cuerpo, ni policías que necesitan arrestarme por mi mal comportamiento en la cama, o pilotos de avión que me llevarán a tocar el cielo. ¡No! Mucho menos hombres disfrazados de Papá Noel, al mejor estilo de Chandler y Mónica en la serie Friends (nunca entendí ese gusto sórdido de Mónica Geller). Todas estas fijaciones son inventos gringos que se han insertado en nuestra mente, y en la de los hombres, básicamente porque somos unos consumidores empedernidos de series y películas norteamericanas. Los gringos tienen otra codificación en su mente. Punto.

Ya con esto aclarado, porque no falta el que pensará que lo voy a mandar a comprar el disfraz de capitán de mi corazón, explicaré con sensatez de qué se trata ese aterrizado mundo de las fantasías sexuales femeninas. Empecemos por mí. Descubrí mi fantasía sexual más poderosa días después de que la gata decidió columpiarse en todas las persianas de mi casa. Un buen día llegue a mi apartamento y todas tenían la marca de sus uñas, de arriba abajo. Estado: prácticamente irreparables. Tuve que descolgarlas y permanecer más de 15 días con el sol en la cara desde las cinco de la mañana. No vivo ni en una mansión, ni en las afueras de Bogotá, ni en un piso 48. Mi casa está rodeada de más casas y sus ventanas indiscretas. Si me paro frente a la ventana de mi sala puedo ver que todos los días, a las dos de la tarde mi vecino de enfrente cierra la cortina para hacer siesta. Es sistemático. Puedo ver a mis vecinos, los detallo, los analizo, mucho más desde que trasladé mi oficina a mi casa. Descubrí que ellos también pueden verme, pero no me escuchan y tampoco me conocen. Es más, si me los encuentro en el supermercado no podría identificarlos y eso me enciende.

Así que a la primera oportunidad diurna que tuve, trasladé a mi novio a la sala y sobre la mesa de comedor, que ahora hace las veces de escritorio, me entregué en un polvo que se dejaba entrever por mi vecino el de las siestas. Ojo, no es que me pegué contra la ventana y la respiración de los dos quedó impregnada en el vidrio, no, lo que quise fue dejarle claro a mis vecinos lo que estaba pasando al interior de mi casa, sin ser absolutamente visible.

Cuando llegó la noche me incliné sobre mi cama, igual de descubierta que la sala, y sin encender las luces inicié otra nueva sesión. Esta me excitó mucho más. No sé qué tiene la noche, debe ser el aroma a fiesta y a que me resulta realmente delicioso tener sexo por la noche, mucho más que en el día. Mi fantasía sexual es hacerlo bajo las miradas intrigantes de los desconocidos, en términos clínicos: el exhibicionismo. Y si pudiera instalar un walkie talkie en sus apartamentos o esos aparatos con los que los papás supervisan la situación de sus bebés en sus cuartos, lo haría. 

Y la lista de fantasías puede continuar, con situaciones por este estilo. “Sueño que como en un capítulo de Susana y Elvira, o como sucede en el libro Cartas Cruzadas de Darío Jaramillo Agudelo, uno se cruce con un man (una noche, una comida, un café, una cerveza) y solo baste ese encuentro para terminar un fin de semana completo encerrados en su casa, tirando sin parar. Ahí, metidos en la cama 48 horas seguidas (solo levantándose para recibir el domicilio). 48 horas de sexo consecutivo con un casi-extraño, del que uno no se quiera despegar”, es la fantasía de una de mis grandes amigas.

Sexo dos días enteros. Cama, domicilio, balcón. Nada que parezca muy extraño. 


Ilustración: Jean Paul Zapata

Bueno, excepto cruzarse con un hombre que le produzca a la mujer tantas ganas de tener sexo como para encerrarse dos días sin interrupciones. Imaginarse una situación que puede estar al alcance es una de las fantasías de las mujeres.

Ahora, debo confesar, con algo de tristeza, que en mi sondeo descubrí que muchas de mis amigas tienen fantasías sexuales con el sexo oral.  Como lo leen: ¡con el sexo oral!

¿Acaso no estaba incluido en el paquete estándar del sexo?, ¿tener un hombre que esté dispuesto a mirarte a los ojos desde abajo al tiempo que tú te retuerces de placer  no era un acuerdo general? Al parecer, no.

Y aquí viene la parte donde me pongo un poquito feminista. Señores, pelaos, amigos, cuates, muchachos, ¡hombres!: No conviertan cosas tan ineludiblemente placenteras como el sexo oral en una fantasía. Tampoco traten de ponerse encima todos los cachivaches para asombrar a su pareja, porque posiblemente terminarán asustándola. 

Usen la razón y un poquito de imaginación. Si le tienen identificado el gusto a la pareja súbanle cinco de volumen a eso que ella tanto disfruta. Chicas: ¡hablen!, ¡pidan!, después de imaginar.

Foto: iStock

 

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