

Después de un silencioso encierro de trabajo y sacrificio, de pronto a un hombre se le prenden todos sus superpoderes y alcanza la fama. Todo lo que hace a partir de ese momento son actos sublimes que el gran público celebra y aclama. Su júbilo vive por completo fuera de su casa. Y lo llaman astro. Todo es reconocimiento y gloria hasta que un buen día los vientos de la fortuna dejan de soplar y las luces del éxito bajan su intensidad. Viene el infortunio y su talento queda maltrecho. Lentamente, el circo se apaga en torno suyo ante la ausencia del tigre en el círculo central. Ya no es tan visible para un público que olvida muy pronto a sus héroes con su malabar. Y mientras afuera el mundo se deslumbra con otros soles, él se encierra de nuevo y persiste en la sombra para volver a brillar. De vez en cuando intenta salir, pero las puertas que aparecen son falsas. Hasta que se abre un gran momento, tan tentador como una copa para el sorbo de un volver a empezar. Entonces, florece de nuevo en su existencia, mucho más prevenido de lo banal, y desata su furia en la competencia. Porque somos devotos de las segundas oportunidades y porque todavía creemos que al final siempre ganan los buenos, en la Copa América ¡Todos somos Falcao!