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Un lugar increíble (Parte 1)

Vi a Morgan desesperado escondiendo tesoros en San Andrés sin ni siquiera sospechar que el verdadero tesoro de la isla iba a ser el calypso.

Por Carlos Vives
13 de junio de 2016
Un lugar increíble (Parte 1)

Acabo de regresar de un viaje por un lugar increíble. Me ha tomado 25 años llegar hasta aquí y, aunque estoy cansado, quiero que se pongan cómodos porque les voy a contar lo que vi.

En un lugar llamado Saturnia, habita una gente que se nombra Matunas. Son dorados porque se visten en filigrana de oro de pies a cabeza. Hacen el amor a plena luz del día, pues piensan que si lo hacen de noche los niños podrían nacer ciegos. Yo vi el pacto que Bastidas hizo con ellos, con el cacique de Taganga y de Bonda para la fundación de una ciudad que se llamó Santa Marta. Vi la ternura con que el notario de Triana abrazaba a los tayronas y la felicidad casi infantil del viejo cuando recorría sus impresionantes terrazas de pancoger.

Yo vi la noche que lo mataron; fue Villafuerte, su hombre de confianza. Vi cómo lo lloraron las mujeres y los caciques, vi la cólera de Palomino, su teniente capitán, y vi más de 100 años de guerra.

Yo conocí a la India Catalina, que era de Zamba, y vi cuando Pedro de Heredia la reclutó en Gaira, donde ella vivía, y la llevó a la conquista de Calamarí. Vi en Barú a los caribes adornar sus casas con las cabezas de sus enemigos, y cómo las embarcaciones españolas tomaban el agua dulce en el golfo de Urabá porque el río Atrato era tan caudaloso que desplazaba el agua salada.

Yo vi a 100 indios lanzarse al mar, a cazar perlas bajo las órdenes de un tirano que se hacía llamar López Sierra, que prefería negociar con los piratas de Isla Tortuga antes que entregar el tesoro a sus amos (cuando los españoles venían a cobrar ya López Sierra estaba borracho y armado…). Vi a Morgan desesperado, escondiendo tesoros en San Andrés, sin ni siquiera sospechar que el verdadero tesoro de la isla iba a ser el calypso. Y vi a Francisco de Paula Santander izar la bandera colombiana por primera vez en el archipiélago. La vi reflejada en un mar de siete colores.

Sentado en el embarcadero de Mompox, vi pasar el fantasma del Libertador diecinueve veces, pregonando la libertad de los esclavos pero también lo vi dando la orden de fusilar a Padilla. En ese mismo lugar, comiéndome un raspao, vi el entierro de un niño que había sido mordido por un caimán. Vi a los primeros comerciantes que, en rebeldía contra las imposiciones comerciales de Cartagena, fundaron las primeras barrancas en el río.

Yo vi en el puerto de Cartagena a un rey africano que, herido en su orgullo, no entendía por qué estos hombres blancos no le mostraban el debido respeto. Y vi a las esclavas negras que guardaban en la humedad de sus vaginas las semillas sagradas del baobab. En esta misma Cartagena, vi al rey de España y a su acompañante, disfrazados de mujeres, observando las murallas recién terminadas en una calle que hoy se conoce como la Calle de las Damas; y vi al diablo torcer la torre de una iglesia ante la mirada perpleja de su arquitecto.

Ilustración: @liethmendez

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