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Yenny Valencia, la profe de fútbol

En medio de casas coloridas, nos esperaban alegres y expectantes por lo menos treinta niños entre los cinco y los quince años, uniformados con la pantaloneta y la camiseta amarilla y verde que los identifica como jugadores de los Delfines, el equipo de «la profe».

Por Dora Glottman Giraldo
07 de abril de 2015
Yenny Valencia, la profe de fútbol
Yenny Valencia, la profe de fútbol
Yenny Valencia, la profe de fútbol

Nuquí se nos fue revelando como un regalo de aquellos difíciles de destapar, pero que, una vez descubierto, es imposible dejar de admirar. Para llegar hasta allá, hay que tomar un pequeño avión desde Quibdó y aterrizar en una improvisada pista al borde del Pacífico. 

No hay afán en Nuquí y la lluvia cae casi de manera constante. Por sus calles destapadas no ha pasado nunca un carro. Sus habitantes se mueven en bicicletas, en bicitaxis y en carretas que por poco dinero cargan mercado y toda clase de trasteos.

«¡Ah! Ustedes vienen es a ver a la profe Yenny por lo del equipo de futbol». Eso nos dijo el joven que cargaba nuestros equipos en su carreta cuando le preguntamos si sabía dónde entrenaba el equipo de fútbol de niños que dirigía Yenny. «Ellos se la pasan en las canchas de fútbol frente al mar». Detrás de él, en medio del lodo, caminamos hacia la playa. Fue entonces cuando Nuquí empezó a revelar su grandiosidad. A medida que nos acercábamos al mar, íbamos descubriendo enormes y bellísimos árboles; detrás de ellos, el agua tranquila rodeada por una bahía de montañas cubiertas por nubes bajitas que daban la sensación de fundir la tierra con el cielo y el mar.

Fue imposible no detenerse y admirar el paisaje. El joven que nos guiaba esperó un rato prudente antes de señalar el callejón donde Yenny y sus pequeños futbolista ya se habían enterado de nuestra presencia en el pueblo. Esa fue la segunda gran sorpresa de Nuquí. En medio de casas coloridas, nos esperaban alegres y expectantes por lo menos treinta niños entre los cinco y los quince años, uniformados con la pantaloneta y la camiseta amarilla y verde que los identifica como jugadores de los Delfines, el equipo de «la profe». 

Yenny Valencia, la esposa de un pescador chocoano, se cansó un día de que a su hijo pequeño lo sacaran los niños más grandes de las canchas de futbol. «Fui a verlo jugar fútbol y llegó un grupo de niños más grandes y lo sacó de la cancha –nos dijo mientras esperábamos que dejara de llover–. Entonces yo pensé que los niños también tenían derecho. Y le dije a mi hijo: ?Papi, dígales a sus amiguitos que les voy a organizar un equipo de fútbol?». Y así fue. Pero con una importante condición: solo los niños que se portaran bien en el colegio y en la casa podían llevar el uniforme de los Delfines, entrenar y jugar en campeonatos locales. Yenny, quien no cobra por entrenar diariamente a los niños, es una titán porque hoy los Delfines son el mayor orgullo de la zona. Su reputación de niños disciplinados y triunfadores llama la atención en el Chocó. 

Cuando finalmente escampó, salimos a jugar rodeados por los pequeños futbolistas. Ellos se veían emocionados al ver que un equipo de televisión llegara tan lejos atraído por su entrenadora y su fama de niños buenos. Nosotros, profundamente conmovidos por una escena inolvidable. Bajo la sombra de generosos árboles y frente a un mar transparente y tranquilo, los Delfines le sumaron el sonido que le faltaba a nuestra imagen. Las órdenes de la profe Yenny, la risa de los niños y el esporádico gol completaron el paisaje que ese día se nos reveló como un regalo.  

 

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