
Mueve las manos como si fuera un mago. Sin conocerlo, pronto uno se da cuenta que es de pulso firme. A Arturo Savage no se le cae nada, mucho menos una botella. Con su aire formal, traje y pantalón de gala, llegó a Bogotá. A simple vista es un caballero inglés, como sus ancestros. Pero una vez abre la boca, uno percibe que es un venezolano con el Caribe muy arraigado. En una oración se le nota lo locuaz, es de la clase de entrevistados a los que fácilmente se les saca jugo. En su caso, se le saca whisky. Whisky en cualquier presentación, para el paladar que sea. Incluso para el que nunca lo ha probado. “El whisky hay una sola forma de tomarlo y es como a ti te guste. La regla número uno es que no hay regla”, dice. Sus palabras podrían interpretarse como un portazo, para que evitar más consultas. Sin embargo, no es así. Sin picarle la lengua, Arturo se explaya: “es una bebida muy versátil. Puedes probar si, en vez de jugo de manzana, le agregas soda, con o sin hielo”.
Sin más preámbulos, vamos al vaso. ¿Cómo reconocer si un whisky es mejor que otro? Hay una clave que no está en la marca, sino en el consumidor. Esta vez, Arturo se la juega más en su respuesta: “definitivamente la clave está en la nariz. El whisky es el destilado que tiene mayor espectro de sabores y aromas. En esa variedad hace que la escogencia de un whisky tenga varias opciones”. ¿Qué buscan los consumidores en un trago de esta bebida oriunda de Escocia? La respuesta la debe dar cada uno. Arturo la resuelve basado en su experiencia como catador: “debes saber si te gusta lo ahumado, como a mí, que tenga una experiencia intensa, o si lo quieres con musculo en boca, muy potente».
«Whisky y altas temperaturas. Si yo voy a Cartagena, muerto de calor, jamás me tomaría un vaso de whisky puro. Me prepararía uno con hielo y Ginger Ale, para refrescarme”.
Los expertos se construyen a punta de convicciones. Arturo tiene una muy personal: «Los mejores catadores son los que han tenido una infancia feliz». Revisando las páginas de su pasado, se encuentra una casa en el barrio Las Mercedes, en su natal Caracas. Unos lirios y unas azucenas están la sala. Son los ramos que compraba su mamá en una floristería, que le daban un olor único a ese espacio que físicamente ya no existe, pero que revive con frecuencia en su memoria. “Hay un whisky que yo huelo y me recuerda la tienda de flores de mi infancia. Sin proponérselo, esas flores se convirtieron en mis notas de cata”, explica el venezolano. “Si quieres catar, huele y mira a ver qué te recuerda. Si llegas a asociarlo a un recuerdo, busca qué hay en él. Imaginemos que recuerdas una habitación. Probablemente vas a encontrar cajas de zapatos, ropa sucia, vas a encontrar papel, que son notas de cartón mojado o algunos aldehídos. Anota todo en un papel y huele otra vez. Luego describe lo que te está acordando de ese olor”.
Escrito lo anterior, cualquiera debería sentir identificación con el whisky en la medida que sus aromas se asemejen a los que está buscando. A Arturo le gusta el aroma ahumado y el olor del queso azul, por eso la mayoría de whiskys están dentro de su tabla gustativa. No obstante, puede ser que se encuentre con uno de perfil contrario y también le guste. “Cuando hueles algo, no te preguntas a qué huele, te preguntas qué te recuerda y en ese recuerdo empiezas a generar tus notas de cata. Hay whiskys que me recuerdan diciembre, lo que sería una torta de navidad. El olfato, lejos de tener un número de sensores, lo caracteriza la conexión que tengas con el recuerdo”. Arturo entrena la nariz oliendo todos los whiskys posibles, anota sus sensaciones, la palabra que surja de su experiencia olfativa. Confiesa que entrenó el sentido con vinos, aunque en la bebida dorada siempre encuentra algo diferente.
“El placer es todo aquello que es exquisito y nos deja ligeramente insatisfechos”, dijo el escritor irlandés Oscar Wilde. Arturo la evoca para explicar la cantidad indicada de un trago. A los que se embriagan con whisky, les recomienda que, “para disfrutarlo, deben acompañarlo con una buena dosis de responsabilidad y sentido común». Es categórico con que no hay placer cuando se supera el límte: «yo llevo gente a mi casa, tomamos uno, dos, máximo tres tragos y está todo bien, porque se trata de sentir la bebida, de controlarla». Esto último lo dice abotonándose el blazer que le da el aire inglés, incorporándose de una silla. Al despedirse tiene una expresión en los ojos como si en su memoria todavía estuviera recordando su infancia feliz en Caracas, allá en el barrio Las Mercedes.
Palabra de experto
– “Todo lo que sea bebida y comida se puede juntar. Por ejemplo, el whisky escocés y el salmón ahumado. Se mezcla sabor intenso con sabor intenso, más por analogía que por contraste. Mi consejo es acompañarlo con comidas que pasen por parrilla, porque ese humo va a ser el puente entre lo sólido y lo líquido”.
– “Si eres una persona que toma poco whisky, recomendaría tomarlo mezclado con Seven Up, Sprite, jugo de manzana o Ginger Ale”.
– “El disfrute es de acuerdo a tu expectativa. Llega un momento en que el paladar se forma y lo degustas en su máxima dimensión”.
Foto: cortesía – Getty.