

Daniel Samper Pizano
Periodista y escritor
Leo por muchas razones. A veces, por necesidad. Otras, por entretenimiento. Otras más, para estar al día. Y el resto porque, si no tengo un libro entre las manos, me parece que estoy perdiendo el tiempo.
Cada género y cada libro piden unas condiciones específicas de lectura. No es posible leer novelas si les ofreces diez minuticos antes de dormirte: la novela exige que uno se lance a la piscina, que disponga de tiempo corrido para respirar la atmósfera de la obra y acercarse a los personajes. La poesía pide cierto aislamiento, mientras que el ensayo y la historia son más laxos en sus exigencias de lectura. Al final, cada lector tiene que descubrir las condiciones que le convienen para un juego limpio con los libros y firmar un contrato con cada uno.
Soy de rayar los textos, escribo en las páginas del final una especie de índice de lo que me interesa. Señalo con marcas especiales las citas o frases que me gustan. Por estas razones prefiero comprar y usar mis propios libros antes que pedirlos prestados o acudir a bibliotecas públicas o privadas. Si he tenido que hacerlo, suelo preparar tarjetas o sacar fotocopias. Soy muy respetuoso del libro ajeno.
Mi casa es el sitio ideal para leer, donde tengo la música que necesito, la nevera, la luz, el baño con la tapa levantada. Pero he leído en toda clase de lugares. Algunos de ellos estupendos, como los trenes y los aviones, y otros tan incómodos como hacerlo de pie en un bus repleto. Debo a las antesalas del dentista buena parte de las novelas de Balzac. Leo, incluso, con partidos de fútbol como fondo en la televisión, pero rara vez lo hago con novelas. Eso sí, nunca deben mezclarse partidos del Santa Fe o el Barça con lecturas, porque se arruina la poesía que ofrecen estos dos equipos.
Yolanda Ruiz
Periodista, directora de noticias RCN La Radio
Empecé a leer como a las 12 o 13 años cuando descubrí los primeros libros. La pasión me nació sola. Hoy leo por placer, por trabajo, para aprender y porque es la posibilidad de vivir universos distintos. Cada libro es una aventura. Por mi trabajo periodístico leo periódicos, revistas y documentos. Pero cuando leo por placer me dedico a la literatura, sobre todo a la prosa, aunque de vez en cuando me regalo una dosis de poesía. Para mí, la lectura es gozo, nunca termino un libro por obligación y lo dejo sin problema si no me atrapa. A veces, pasado el tiempo, les doy una segunda oportunidad a los textos abandonados, porque la lectura puede ser un asunto de conquista lenta.
Entre semana intento sacar una o dos horas en las tardes y leo profundo el fin de semana. No soy lectora nocturna, porque me levanto muy temprano a trabajar. La lectura para el periodismo no tiene horario, debo informarme todo el tiempo, pero trato de robarle horas al día para la literatura y los ensayos.
De vez en cuando subrayo y lo hago cuando un libro me impacta mucho. También saco algunas citas y ahora las guardo en mis apuntes del celular. Antes anotaba por ahí en libretas, pero ahora mis notas de trabajo y todo lo demás está en ese aparato. Escribo frases que me gustan y de vez en cuando las reviso. Para mí, escribir es una fórmula para la memoria, para recordar, para fijar las palabras o el espíritu de ellas.
Mario Mendoza
Escritor
En realidad, no tengo ningún ritual curioso para leer. Leo en cualquier parte, a cualquier hora, en cualquier circunstancia. Leo por oficio y leo por placer. A veces subrayo, a veces no. Me interesa resaltar el poder de la lectura de ficción, su fuerza, la capacidad que tiene para modificar la vida del lector.
Ese es el poder del que lee literatura: que aprende a ser muchos, se multiplica, crece, se expande, prolifera, muta, se subdivide, engendra, procrea, estalla en mil presencias diversas. El que no lee cree que sus afectos y sus ideas son los verdaderos, los auténticos, los únicos. Cree que su visión del mundo es la correcta. El que lee relativiza todo porque sabe ponerse en el rol del otro. Por eso, leer literatura es un ejercicio fundamental de democracia: nos enseña a entrar en los otros, a entenderlos mejor, a juzgarlos menos, a sentir empatía y compasión.
Leer y escribir se consideran hoy en día medidas de una nueva riqueza, la riqueza del patrimonio inmaterial. Un pueblo es rico, no por los bienes materiales que produce, sino por la inteligencia de sus ciudadanos.
El que no lee es un juez implacable y cree que su ideología y sus creencias religiosas son las únicas, las válidas, las que todos deben respetar. El que lee ha sido ateo, musulmán, judío, cristiano, budista; el que lee ha sido heterosexual, gay, bisexual, transexual, virgen, asexual; el que lee ha sido indio, negro, mestizo, blanco, amarillo; el que lee ha sido fascista, racista, comunista, demócrata, defensor de derechos humanos, genocida; el que lee ha sido estafador, asesino, ladrón, pícaro, santón, místico, héroe y villano.
Eso es lo que le envidiamos a alguien que lee: ese poder, esa multiplicación de sí mismo, esa diversidad, esa pluralidad vertiginosa. El que lee se ausenta con facilidad, abre las páginas de sus libros y sólo mediante esos dibujos en páginas de papel se va, se fuga, desaparece y encarna en otros seres. Es un poder tremendo, incalculable. Por eso, el lector es tan peligroso, porque resiste desde trincheras que los otros desconocen y se vuelve un individuo difícil de controlar políticamente.
En definitiva, los que no leen dan tristeza. Están condenados a ser solo ellos mismos, presos dentro de sus sentimientos, encarcelados en sus creencias. Qué pesar. Sólo vivirán una vida cuando habrían podido vivir muchas.
Cleóbulo Sabogal Cárdenas
Jefe de información y divulgación de la Academia Colombiana de la Lengua
Estoy leyendo casi todo el tiempo. En mi trabajo es una lectura de consulta, mientras que en mi apartamento, en horas de la noche, me dedico a la lectura de estudio. Puedo dedicarle tres o cuatro horas hasta que me venza el sueño.
Aunque el estudio de una lengua abarca muchas disciplinas, no suelo clasificar los libros que quiero leer. Por eso, puedo pasar perfectamente de una obra de historia del español a una de lexicografía, lexicología, gramática, redacción o estilística, entre otros temas.
Suelo resaltar lo que me llama la atención. Además, hago índices temáticos en cuadernos o libretas, que luego convierto en archivos en mi portátil, para facilitar la búsqueda de los contenidos.
Estoy terminando de leer Estudios de lingüística española, una obra de casi 600 páginas, publicada en el 2012, y que es un homenaje a don Manuel Seco, el principal lexicógrafo de nuestro idioma. Asimismo, estoy leyendo las últimas páginas de Lexicografía y gramática en el Diccionario de uso del español, de María Moliner.
Leo por pasión y por estudio; porque es la única forma de aprender cada día más y de mantenerme actualizado en todo lo que tiene que ver con el idioma. Independientemente de que un libro me atrape o no, suelo llegar hasta su final.
Por las noches me gusta leer en mi estudio y con tapaoídos, para disminuir los ruidos del entorno. Los fines de semana acostumbro leer, en horas de la mañana, en mi cama.
Jorge Cardona
Editor General de El Espectador
Foto: Diana Sánchez.
nunca hago cálculos de lo que leo. Siempre estoy leyendo en la computadora y en libros, sobre todo, temas periodísticos. Antiguamente los rayaba, tenía muchos cuadernos de apoyo, en los que anotaba apreciaciones sobre estructuras, personajes y vocabulario. Lo hacía en los ochenta y en los noventa. Hoy sólo tomo anotaciones cuando estoy investigando.
La mayor parte del tiempo me la paso leyendo. Porque la vida mía es muy rutinaria. A las 7:00 a.m. doy clases en una universidad, a las 9:30 a.m. llego al periódico y me pongo a leer expedientes y piezas procesales.
Prácticamente me dedico a estudiar las 24 horas del día, me la paso documentándome, combinando la escritura con las lecturas. Echo mucho de menos la literatura, que la leí hasta los 35 años. Tengo que hacer las paces con ella, francamente le cogí pereza, me pasé a la historia y ya llevo más de dos décadas consagrado a su lectura. Yo siempre le digo a la gente que deberían darme un buen decálogo de autores de ficción de décadas recientes que valga la pena leer.
Leo textos de historia porque me gusta entender los procesos, porque hago estudios secuenciales. He estudiado siglo por siglo, del primero hasta nuestros días. Antes hacía el sacrificio de leer obligado. Actualmente, si hacia la página 30 o 40 se va quedando, lo dejo a un costado. Mi biblioteca es bonita, yo la quiero mucho, si pudiera irme con ella al más allá, me la llevaría toda. La he hecho a lo largo de la vida, cada uno de sus libros es seleccionado, entrañable. Son páginas que lo volvieron a uno lector, como Los Miserables, El Quijote, Gargantúa y Pantagruel, El siglo de las luces y La consagración de la primavera.
Fotos: iStock – Daniel Álvarez – David Schwarz.