

Se conocieron en un campamento de verano que organizó Shiza, cuando Malala tenía 11 años. A ambas las inspira la defensa de los derechos de las niñas, especialmente a la educación.
Sin educación, las niñas y jóvenes están atrapadas en un ciclo de pobreza. La frase es de Shiza Shahid, de origen paquistaní, graduada de la Universidad de Stanford en California, E.U. La semana pasada, CROMOS compartió con ella una charla en la sede de Neutrogena en Los Ángeles, a donde acudió para compartir su testimonio. El de una mujer que desde el principio ha creído en otras posibilidades, gracias a sus inquietudes personales y al apoyo que ha recibido de su familia.
Reconocida por la revista Time como uno de los 30 líderes mundiales menores de 30, viene de una familia que aunque ha seguido tradiciones, como que sus padres se conocieron el día que se casaron, porque fue una boda acordada, es progresista y en ese sentido le ha permitido elegir su destino. Y por eso la apoyó cuando decidió que quería estudiar y hacerlo fuera de su país.
Shaza tiene 25 años y en su mano izquierda luce un anillo de compromiso. De figura menuda, pelo y cejas profundamente negros, cuenta con su hablar pausado cómo conoció a Malala. Intervención que acompaña con imágenes de su amiga en Pakistán, antes y después del atentado de los talibanes, y de los recorridos que comparten por el mundo.
Siempre la inquietó el hecho de que la presencia de los talibanes en algunas regiones de su país implicara tantas limitaciones y abusos contra la comunidad, especialmente niñas y jóvenes. No se quería quedar quieta, ahora que conocía la forma de vida en otro país y que disfrutaba el privilegio de recibir educación y comprendía la enorme diferencia que este proceso significaba para su futuro.
Entonces, Shiza tenía 19 años, y tras ver un video en el New York Times sobre el cierre de escuelas en su país y la prohibición de que las niñas acudieran a la escuela, proferida por los talibanes, pensó que ella podía ser una de esas chicas sin educación y decidió que organizaría un campamento de verano. Las vacaciones de la universidad se las dedicó a las niñas, para contarles sobre esta experiencia e inspirarlas a ver la educación como un camino para hacer la diferencia.
Desde entonces estaba convencida de la frase que se lee en la bio de su cuenta de Twitter: Creo en empoderar a las niñas y mujeres, a través de los negocios, la filantropía y la innovación.
Un corresponsal de CNN en el país hizo una nota sobre el campamento, pero nunca mencionó la palabra talibán, para evitar problemas. Ese fue otro punto de inflexión que dejó pensando a Shiza. Había que hacer más por las mujeres de su país. Afuera no se conocía su realidad, solo una parte.
En 2012, Shiza trabajaba como analista de McKinsey & Co. en Dubai cuando Malala, ya de 14 años, y quien era una reconocida activista por la educación de las niñas y acudía a la escuela de manera clandestina, fue tiroteada por los talibanes.
Shiza reconoció a la chica de su campamento y se asombró ante el poder de la frase Soy Malala, que acogieron actores y personajes de todo el mundo a manera de protesta y gesto solidario. De nuevo, se dijo: Yo pude ser esa chica, debo hacer algo.
“Yo sé lo que es sentirse asustado, intimidado, no ser aceptado. Fue abrumador ver a millones de personas inspiradas por la fuerza de Malala” y dijimos: “Esto tiene que ser algo más que un momento, tiene que ser un punto de inflexión en la historia”.
Renunció a su trabajo y creo el Fondo Malala (www.malala.org), una organización sin ánimo de lucro con sede en Nueva York, que tiene como objetivo mejorar el acceso de las niñas a la educación.
Creer que cada uno es capaz de hacer la diferencia es una frase que Shiza se repite y les repite a las niñas del mundo, con quienes comparte, muchas veces en compañía de Malala, para invitarlas a creer en el poder de su fuerza interna y en todas las posibilidades que pueden encontrar si trabajan unidas.
Esa fuerza y ese poder, que empieza y se fortalece en la familia, se conocerá en la historia fílmica Él me llamó Malala, dirigida por Davis Guggenheim.