

Su voz se escucha como la de una colombiana que ha echado raíces en Estados Unidos. Luz Estella Nagle toma tiempo y algo de aliento antes de responder. Es sesuda a la manera académica y sesuda como las personas que tienen dos idiomas en la cabeza, siempre flotando. Al hablar separa rápido las palabras en español y en inglés que se enredan en el pensamiento. El acento de su natal Medellín aflora tan pronto hay confianza. Está en su terreno cuando llama la atención sobre la trata de personas y de turismo de órganos, crímenes que se ha dedicado a investigar.
Allá donde pone el dedo la profesora de Stetson University hay un vacío. Hoy la trata de personas es uno de los delitos más rentables, apenas superado por el narcotráfico y la falsificación. Luz Estella ha trabajado en la Corte Suprema del Estado de Virginia, en Microsoft, ha dado asesorías al Comando Sur y al Ejército colombiano en derecho de guerra. Su hoja de vida es amplia. Cada etapa de su vida está marcada por una rama de la justicia. Ahora la abordamos por su libro Entender la trata de personas, la corrupción y la óptica de la mala conducta en los sectores público, privado y de las ONG, publicado recientemente. Fue imposible leerlo porque se consigue en Estados Unidos. Sin embargo, es posible hablar sobre este problema que también han sufrido los colombianos. Entre los años 2012 y 2016, de acuerdo con las cifras de Cancillería, se han presentado 199 casos de connacionales víctimas de la trata.
P: ¿Por qué se interesó en estudiar la trata de personas?
R: En 1999 redefiní el significado de inmigrante. A grandes rasgos se le considera como una persona que llega a trabajar a otro país. Yo lo hice porque, investigando en el estado de California, Estados Unidos, me encontré con un grupo de mexicanos y centroamericanos que trabajaban en un cultivo de naranjas. Un día, uno de ellos salió despavorido de la finca. Por supuesto, no tenía papeles y sus palabras sonaron como una denuncia: contó que él y sus compañeros eran prisioneros. Sus jefes no los dejaban salir, los tenían completamente cercados, no les pagaban, les cobraban por el techo. Desde entonces su imagen me ha acompañado. Sus ojos estaban secos, como grises, y su piel escasamente se adhería a sus huesos. Ese hombre representa la explotación del individuo vulnerable, que ha sido usado por las redes de trata de personas y por esclavizadores.
P: Si era así en 1999, no quiero imaginar cómo es hoy.
R: El fenómeno está peor. Durante años hubo un eslabón perdido en la forma como se venía combatiendo la trata de personas. Ese anillo es la corrupción. Hemos estado enfocando los esfuerzos en los victimarios y en las víctimas. Pero los verdaderos facilitadores de la trata son las autoridades corrompidas. Si empezamos a mirar la trata y la corrupción como un conjunto, la lucha se puede replantear. La trata ha llegado lejos, justamente, porque las autoridades no actúan. Y no me refiero solo a la policía y a los administradores de la justicia; también me refiero a los que dirigen hoteles, a los hospitales, a los agentes de inmigración en aeropuertos y puertos marítimos. La corrupción es un elemento esencial en la trata, que se debe combatir. Con que un oficial no se deje corromper, muchas vidas se pueden dejar de victimizar.
P: ¿Qué diferencia la trata con otros flagelos como el narcotráfico?
R: La trata es un crimen invisible, no necesita ocultarse. Las víctimas no saben que son víctimas, por eso, los criminales salen bien librados. Si realizamos un análisis en Los Ángeles, vas a encontrar a ciudadanos de México y Centroamérica expuestos a las redes de tráfico de personas. Hablando con un colega en San Francisco, él me decía que las víctimas en su ciudad son en su mayoría mujeres asiáticas que llegaron por el Océano Pacífico para ejercer la prostitución. Si hoy haces un mapa en Estados Unidos, dependiendo de la zona, te vas a encontrar a víctimas de distintas partes del mundo explotadas de diversas maneras. Hace dos décadas se pensaba que la trata de personas se hacía solo con fines de prostitución. En la actualidad se reconocen otros espectros, entre ellos la explotación laboral, como el caso del recolector de naranjas.
P: ¿En qué otros espacios, además del campo, se explota al trabajador inmigrante?
R: Ocurre en la ciudad, a los ojos de todos, incluso de las autoridades. Basta ver los inmigrantes ilegales en los restaurantes. No es que los exploten por el simple hecho de estar indocumentados. Se esclavizan cuando no tienen libertad de movimiento, cuando para ellos es un problema decir “no trabajo más aquí”, por miedo a que su empleador lo denuncie por estar ilegal y le diga a las autoridades en dónde vive y cuál es su teléfono celular. A la vulnerabilidad le caen encima cadenas invisibles que inmovilizan. A punta de amenazas, el trabajador se va volviendo más prisionero. Incluso algunos diplomáticos extranjeros en Washington son perpetradores, pues abusan del derecho a tener empleadas domésticas. Algunos les pagan en la moneda de su país de origen que, por lo general, está devaluada, y no les respetan sus derechos laborales. Las obligan a laborar los siete días de la semana, se aprovechan de su origen humilde. Ellas se convierten en víctimas que no saben que son víctimas.
P: ¿Ha encontrado casos colombianos?
R: Por lo general, la población colombiana es víctima de la trata sexual en Estados Unidos y en Japón. En su mayoría son mujeres. Antes se pensaba que los hombres no podían ser víctimas de la trata sexual y ya se está demostrando lo contrario. Aunque es más difícil encontrar a las víctimas, porque el hombre se siente avergonzado de hablar de su experiencia, le cuesta tiempo recuperar su dignidad. Tenemos documentado el caso de un colombiano que aceptó un trabajo en Italia como desarrollador de software. Una vez en este país, al hombre le confiscaron su pasaporte y lo prostituyeron por un año.
P: Detengámonos en las mujeres, las más oprimidas e instrumentalizadas en la trata.
R: Vamos por partes. Población vulnerable son los ciudadanos que son obligados a salir en contra de su voluntad de su casa. Su desesperación y su necesidad lo inducen a la trata. El machismo también es otro elemento que alimenta la trata. Cuando la mujer es forzada a ser sumisa, cuando se vulneran sus derechos, es supremamente vulnerable. Si el crimen organizado la engaña ofreciéndole un futuro mejor, fácil cae en sus garras. Su desamparo la convierte en la víctima preferida del crimen organizado para su instrumentalización.
P: En su libro Entender la trata de personas hay un capítulo dedicado al tráfico de órganos. ¿Cómo se cruza esta práctica con la trata de personas?
R: El tráfico de órganos es uno de los crímenes menos investigados. Hay pocos casos emblemáticos. En Costa Rica hay un grupo de cinco médicos acusados de pertenecer a una red. ¿Cómo actuaron los traficantes? En el caso costarricense, en la extracción de órganos participaban hasta taxistas, que se encargaban de reclutar al supuesto ‘donante’. Les decían “usted tiene dos riñones y para vivir necesita uno. Yo le digo a donde ir y puede ganarse una buena plata”. Como las personas no tenían la dimensión de la propuesta, se convirtieron en víctimas. Creyeron que se iban a hacer ricos. La plata que les dieron no les alcanzó ni para comprar los medicamentos o no les dieron lo prometido.
La Organización Mundial de la Salud prohíbe la venta de órganos y los hospitales y los médicos disfrazan la explotación de las personas con la palabra “donación”.
P: ¿Cuáles son los órganos más buscados?
R: Los riñones, los pulmones y las córneas. Con los riñones se engaña a la gente muchísimo, porque “usted tiene dos y solo necesita uno”. Nancy Scheper-Hughes, profesora en la Universidad de Berkeley, es una académica que ha investigado el comercio de órganos. A través de Organ Watch, organización que cofundó, ha documentado casos en Brasil e India. Para ella, en la actualidad, hay un ‘Apartheid’ de los órganos, porque los morenos y los negros se han convertido en el banco de los blancos.
P: Es recurrente la imagen de película en la que a una persona la secuestran para extraerle los órganos.
R: Es más complejo que eso. No necesitan secuestrar. Con el engaño a los traficantes les basta. Se llevan a las personas para una ciudad con una estructura para la operación, con médicos calificados, enfermeras, anestesiólogos. Ahí está la corrupción entre el sector privado y público. Privado por las enfermeras y los anestesiólogos, y público por los agentes de inmigración y demás autoridades que poco hacen para impedir el paso.
P: ¿Cómo se combate la corrupción?
R: Se deben abordar muchos frentes. Uno de ellos son los hospitales que realizan extracciones e implantes. Cada uno debe tener auditoría estatal y privada. De igual forma, la educación es valiosa para combatir la vulnerabilidad del presunto ‘donante’. Es urgente que los médicos determinen si se trata de una donación voluntaria, con condiciones de salud y recuperación, sin comercio de por medio. Por eso pongo entre comillas la palabra ‘donante’, pues hasta que no se compruebe que es tal, debemos desconfiar.
La extracción e implantación de órganos son dos procesos complejos. Su tasa de éxito no debe ser alta, sabiendo los protocolos médicos que se deben cumplir. Hay patrones de compatibilidad de sangre. Si la persona ha sufrido hepatitis, lo más probable es que no sea apta para dar su órgano. Determinar la aceptación del órgano en el cuerpo del comprador es otra arista de la historia que falta estudiar.
P: ¿En Colombia existe el turismo de órganos?
R: La OMS recalca que las naciones con turismo de salud están en más riesgo de desarrollar esta industria. A Colombia vienen muchos extranjeros a someterse a cirugías estéticas. ¿Vienen a someterse a una lipoescultura o hay algo más en esa operación? Existe la falsa representación de que los donantes son donantes. ¿Lo son realmente o son personas vulnerables a las que se les está dominando? Eso es lo que las autoridades deben determinar.
En nuestro país hay un común denominador que puede ser una señal: entran y salen muchos turistas judíos. Como en Israel está prohibida la donación, ellos buscan en otros lugares. Y uno de ellos es Colombia, que en la ley es clara a la hora de dar prioridad a los nacionales cuando de donación de órganos se habla. ¿Las autoridades están respetando la ley?, ¿Y los médicos?, ¿Las potenciales víctimas son conscientes de las implicaciones médicas de una donación?
P: ¿No le resulta arriesgado poner bajo la lupa cualquier tratamiento relacionado con la donación de órganos?
R: Soy respetuosa con los centros médicos que practican la donación de órganos bajo normas estrictas, lugares imposibles para la trata de personas. En donde el derecho de los dos pacientes es respetado. Estoy de acuerdo con la donación siempre que se haga dentro del marco legal. Cuando una persona da sí consentido, habiendo recibido la información necesaria del médico, luego de que conociera los riesgos y los gastos de su recuperación, si dicha persona decide aceptar, ¿por qué me voy a oponer? Está ayudando a otra persona.
P: ¿Cómo se instrumentaliza a la mujer?
R: Tan sencillo y cruel como esta razón: si a la familia le urge la plata, escoge que la donante sea la mujer, no el esposo. A ella se le obliga a sacrificar un órgano. Hay hombres que, bajo el pretexto de tener que cumplir un horario laboral, las exponen a ellas.
P: El panorama no puede ser más desalentador.
R: El turismo de trasplantes comenzó en los ochenta, como una forma de comercio de riñones para satisfacer las necesidades y demandas de los receptores de trasplantes. En casi cuarenta años los criminales han sofisticado sus métodos, por lo que cualquiera de nosotros debe hacer lo posible por estar informado y por denunciarlos. Más que aterrarse y llenarse de miedo, como sociedad tenemos que actuar.
Fotos: Oficina de Comunicaciones de la Escuela de Leyes de Stetson