Josefina Severino: la inspiración musical de Fernando Gaitán

La compositora fue otra de esas mujeres brillantes que lo acompañaron a la cima.

Por Laura Galindo M.
03 de marzo de 2019
Josefina Severino: la inspiración musical de Fernando Gaitán
Cristian Valencia
Cristian Valencia

Que se calme, le dicen a Gaviota, que ya está bien, que si quiere le consiguen un vaso de agua. Que no, contesta ella alzando la voz, “Yo lo que necesito es un aguardiente, que es lo único que me pasa la rabia”. La Gaviota no sufre en silencio, llora a gritos y escupe reclamos. No se conforma con su suerte, no cree en el azar. Es obstinada, descreída e indómita. A veces ingenua, a veces maliciosa. La Gaviota es dueña de su propia insurrección.

El 30 de noviembre de 1994, los colombianos vieron el primer capítulo de Café con aroma de mujer, la telenovela de Fernando Gaitán que le dio la vuelta al melodrama latinoamericano con complejo Cenicienta. La historia comenzaba con la muerte de Octavio Vallejo, el patriarca cafetero, y la lectura de un testamento en el que le dejaba todo a sus hijos varones: la hacienda Casablanca, la empresa Café Export, las trilladoras y las tierras. Guy Ecker era Sebastián Vallejo, uno de los nietos que hacía de príncipe azul, y Margarita Rosa de Francisco era Gaviota, una recolectora que de Cenicienta tenía más bien poco.

“El nombre mío es Teresa Suárez”, le confesó a Sebastián antes de besarlo por primera vez. “Lo que pasa es que a mí no me gusta ese nombre. Prefiero que me digan Gaviota, porque me la paso cantando”. Era cierto. Rancheras en los cafetales: Gaviota que ve a lo lejos vuela muy alto. Despecho para el engaño: Aunque yo vuelva a nacer, lo he de volver a querer aunque me vuelva a matar. Boleros enamorados: Y así, me fui envolviendo en su piel, manantial, naufragué en su cuerpo, me perdí en su mar. Y uno que otro son: En la hacienda de mi amor, mi madre fue chapolera, de la zona cafetera, una mariposa en flor.

No era un drama musical, pero su música fue una revolución. Trajo conciertos, premios, discos y estribillos que veinticinco años más tarde se siguen tarareando. Cantaba Margarita Rosa de Francisco, su protagonista, y componía Josefina Severino Schlegel, una cienaguera de ascendencia alemana que ya había puesto su firma en telenovelas como El Divino, Garzas al amanecer, Las Ibáñez, La casa de las dos palmas, Puerta grande y La otra raya del tigre.

—Fue algo accidental –dice Severino–. Era 1986 y yo estudiaba en la Universidad Pedagógica. Me gustaban la música clásica y la dirección coral. De pronto, me cansé. Dije: “Quiero experimentar por otros lados”. Uno habla y las cosas llegan, apareció Kepa Amuchastegui y me propuso escribir música para una novela: El Divino. “¡Estás loco!”, le dije yo.

Hasta entonces, la televisión no se musicalizaba y las novelas no se cantaban. Pero Amuchastegui insistió y ella terminó aceptando. Una versión de El Mesías, de Handel, en banda de vientos abría los capítulos de todas las noches. Un redoblante, una tuba, un par de trombones. Funcionó. Al año siguiente, El Divino se llevó el premio a Mejor Banda Sonora durante la cuarta edición de los India Catalina.
Algo estaba haciendo bien porque repitió con La casa de las dos palmas, en 1991; y obtuvo un Simón Bolívar en la categoría Mejor Música Original por La otra raya del tigre, en 1993. Hizo los arreglos de Escalona, y con el primero de sus dos discos superó en ventas a Diomedes Díaz, el artista más popular del momento. Trabajó con Toni Navia, con Pepe Sánchez, con Carlos Mayolo, y en 1994 conoció a Fernando Gaitán y llegó a Café.

—Como era una novela tan costumbrista, la música también tenía que serlo –explica ella–. Me fijé mucho en lo que se escuchaba entonces en la zona cafetera, porque allá era donde pasaba todo. Tangos, rancheras, valses. Eso era lo que sonaba en los bares, en las tiendas, en las casas de la gente.

El encargo no era muy ambicioso. Una canción para el cabezote y varias pistas incidentales para acompañar las escenas. Una melodía recurrente que debía cantar Gaviota, mientras recolectaba el café, y un estribillo con el que la reconocerían durante el resto de la trama: Es su destino que un mal amor vista su alma de eterno duelo, ingrato amor, rompió sus alas, ingrato amor, manchó sus sueños.

Margarita Rosa de Francisco grabó las partes que le correspondían y resultó que lo hacía bien. Era afinada, musical, sensible. Tenía talento. No era, quizá, la gran voz, pero sí era todo lo demás. “Yo voy a escribir más canciones para que Margarita las cante”, le dijo Josefina a Gaitán. Convencerla no estuvo fácil, las rancheras no eran lo suyo y no le iban ni en el alma ni en el cuerpo.

—¡Pero es que no sos vos, es la Gaviota! –recuerda Severino que le dijo–.

Un par de aguardientes y Margarita se convirtió en ella. Los actores tienen la capacidad de entrar en otros y frente al micrófono salió  Gaviota: aguardientera, arrabalera y rebelde.

—Yo estoy segura de que, hasta hoy, no ha podido quitársela de encima, ni como personaje ni como canción–dice–.

De nuevo, funcionó. Las canciones se escuchaban por todas partes, la gente las pedía y los niños las cantaban. Café con aroma de mujer sonaba a desamor, a remordimiento, a idilio, a indecisión. Tenía letras escritas por Carmenza Gómez –que interpretaba a la mamá de Gaviota–, por Margarita Rosa, por Fernando Gaitán. Tenía poemas de Ramón de Campoamor, de Constantino Kavafis, de Adolfo Bécquer. Tenía al mariachi Nuevo León, a un grupo de música tropical y a un trío argentino de piano, bandoneón y bajo.

Vinieron los premios: un India Catalina, un Simón Bolívar y un ACCA, en Miami. Las giras de conciertos: estuvieron en Ecuador, en Venezuela, en varias ciudades de Colombia y en el Madison Square Garden de Nueva York. Y los discos: dos producciones con Sonolux.
“Deme lo que tenga de Café, porque esto se creció”, le dijeron a Severino. Como nadie había pensado nunca en un álbum, no existían suficientes canciones y todo había sido grabado en los estudios de RCN con músicos amigos.

—Me tocó rellenar con pistas incidentales –cuenta ella–. Esto fue como de panadería, una disquera local haciendo malabares para cumplirle al mundo. No vendimos más porque no teníamos cómo. Yo jamás  me imaginé que se fuera a disparar así, mi trabajo era hacer música para una novela y solo traté de hacer lo mejor que pude.

En 1995 se emitió el último episodio. Gaviota llegó a la iglesia vestida de blanco para casarse con Sebastián Vallejo. “Y hasta después de la muerte”, le dijo al cura. Al fondo, estuvo siempre la melodía que se quedó con los colombianos para siempre: Gaviota que emprende vuelo, no se detiene.

 

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