
Directora: Viviana Gómez Echeverry.
Género: Drama.
Guión: Viviana Gómez Echeverry.
Reparto: Elsa Whitaker, Sebastián Enciso Salamanca y Mercedes Salazar.
Es Colombia pero, al mismo tiempo, no lo es. Eso es lo primero que atrapa. Sabemos dónde se encuentran San Andrés y Providencia en el mapa, hemos visto el mar de los siete colores y hemos recorrido esas playas de arena blanca. Pero ese lugar que aparece en la pantalla lo desconocemos. Y es tan poco familiar porque en la película lo vemos a través de los ojos de los isleños. Estamos acostumbrados a ir de visita y a pasear con mirada de turistas. Nos divierte encontrarnos en el camino con un hombre de rastas y ‘tumbao’ de Bob Marley; parece relajado y viene bien contagiarse de esa paz. Es como estar en Jamaica, pero no. Es como estar en el paraíso, pero no. En días de descanso es agradable estar en medio de esa dimensión desconocida. Pero ese fragmento del país no es un espacio fantasma perdido en el Triángulo de las Bermudas. Es un territorio que existe y las personas que lo habitan están tan aisladas del resto del planeta que se sienten extrañas, ciudadanas de una república independiente refundida en el Caribe. Para ellos el mundo es su isla.
Ver Providencia a través de los ojos de sus habitantes es atrayente. Su idioma, el creole, que se parece al inglés, pero no, que se siente africano, pero no, tiene una cadencia que envuelve y arrulla. Creemos que podemos llegar a entenderlo, así que nos concentramos y ponemos todos nuestros sentidos en ese objetivo, pero nos engañamos. Lograrlo sería como si pudiéramos llegar a entender ruso o japonés con sólo poner atención. Entonces, entendemos que no nos identificaremos con nada de lo que veremos. Que esas imágenes en movimiento nos revelarán un país desconocido, con costumbres que ignoramos. Por eso, en un principio, la película nos engancha. Perseguimos a Keyla, una joven isleña, cuyo papá se ha perdido en el mar, y descubrimos ese otro mundo que hace parte de Colombia.
El mar de providencia es otro de los personajes de la película. Brilla, se mueve, palpita. Es vida, esperanza y descubrimiento. Es el principio y el fin de todo.
Luego, cuando finalmente aterrizamos en ese planeta, seguimos con mayor atención la historia. La joven no pierde las esperanzas: el mar ha sido su vida y traerá a su padre de vuelta, pero se demora en devolverlo; y cada instante de ausencia pesa, especialmente, cuando llega desde España su medio hermano, ese que vio partir en la barriga de su madrastra cuando era una niña. Esa mujer extranjera se había convertido en su madre, pero la abandonó, y ahora, al oír las noticias sobre su padre, ha decidido volver a hacerle compañía. Keyla no agradece el gesto. Su presencia pone a flor de piel el rencor que dejó su partida.
Keyla espera a su padre con esos dos intrusos en casa. Teme que esté muerto y por eso nunca se le escapa una sonrisa. Vive con el ceño fruncido, pero siempre se ve hermosa. Como Providencia, que hipnotiza, así como su música. De la mano de Elkin Robinson y Daniel Velasco, encargados de la banda sonora, emprendemos una aventura por ritmos isleños que suenan a calypso, a reggae y tal vez a socca…
Hay que decir que la isla, la música y el idioma atrapan más que la historia, que arranca fuerte, pero poco a poco pierde al espectador. En las primeras escenas uno hace fuerza por la aparición de ese padre que es todo para su hija, pero muy pronto desaparece esa conexión con los personajes. Cuando se alejan del creole y hablan en español pierden la credibilidad. A pesar de que el contexto envuelva, no es suficiente. Uno espera sentirse conmovido, pero no. Uno quiere salir transformado, pero no.
Sobre Keyla:
– Se estrenó en el Festival Internacional de Cartagena de Indias.
– Fue selección oficial en Competencia del Festival de Cine de Rotterdam en Curazao y en el Festival de Cine Colombiano de Nueva York.
– Es la primera película de ficción rodada en Providencia y financiada por medio de crowdfunding.
Fotos: cortesía.