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¿Por qué todos somos Rosa Elvira Cely?

Por Redacción Cromos
20 de mayo de 2016
¿Por qué todos somos Rosa Elvira Cely?

Todos estamos familiarizados con el caso de Rosa Elvira Cely. Los hechos son claros, al menos para la mayoría de las personas, sobre cómo ella fue una víctima de su agresor y de la completa incompetencia del Estado colombiano, la fuerza pública y las instituciones encargadas de hacer valer la ley y los derechos humanos en igualdad de condiciones para todos. También, este caso ha permitido visibilizar a todas las demás personas afectadas por la violencia basada en el género y ha resaltado cómo el sistema de denuncia y reparación operante obliga a quienes alzan su voz a quedar atrapados en un ciclo de repetición del trauma. El sistema colombiano de reparación y justicia obliga a la víctima a insertarse en un laberinto donde priman la negación de los hechos y la falta de responsabilidad de las instituciones para responder, el miedo a que se repita, el aislamiento social por el estigma de haber sido violentado, la culpabilización de la víctima y la indolencia de los espectadores. En la denuncia, tan necesaria para visibilizar una problemática y avanzar en temas de derechos, se vive la constante repetición de la historia para el morbo del público y la comprobación de los hechos.

¿Qué hubiera pasado si Rosa Elvira no hubiera muerto y estuviera aquí para contar su historia? ¿La someteríamos una y otra vez al escarnio público de develar sus heridas (físicas y emocionales)? ¿La obligaríamos a pagar por haber sido una mujer libre en pleno uso de sus facultades y derechos? Porque esto es lo que ocurre con sus familiares, quienes tienen que exponer su intimidad frente a los medios y las instituciones de gobierno para lograr una justicia necesaria para que el ciclo de violencia se detenga. Si las instituciones de gobierno hubieran actuado frente a las denuncias que ya tenía Velasco en su contra, se hubiera evitado esta tragedia. El Estado falla al proteger los derechos y prevenir las agresiones de violencia basada en el género al culpabilizar a la víctima y torturar con la repetición a quienes denuncian.

En Colombia, esta violencia institucional que describo avala y justifica los crímenes de acuerdo a un sistema perverso, basado en lo que pueden o no pueden hacer las personas según su sexo. El marco legal, los valores culturales (como el machismo o la homofobia) y los protocolos de atención protegen a los agresores excusándose en comportamientos “naturales”. Las leyes y las instituciones gubernamentales, entre otras (como las instituciones de salud), son titulares de responsabilidades; es decir, tienen el deber de cumplir y proteger los derechos humanos de las personas. Sin embargo, en el caso de Rosa Elvira Cely ni la ley, ni la policía, ni la ambulancia ni los servicios de salud respondieron efectivamente. Rosa Elvira somos todas las mujeres y hombres que tenemos que vivir en este país donde la distribución de la seguridad, la paz, la dignidad y la vida es inequitativa.  

Sin embargo, los ciudadanos son titulares de derechos y responsabilidades. Es decir, aunque tenemos un derecho inalienable a la vida y a la integridad física, a la dignidad y a la libertad; igualmente somos responsables de hacer valer los derechos de los demás y de defendernos cuando consideramos que somos violentados. Todos tenemos un deber de solidaridad con no minimizar ni banalizar la violencia basada en el género; de la cual todos somos víctimas, aunque sea más recurrente en el caso de las mujeres. La demanda entablada por la familia de Rosa Elvira no es solo una queja válida sino el grito desesperado de ser oídos en una realidad que exculpa a los agresores re-victimizando a quienes valientemente asumen la denuncia; y es responsabilidad de todos ver que en este caso se cumplan las penas, se proteja a las víctimas, se repare el daño y no se quede como está la violencia ejercida desde las instituciones del Estado. Es nuestra responsabilidad asumir y exigir las consecuencias de las agresiones a la dignidad y la vida.

No obstante, es fundamental preguntarse: ¿Cómo podemos todos evitar ser violentos? ¿Cómo podemos dejar de insertar a las personas que han sufrido en un ciclo de repetición y escarnio? ¿Cómo podemos, en últimas, ser respetuosos frente a la situación de otros? Cuando alguien es violentado y la respuesta es “déjalo ir” o “estás obsesionado” o “no le botes tanta energía a eso”, en realidad detrás de ese discurso hay otra violencia: lo que te pasó no tiene relevancia, seguro tú te lo buscaste, hay algo en ti que activa la violencia. Es decir, si las instituciones no están ahí para hacer valer los derechos, ¿a qué se puede apelar cuando las violencias cotidianas, los irrespetos y las agresiones interpersonales ocurren? El sistema falla en proteger a las víctimas, pero también fallamos todos cuando no denunciamos, cuando somos espectadores pasivos de la tragedia ajena, cuando no tomamos en serio las situaciones de exclusión, cuando fallamos en alzar la voz y reclamar por la familia de Rosa Elvira la justicia que se merece. Es nuestra responsabilidad y derecho no dejarlo ir.

Foto: El Espectador.

Redacción Cromos

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