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¿Qué es la felicidad para Luis Carlos Vélez?

Durante la más reciente edición del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo Latinoamericano, Miguel Ángel Bastenier se refirió al periodismo como el mundo de las tinieblas.

Por Luis Carlos Vélez
18 de noviembre de 2014
¿Qué es la felicidad para Luis Carlos Vélez?

Descartaba en su intervención, frente a un público en su mayoría conformado por estudiantes de Comunicación jóvenes e idealistas, que este trabajo fuera un lugar para ser inundado de historias positivas. Dijo que cuando los noticieros reportan sobre el ganador de la lotería, en realidad no están hablando sobre la fortuna del comprador del boleto escogido por las incomprensibles, y también oscuras, fuerzas del azar, sino, en realidad, sobre el infortunio, la desdicha y la envidia de los miles de compradores de esa misma lotería que no ganaron el premio. Aseguró, palabras más, palabras menos, que este es el negocio de lo que va mal porque en este mundo son pocos a los que les importa lo que va bien.

Cuando se es periodista y se tiene la fortuna (y luego explicaré por qué uso esa palabra para describir este trabajo) de dirigir un servicio informativo, se navega constantemente en las aguas de las desgracias. Cada consejo de redacción es, y no importa el país donde se trabaje, un desfile de hechos negativos, abusos y corrupción. Los noticieros son la expresión de todo lo que somos los humanos, pero en especial de lo malo y de lo que necesita solución.

Es fácil caer en ese mundo de las tinieblas del que habla Bastenier. A veces no aparecen los argumentos para justificar moverse en un mundo de la negatividad y la destrucción. Por ejemplo, recuerdo el olor de los cuerpos quemados en la plaza central de Puerto Príncipe, después del terremoto en Haití. La gente, sin luz ni agua, quemaba los restos de sus seres queridos en la noche para tener luz y al mismo tiempo evitar las enfermedades. Esas imágenes aún me persiguen de la misma manera en que lo hacen las imágenes mentales de los restos de la bomba del club El Nogal. Sobre Haití muchas veces me pregunté por qué estábamos allí grabando con nuestras cámaras una tragedia tan lejana de nuestro diario vivir. ¿Actuábamos como aves de rapiña? ¿Hacíamos nuestro sueldo reportando sobre la miseria de los demás? Durante largas noches debatimos con los colegas la razón de nuestro trabajo y lo que estábamos dejando en casa para dedicarnos a sumergirnos en las desventuras ajenas, cuando la propia vida misma está llena de sus propias malquerencias. Muchas fueron las respuestas, pero ninguna tan contundente como la que logré al preguntarle, directamente, a uno de los afectados por el sismo, un joven de 18 años, con una hija de uno y una esposa desaparecida. Me dijo entre lágrimas que hiciéramos todo lo posible para mantenernos en el lugar, que no nos fuéramos, que nuestra presencia era la única manera de mostrarle al mundo la necesidad de una intervención inmediata.

En la era de las redes sociales he vuelto muchas veces a esta escena. Son muchos los insultos que aparecen tras los reportes de los noticieros sobre lo que pasa en nuestra nación. «Carroñeros», «amarillistas», «desalmados», «resentidos», son algunos de los adjetivos que se usan en nuestra contra. No falta el espontáneo que nos detiene en la calle para regañarnos por nuestros contenidos y al mismo tiempo sugerir una sección de noticias positivas. Como si nunca se nos hubiera ocurrido, o como si esa sección no existiera ya en los informativos actuales. 

Son muchos los factores que podrían llevar a un periodista a dejar de reportar sobre los problemas de los demás. Suena absurdo que alguien se gane la vida inmiscuyéndose en la miseria ajena y al mismo tiempo sea vilipendiado en su ambiente social por el producto final de su labor. Pero es allí donde aparece con mucha fuerza ese concepto de sentido social por el que finalmente se trabaja. Tienen razón los que dicen que el trabajo periodístico es una labor de comunidad y de construir nación. Son innumerables los mensajes que nos llegan denunciando hechos que necesitan visibilidad. Para muchas personas, la única manera para captar la atención de sus gobernantes está en los medios de comunicación.  

Es cierto que el ejercicio repetitivo de reflejar la realidad funciona como un multiplicador de los malos sentimientos, pero también es real que para muchos individuos y comunidades la diferencia entre la vida y la muerte puede estar en un reporte a tiempo de la prensa.

Los periodistas muchas veces exponemos la vida para divulgar la realidad. Los hechos, las denuncias y los problemas por lo general tienen un protagonista al que no le conviene que sus acciones oscuras trasciendan, por lo que es casi matemático que los comunicadores tengan más enemigos a medida que sus reportes sean puestos al aire. Así, en una sociedad maltrecha como la nuestra, en donde solo hay espacios para los absolutos, y los matices no tienen lugar, la prensa termina siendo blanco de los sesgos políticos, sus agitadores y sus becerros. Todos, agentes amenazantes del pensamiento y la publicación, que no dudan en accionar el gatillo o teclear enter a la hora de matar con el verbo irresponsable que se esconde tras la mal interpretada libertad de expresión.

Pero, si todo suena tan mal, ¿por qué hay tanta gente empecinada en esta profesión?  La respuesta está en ser capaz de poner un grano de arena desde esta gran trinchera que ofrecen los medios de comunicación. Poder, gracias a un reporte bien llevado, divulgar problemáticas de los más necesitados. Lograr, gracias a una denuncia con seguimiento, llevar el bienestar a una población. Incentivar, por medio de una entrevista, a que las autoridades tomen medidas para mejorar la seguridad en una nación. Esa posibilidad que, aunque muchas veces sea marginal, genera felicidad. Con esa pizca de alegría y corazón contento, duermo tranquilo para mañana regresar a un consejo de redacción.

 

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