
Judith Carvajal de Álvarez cuida hasta el último detalle de todo lo que hace, de las palabras que dice, de la ropa que usa y de lo que incluye en su hoja de vida. Nada es improvisado. Lleva 47 años trabajando como voluntaria para la Cruz Roja Colombiana, y en el 2017 se convirtió en la primera mujer en llegar a la presidencia de ese organismo, que en julio pasado cumplió 102 años de existencia.
Es odontóloga y cartagenera. Se unió a la Cruz Roja por invitación de unas amigas suyas que formaban parte de las Damas Grises, el grupo femenino de voluntariado de la institución. Se reconoce como una colombiana privilegiada, en un país con niveles vergonzosos de pobreza y de desigualdad; por eso, de forma retórica pregunta: “¿Por qué no podemos dar nuestro servicio, cuando lo hemos tenido todo?”.
Hoy, jubilada por su profesión, recuerda como una travesura cuando en medio de sus turnos laborales salía corriendo con su uniforme porque la llamaban de la Cruz Roja a atender alguna situación. “Buscaba a mis compañeros odontólogos que sabía que estaban libres, les decía que por favor me cubrieran el turno y les pagaba de mi plata”, cuenta.
Después de pasar un rato hablando sobre su trayectoria, se disculpa. No quiere sonar grandilocuente porque está llena de logros y reconocimientos. Entre ellos está haber fundado un voluntariado de apoyo, que busca incrementar el recurso humano de la Cruz Roja, por medio de un sistema más flexible para los profesionales que quieran ayudar; por ejemplo, no exigir un número determinado de horas en servicio.
Fue presidenta de las Damas Grises entre 1987 y el 2002, y las representaba en la junta directiva nacional. Como cabeza de la seccional de Bolívar, transformó un banco de sangre en un gran hemocentro para el Caribe y dejó germinado el proyecto de una universidad de la Cruz Roja para el departamento, “con el fin de dar una oportunidad a las personas que no pueden pagar sus estudios”, explica.
Se desempeñó, entre otras posiciones, como segunda y primera vicepresidenta nacional, hasta este año, cuando se tuvo que mudar de Cartagena a Bogotá para asumir las riendas de 32 seccionales del país. En realidad, se mudó a medias, pues su esposo, Luis Álvarez García, exdecano de la Facultad de Odontología de la Universidad de Cartagena, sigue viviendo allá. Ella viaja los fines de semana y él planea pasar algunas temporadas en la capital.
Alternar tantas responsabilidades con su vida familiar no ha sido difícil, según Judith Carvajal. Dice que sus tres hijos –que hoy viven en el exterior, pero están vinculados a la Cruz Roja como voluntarios– desde muy pequeños la vieron en ese papel. “Mi vocación, que me ha ayudado a formarme como persona, ha sido ejemplo para mi esposo e hijos. La heredé de mi madre, Carmen Arismendi de Carvajal”.
A la casa materna en Cartagena –cuenta– constantemente llegaban “personas de escasos recursos. Mi madre les daba el almuerzo. No sé de dónde sacaba”. Cuando Carmen murió, recuerda la presidenta, a la misa llegaron muchos integrantes del Seminario de Cartagena. “Me di cuenta de que ella financiaba el estudio de unos 20 seminaristas”.
Para Carvajal, haber llegado a tan alto cargo implica la gran responsabilidad de reivindicar la labor de los voluntarios. La Cruz Roja cuenta con cerca de 27.000. Como mujer, tiene el deber de demostrar que es posible “entrelazar responsabilidades” y encarnar el resultado de la equidad de género, materia que abordó en un documento de su autoría hace casi 20 años, que fue expuesto en varios países del continente y acogido por la Cruz Roja.
En Colombia, el organismo se empezó a gestar durante la Guerra de los Mil Días y ha sido testigo de muchas formas de violencia en el país. Ahora, de cara al ‘posacuerdo’ con las Farc, Carvajal cree que su misión y sus principios (como la neutralidad) no pueden cambiar. “Pero sí debemos ajustar la organización a las necesidades de hoy”: seguir trabajando en la gestión del riesgo, mejorar la calidad de la salud y la educación, y ayudar a construir paz y fortalecer la convivencia.
Foto: Daniel Álvarez.