

El último domingo vi Roma. Saqué tiempo para sus dos horas con quince minutos. Confieso que, desconfiado, me senté frente al televisor. Había oído que era lenta y chata, una pieza de la que cualquier estudiante de cine se enamoraría. Del mismo modo, sin querer queriendo, me topé con críticas elogiosas y con la portada de la actriz Yalitza Aparicio en Vogue.
Me senté a verla sin haber escuchado voces intermedias, que la supieran apreciar en su punto, que no se derritieran ni tampoco dijeran la clásica frase “está sobrevalorada”.
Intuí que no me iba a gustar. Es difícil abrirse cuando llevas a cuestas un prejuicio. Creí que me iba a costar el blanco y negro. No fue así. Debe ser porque la vida se vive más en esos colores que con los de la realidad que ofrecen, a cualquier hora, las pantallas de celular.
Finalmente, ahí estaba Cleo, la protagonista, siempre acompañada de su radio de pilas, encerrada en su cotidianidad. Desde el principio vibra su dignidad de empleada doméstica. Sus ojos inocentes ven a una familia que se va cayendo pedazos, como el carro del don de la casa, el garaje, las ventanas, el país.
Los insensibles dicen que no sucede mucho en Roma. Todo lo contrario: ocurren, solo que no son tan obvias como la ternura de un gato en video o la foto de una chica (o chico) cuyo registro es innegable en la pantalla de un móvil.
Cleo es ignorada, explotada y reducida a dormir a una habitación compartida. Pero sus jefes y sus hijos la saben acoger. La casa grande de la señora Sofía y el señor Antonio está llena de muros como los que quiere construir Trump. Solo que estos desaparecen cuando los niños se sientan junto a Cleo para fundirse en un abrazo genuino, cargado de reconocimiento, que borra por un instante largo, “cuaroniano”, las odiosas diferencias sociales.
Algo bueno debe tener una historia que en dos ocasiones te pone a llorar. Ese fue mi caso, pudieron haber sido más de haberla visto solo. No sé si Roma es una obra maestra, lo que sí sé es que es una película que toca el corazón. Narra el amor, narra la abnegación, el machismo, la opresión y la pobreza.
No lo hace de modo encriptado. Está ahí, pulpita cada cosa, como para después encontrarse con espectadores que no la terminaron por considerarla un “ladrillo” para entendidos. Supongo que los mismos que no la supieron apreciar son los que no son capaces de interpretar sus vidas ni las de los demás. Ellos, los que se quedaron cortos al momento de conectarse con Cleo, tal vez tienen el corazón duro, demasiado árido. Y sabrá Google por qué lo tienen así. Algo pasa con su sensibilidad de Instagram.