

Durante sus primeros meses de vida, mi hijo no soportaba ir en el asiento para bebés que instalamos en el carro. Empezaba a llorar después de haber recorrido unas cuantas cuadras. Si iba sola con él, el trayecto se convertía en una experiencia espantosa: yo cantaba Los pollitos dicen e intentaba menear la sillita con la mano derecha mientras me las arreglaba para manejar con la izquierda. Nada servía y su llanto cada vez era más penetrante, más angustioso. Estábamos en Navidad y las calles bogotanas eran tacos de carros en pausa. Uno, con cabeza posparto, siente que, tal vez, el niño se va a morir de tanto llorar. Pero no, no se muere. Él va seguro en ese asiento evaluado por todo tipo de expertos para que, en caso de accidente, el bebé corra el menor riesgo posible.
Esa silla se ubica en posición contraria a la marcha del carro; es decir, la cabeza del bebé queda mirando hacia atrás. De acuerdo con los parámetros de la Academia Americana de Pediatría, los niños deben ir ubicados de esta manera hasta que crezcan tanto que ya no quepan. Por lo general esto ocurre cuando llegan a los 3 o 4 años.
¿Por qué esta posición? La mayoría de los accidentes ocurren de frente o de lado, así que si un niño está viendo hacia adelante, su cuerpo saldrá disparado de la silla y eso comprometerá su cuello y su cabeza, que son las partes más vulnerables de su cuerpo.
Los niños pequeños tienen proporciones distintas a los adultos y se demoran en desarrollar la capacidad de sostener su cabeza y su cuello. Según Naran Xadu, un portal mexicano enfocado en temas de infancia y crianza, en un adulto la cabeza es sólo un 6% de su cuerpo, mientras que en un niño representa hasta el 20%. En un impacto frontal a 50 km/h, la cabeza de un bebé de 2 kilos será lanzada con una fuerza mayor a su peso; mientras su cuerpo es detenido por los cinturones, su cabeza hará el movimiento de un látigo, lo que puede causar lesiones de mayor gravedad.
Cuando la silla va hacia atrás, la silla absorbe el impacto y mantiene la cabeza y la espalda del bebé alineadas, lo cual reduce la posibilidad de que sufra lesiones y evita la presión en su tórax.
Aunque muchas veces uno prefiere sacar al bebé del asiento porque empieza a llorar, es recomendable aguantar el llanto, tratar de entretenerlo hasta llegar al destino o parquear el carro y calmarlo antes de volver a arrancar. Un choque a 50 km/h equivale a caer desde un sexto piso, y los brazos de un adulto nunca van a ser lo suficientemente fuertes para sostener al bebé.
La silla de bebés para el carro es tan importante como el cinturón de seguridad para los adultos. Si a nosotros ya nos parece absurdo quitarnos el cinturón, deberíamos pensar lo mismo en el caso del bebé.