

Solía ser más fácil hacer amigos. Estabas en el parque y un par de niños te invitaban a jugar fútbol o al papá y a la mamá (era difícil que te tocara ser la mamá, pero quedabas contenta con ser la hermana mayor). Más tarde, en la universidad, esa persona a tu lado en la clase de Ética resultaba fanática, como tú, de Radiohead y de Tarantino. Entonces surgía una amistad que aún conservas, así hablen una vez al año. Pero cuando se acaban el colegio y la universidad, las cosas cambian. Posiblemente entablas relaciones entrañables con un par de colegas en la oficina, pero la vida ya es otra: no queda tanto tiempo para divertirse, desahogarse, chismosear o comentar el último capítulo que viste de La casa de papel en Netflix.
Con el paso de los años, la rutina, las responsabilidades laborales y el cansancio nos envuelven y nos aíslan. Y en estos tiempos es frecuente que andemos más solos por cuenta de la tecnología, que nos hace esclavos del trabajo y adictos a las pantallas, a las frías interacciones en Whatsapp, a las cosas fáciles y cómodas que se consiguen con solo dar “Comprar” en Rappi.
La tecnología ha sido salvación y perdición a la vez. Por eso, aunque suena alarmista, no es una noticia falsa: una epidemia de soledad se extiende por el mundo. Tan real es el asunto, que en el Reino Unido se creó el Ministerio de la Soledad. De acuerdo con un estudio reciente de la Cruz Roja, más de nueve millones de británicos se sienten solos; muchos, teniendo en cuenta que su población total ronda los 66 millones de habitantes.
La entidad se creó porque la epidemia se está convirtiendo en un asunto de salud pública: los problemas físicos y mentales ocasionados por la soledad pueden costar 32 billones de libras esterlinas al año, así que puede ser más dañina que las grasas o el cigarrillo.
Invertir en nuestras relaciones mejora nuestra salud, nos da bienestar y felicidad (eso asegura otro estudio publicado en el diario Personal Relationships y citado en The Guardian); sin embargo: “Dos personas necesitan pasar al menos 90 horas juntas para volverse amigas o 200 horas para ser realmente cercanas”, de acuerdo con una investigación de la Universidad de Kansas. En estos tiempos, llegar a pasar 90 horas con alguien puede ganarse la calificación de milagro, así que alejarnos de la soledad no parece una tarea sencilla.
Frente a esta realidad inevitable, es difícil tomar acciones, pero algo tenemos que intentar. Por eso hemos reunido y complementado algunos consejos de especialistas de todo el mundo que, frente a la situación y en diferentes medios, indican caminos para salvarse de la pesadumbre de la soledad.
Buscar conversaciones cortas
Con la mesera del café, con el señor que lo atiende en el bar, con la cajera del supermercado, con el vecino del bus. Puede hablar del clima o de la canción que suena, no importa, lo clave es encontrar un poco de luz en esos breves encuentros. No se trata de extender las conversaciones, sino de tener una cotidianidad más cálida y amistosa. Además, esas charlas cortas lo pueden entrenar para situaciones en las que sí podría darse la oportunidad de crear vínculos más cercanos (Darin Bergen, psicólogo clínico –The Cut).
Meternos a una clase que nos apasione
La base de una amistad usualmente se establece sobre las experiencias compartidas. Lo vivimos con frecuencia en la infancia, pero después se nos olvida que muchos de nuestros amigos los ganamos porque teníamos una pasión o un interés similar. Por lo tanto, vale la pena buscar grupos o clases que le apunten a eso que amamos, como el yoga, el canto, el dibujo o la cocina. También es útil ser voluntario y aportarle a algo que nos importa. Algunas veces el problema es de tiempo, pero muchas otras el inconveniente es que nos dejamos llevar por la inercia de la cotidianidad y no le sacamos unos minutos a la vida (Linda Blair, psicóloga clínica – The Guardian).
Identificar por qué nos sentimos solos
Suelen decirnos que la mejor manera de manejar la soledad es con actividades sociales, pero ese no es siempre un consejo sabio. Para poder lidiar con nuestra soledad, necesitamos saber si el problema es que a nuestras relaciones les falta profundidad, que nuestros amigos no nos conocen o que nos hace falta una pareja. La solución para cada caso es distinta. De pronto tenemos dificultades para construir intimidad. O se nos enreda la vida cuando intentamos ir más allá de las conversaciones sobre el clima. Si este último fuera el caso, podríamos esforzarnos por hablar de otras cosas con nuestros compañeros de trabajo: en lugar de averiguar qué tal estuvo el fin de semana, les podríamos preguntar a qué lugar del mundo les encantaría viajar y por qué, o a quién salvaría en medio de un apocalipsis zombie. (Juli Fraga, psicóloga clínica -The Cut)
Botar las excusas a la caneca
Las cosas no ocurren si no nos esforzamos por que ocurran. Hay que moverse, salirse de la zona de confort, incorporar actividad física en nuestras rutinas, salir por un café, ir a cine con un amigo, aprender un idioma. Tenemos que dejar de aislarnos, de decir que estamos muy ocupados, de echarle la culpa al cansancio. La culpa, en realidad, es nuestra (Christopher Barquero, periodista y coach – The Huffington Post).
Volver a la familia
Los papás, los abuelos, los hermanos, los tíos y los primos son recursos que a veces desaprovechamos. Cuando las personas empiezan a hablar una vez a la semana con un pariente, su ánimo general cambia. Ponerse en contacto con familiares y conocer su vida es una grandiosa manera de recordar que la nuestra hace parte de una historia más grande con personajes muy interesantes (Kathleen Smith, consejera profesional -The Cut).
Ser conscientes de lo que nos pasa adentro
Biológicamente, cuando empezamos a sentirnos solos, entramos en estado de hipervigilancia. Andamos sensibles. Si alguien nos roza o sube el tono de la voz, lo magnificamos. El mundo parece inhóspito y tenemos que protegernos. En medio de ese revuelto de sentimientos, nos sentimos incapaces de construir relaciones con el exterior. Lo que más miedo da de todo esto es que realmente no somos consciente de lo que nos está pasando, de que nuestro cerebro altera nuestra percepción de la realidad (Olivia Laing, escritora – El País).