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La noticia llegó en la noche del 23 de diciembre: Roberto Pajarito Buitrago falleció después de una larga batalla contra el cáncer. Tenía 88 años. Su historia la escribió a pulso, entre carreteras polvorientas, radios y multitudes que aprendieron a amar la bicicleta siguiendo su nombre.
Pajarito nació el 13 de enero de 1937 en Guayatá, Boyacá, en una familia de once hermanos. La violencia política empujó a los suyos a Bogotá en 1953, y fue en el barrio Siete de Agosto donde empezó a alquilar bicicletas de turismo, a ganarse la vida como mensajero de una droguería y a templar el cuerpo para la resistencia. Pedaleaba para trabajar y trabajaba para pedalear.
El apodo llegó antes que la fama. En una Doble a Bojacá, una remontada feroz lo vio “volar” hasta alcanzar al grupo principal. Desde entonces fue Pajarito: liviano, insistente, capaz de volver cuando parecía perdido. Debutó en la Vuelta a Colombia en 1956 con apenas 19 años; un año después ya ganaba etapas, y en 1960 rozó la gloria como subcampeón tras liderar durante 14 jornadas.
Pajarito vs. Cochise un duelo mítico de nuestro ciclismo
La cumbre de su leyenda llegó en 1962, cuando la Vuelta se convirtió en un duelo de nervios y orgullo regional. Boyacenses y cundinamarqueses contra paisas; una “guerra deportiva” que se resumía en dos nombres: Pajarito y Martín Emilio Cochise Rodríguez. Antes de la última etapa, La Dorada–Bogotá, la diferencia era mínima: diez segundos separaban al líder de su perseguidor.
El país se detuvo en ese recorrido final con llegada al estadio El Campín. En el tramo entre Facatativá y Bogotá, Cochise atacó una y otra vez, buscando el quiebre definitivo. Pajarito resistió, respondió, se pegó a la rueda como si supiera que su vida deportiva cabía en esos kilómetros. Cada repecho era una pregunta; cada bajada, una amenaza.
La carretera no fue neutral. Pajarito pinchó bajando el Alto del Tigre; más adelante, el turno fue de Cochise. La fortuna equilibró lo que el cuerpo había llevado al límite. Volvieron a encontrarse, a rodar juntos, convertidos en el espectáculo absoluto de la jornada, con miles de personas siguiendo la caravana como si fuera una procesión.
En el remate final, Cochise ganó el sprint por dos segundos. El estadio, sin embargo, no celebró al vencedor de la etapa. El Campín esperaba otra llegada. Esperaba al líder. Cuando Pajarito cruzó la meta en segundo lugar, el cálculo fue inmediato: la ventaja resistía. Ocho segundos en la general. Ocho segundos para una eternidad.
Así se escribió una de las definiciones más dramáticas de la historia del ciclismo nacional. La Vuelta a Colombia 1962 quedó en manos de un boyacense por primera vez, rompiendo la hegemonía antioqueña y consolidando la épica popular de la carrera en los años sesenta. Para Pajarito, vencer a un paisa fue “la felicidad más grande” de su vida deportiva.
La vida después de los ocho segundos que hicieron a Pajarito una leyenda
Ese mismo año, agotado por la dureza del ciclismo amateur, se retiró con apenas 25 años. Volvió brevemente y fue cuarto en la Vuelta de 1965, antes del adiós definitivo. En su palmarés quedaron seis etapas y un título general, pero sobre todo una forma de correr que educó al público en el sufrimiento y la dignidad.
La vida después de la bicicleta fue de trabajo y encuentro. Emprendió negocios, levantó una cigarrería famosa por sus almojábanas, alquiló maquinaria pesada y fundó el restaurante El Campeón, en Bogotá, punto de reunión para aficionados y memorias. Allí, entre saludos y anécdotas, siguió siendo campeón.
En Guayatá lo llamaron El Grande, y en Bogotá lo reconocieron como héroe popular. Pajarito Buitrago fue el primer gran ciclista boyacense, un nombre que abrió camino y un relato que todavía se cuenta. Murió el hombre; queda la rueda girando, eternamente, en aquellos ocho segundos que lo hicieron leyenda.
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