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¡Qué lanzada feroz! El ataque llegó sin aviso, nada raro. Un movimiento seco, brutal en su simplicidad. Nairo Quintana estaba solo, desgarrando la montaña con esa cadencia suya e inconfundible. El pedaleo medido que parece pequeño para el daño que hace. Sus rivales abrieron la boca, buscaron el ritmo y no lo encontraron. Y él, sereno en el zarpazo, solo miró hacia adelante con esos ojos que nunca traicionan el esfuerzo, como si subir montañas a esa velocidad fuera lo más natural del mundo. Como si fuera 2013. Como si fuera 2016. Como si el tiempo no hubiera pasado nunca.
Fue imposible no sentirlo. Algo se apretó en el pecho de quienes lo han seguido toda la vida. Ahí estaba otra vez el Nairo de los grandes duelos, el que despedazó el Giro de Italia, el que venció en la Vuelta a España, el que puso a temblar a Chris Froome en tantos puertos que ya forman parte del catecismo del ciclismo mundial. Y justamente ahora, cuando ya sabe que se va, cuando él mismo lo ha dicho en voz alta —que esta es la última temporada, que ya viene el final—, verlo así de fiero volvió a poner sobre la mesa la crueldad hermosa del deporte: lo mejor y el adiós llegan siempre demasiado juntos.

No obstante, la etapa de este viernes no fue solo una carrera. Y ahí, la cosa se vuelve más épica. Esa mañana, antes de que los corredores tomaran la salida, el pelotón supo que Cristian Camilo Muñoz había muerto. Apenas 30 años, un accidente que pareció rutinario el sábado pasado —una caída, raspaduras, el protocolo de siempre— y que en cuestión de días se convirtió en tragedia sin nombre cuando una infección sorpresiva lo venció sin que nadie pudiera hacer nada. El pelotón rodó en su nombre. Y cuando Nairo Quintana cruzó la meta, con el dedo apuntando al cielo, nos dejó sin aliento. En ese gesto —una fracción de segundo, nada— cabía todo el peso del día.
¡Victoria para Nairo Quintana (@Movistar_Team)! La dedicatoria es clara, este triunfo va para Cristian Camilo Muñoz 🖤#VueltaAsturias #LaVueltina #AsturiasParaísoNatural pic.twitter.com/hQY2NIZjWB
— Vuelta Asturias (@vueltasturias) April 24, 2026
52 veces: la bestialidad de Nairo Quintana
Nairo Quintana es el ciclista colombiano más grande de la historia. No es un debate. Es un inventario. Ganó el Giro de Italia en 2014. Ganó la Vuelta a España en 2016. Fue segundo en el Tour de Francia dos veces, cuando ese Tour se llamaba Chris Froome y parecía una fortaleza inexpugnable. Sí, el Tour se le escapó —ese es el lunar, la deuda que él mismo reconoce—, pero hay que entender el contexto: los rivales que tuvo Nairo en sus años de gloria fueron otra cosa, una liga diferente. Era una época feroz.
Y a pesar de todo eso, o quizás por todo eso, el número que define su carrera es el que llegó este viernes: 52 victorias de etapa en el WorldTour. La primera fue en la Vuelta Ciclista a la Región de Murcia, el 2 de marzo de 2012. Un chico de Cómbita, Boyacá, que nadie conocía todavía, ganando en España. La última, hasta este año, había sido el 20 de febrero de 2022, en el Tour des Alpes Maritimes et du Var. Entre esa victoria y la de hoy: 1.524 días. Cuatro años, dos meses y cuatro días. ¡Silencio!

Porque después de esa etapa en la Costa Azul vinieron los años oscuros. La sanción por el tramadol, una sustancia que no estaba en la lista de dopaje cuando fue hallada en su cuerpo durante el Tour 2022. El proceso kafkiano, el veto, el año entero sin competir mientras el mundo lo juzgaba con la facilidad de quien nunca ha tenido que defender su nombre desde cero. Muchos dijeron que era el final. Que no volvería. Que a su edad, con ese desgaste encima, nadie resucita. Nairo dijo que no. Y se quedó.
Volvió en 2024 y el regreso fue discreto, de recuperación, de volver a encontrar las piernas y la cabeza. Pero este 2025, su segundo año de regreso, llegó con una declaración que dolió más que cualquier derrota: se va a retirar al final de la temporada. El más grande de todos puso fecha al final. Y entonces ocurrió lo que ocurrió hoy —un ataque de antología en una montaña asturiana, 1.524 días después de la última vez— y la noticia del retiro adquirió una textura diferente, más agridulce, más inevitable.
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Cuando ganó, Nairo habló de Cristian Camilo Muñoz con la voz de quien recibe una noticia que no sabe cómo procesar. “La noticia me dejó frío. Era apenas un niño”, dijo. Treinta años. Un hombre joven que no llegará a ver su mejor versión, que no tendrá tiempo de acumular sus propias etapas, sus propios títulos, su propio inventario. Y Nairo, que tiene 36 y que está en el último capítulo del suyo, le dedicó la victoria con una honestidad que no necesita traducción.
Hay victorias que son solo victorias. Y hay victorias que son algo más: un recordatorio, una síntesis, una despedida que todavía no termina. La etapa de este viernes en Asturias fue de las segundas. Fue Nairo atacando como atacaba antes, sufriendo como sufría antes, ganando como ganaba antes. No obstante, había algo que no existía antes: la conciencia del final, el homenaje al compañero muerto, el peso de 52 triunfos acumulados en más de una década de grandeza.
Este viernes, Nairo Quintana nos recordó por qué es el más grande. No solo por los títulos, no solo por los números, sino por esa capacidad rara de convertir una carrera de ciclismo en algo que se siente en el pecho. Le quedan pocas etapas. Hay que verlas todas.

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