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No todos los días, pero sí muchos a la semana, es usual ver a un ciclista de uniforme verde detrás de una tractomula que se esfuerza para no colgarse en la subida que conduce de Cocorná a Santuario.
En una curva, desde donde se alcanza a contemplar la cascada Las Perlas y bien abajo, como un delgado hilo de agua, la quebrada La Marinilla, Alejandro Osorio se para en los pedales, cambia la relación y de un impulso pasa al pesado camión ante un conductor que sigue sus movimientos por el espejo retrovisor lateral. El velocímetro del carro que sigue todo desde atrás marca 32 kilómetros por hora. “Así cojo reflejos y desarrollo lo que llamamos el sexto sentido. La idea es ir a tope, lo más que se pueda hasta que uno reviente”.
Osorio vive en El Carmen de Viboral, bueno cuando está en Colombia. Le gusta entrenar por esos lares (a 48 km de su casa), porque el ascenso es largo, prolongado, y le da fondo, la resistencia que necesita para rendir en Europa. En ocasiones, cuando siente que las piernas dan, baja hasta Calderas y en el regreso hace intervalos hasta Alto Bonito, unos 37,02 km con un promedio de pendiente del 4 %. En otras palabras: es pasar de los 766 metros sobre el nivel del mar a los 2.235. De hecho, en la aplicación Strava, si se mira ese segmento, Osorio tiene el récord con una hora, 17 minutos y 43 segundos, y una velocidad promedio de 28,6 km/h.
Este ciclista antioqueño, de sonrisa amplia y que todavía conserva un rostro de párvulo a sus 22 años, ganó el fin de semana pasado la clasificación de la montaña de la Coppi e Bartali, competencia italiana en la que muchos quedaron asombrados por su capacidad de ir para arriba a pesar de los 1,81 metros de estatura.
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Claro, el estar magro le ayuda, es un requisito indispensable para tener beneficios. “Me cuesta mucho mantener mi peso, pero he logrado un balance. Antes no engordaba porque no me daba ansiedad. Ahora, en Europa y con la presión de hacer las cosas bien, tengo que cuidarme. Me acuerdo que hace un par de años comía ocho helados al día y nada. Me gusta el dulce, no lo puedo negar, pero tengo control”.
Osorio se crió en la vereda La Palma, por el cementerio de El Carmen para abajo. Su papá tenía una finca en la que sembraba papa y zanahoria. Allí estuvo hasta los ocho años, hasta que un día su papá se la jugó por comprar más tierra, en la cosecha no le fue como esperaba y empezó a perder terreno. Y entonces vino una mala racha, el engaño de una flor de la papa morada y reluciente, que por debajo no tenía nada, o bueno, casi nada. “Era hermosa, grandísima, pero cuando fue a recolectar, qué sorpresa. Mi papá pensó que era la cosecha para arrancar de nuevo y qué va, le tocó retirarse”.
El padre de Osorio vendió lo poco que le quedó, pidió un préstamo, compró la mitad de una casa y pagó medio taxi para ponerse a trabajar en el pueblo. “Se volvió muy sedentario. Creo que le dio duro, pero nunca dijo nada. Así nos mantuvimos durante mucho tiempo, gracias a su vocación por ser responsable, por salir adelante”.
Ciclista por obstinación
La amenaza en la casa Osorio Carvajal era la misma
– Si no te gradúas, te boto esa bicicleta.
– Pero, mamá, déjame validar que lo que quiero es ser ciclista.
Al final Osorio terminó el bachillerato a regañadientes. Pero lo hizo en un colegio al que solo tenía que ir tres veces a la semana y que él mismo pagaba con su sueldo de ciclista juvenil. “Eran como $600.000. Era un montón de plata, casi todo el sueldo que tenía en el Orgullo Paisa. Pero no había de otra”.
Eso ya fue al final, luego de dar una batalla prolongada por una mamá que quería que él fuera abogado, de hacer el amague de empacar libros en la maleta cuando en realidad lo que llevaba era un uniforme y unas zapatillas. “Me cambiaba en la casa de un amigo y nos íbamos a montar por El Canadá. Mis papás se dieron cuenta porque una vez, ya de regreso, mi hermana me vio y, claro, de una les contó”.
La primera bicicleta de ruta se la regaló Argemiro Henao, un profesor pensionado al que le gustaba salir a rodar por los alrededores de El Carmen. Un día, Osorio, en una cicla más precaria, se le pegó a la rueda y lo pasó en un repecho. Y Henao, maravillado, se comprometió a regalarle uniformes y dinero para ir a carreras siempre y cuando no dejara de practicar.
Después vino la primera victoria en Girardota, subiendo hacia la vereda Manga Arriba cuando tenía 13 años, la Vuelta al Futuro en 2016 con el equipo El Carmen-La Unión, el puesto 14 en la general (la ganó Johan García, hoy compañero suyo en el Caja Rural) y el interés de Gabriel Jaime Vélez y el Orgullo Paisa. Todos preguntaban por el juvenil de lomo fuerte y espalda ancha, el hermano menor del también ciclista Frank Osorio, mejor conocido como El Caballo y de quien se derivó el apodo de El Poni luego de esa prueba.
Y entonces llegó al GW-Shimano, y se impuso en la cuarta etapa del Giro de Italia sub-23 en 2018, obtuvo la camiseta de mejor escalador en el Tour de l’Avenir del mismo año y pasó a Nippo Vini, equipo en el que estuvo en 2019 cuando fue contratado por el Caja Rural de España. “Siento que todo ha sido muy rápido, muy veloz.
Pero he ido paso a paso tratando de no quedarme en esta carrera que es la vida misma”. Osorio, que de a poco ha ido alcanzado las estrellas empinándose, piensa desde ya en el futuro, no en lo que viene como ciclista, sino en lo que será cuando se retire. “Estoy montando un supermercado en el pueblo. Se tumbaron muros, se pusieron vigas, todo está casi listo. Ahora hay que trabajar”, dice quien parece tener la misma premisa de Santo Tomás de Aquino: ver para creer.
Por: Camilo Amaya