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Yo estuve en … El Tour de Francia con Nairo Quintana

Como en 2013, el ciclista colombiano terminó segundo en la carrera más importante del ciclismo mundial. Colombia entera vibró con la actuación de uno de sus mejores embajadores.

27 de diciembre de 2015 – 11:17 a. m.

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Faltaban 20 días para el viaje de mi vida y ya tenía lista la maleta. Los objetos estaban seleccionados: una cámara prestada sería mi fiel compañera, la cómplice para registrar los momentos más preciados que estaba a punto de vivir; una hoja con cinco frases en francés, y aquella bandera que por décadas nos ha acompañado en casa, esa que compró mi papá y amarró a un viejo palo de escoba para que el viento no se la llevara y que sólo se desempolvaba cada fiesta patria.

Después de un vuelo de 10 horas hasta Madrid y otras 28 en bus hasta Digne-Les-Bains, llegaba a la etapa 17 del Tour de Francia. Allí me unía a la caravana con rumbo a Gap y a La Toussuire. Esta última, la fracción más importante de la carrera. El tiempo se agotaba y Nairo Quintana tenía previsto atacar en los últimos kilómetros para tratar de recortar la diferencia que perdió con Froome en la primera semana.

El nerviosismo y la ansiedad eran síntomas de que se acercaba el momento. El sonido de los helicópteros y las motos de seguridad abriendo campo entre las personas me ponían el corazón a mil. Estaba a punto de presenciar una de las batallas más importantes del ciclismo en los últimos tiempos, en donde los cuatro fantásticos venían dando guerra.

En los dos días anteriores había logrado un gran botín. El autógrafo de Alejandro Valverde, fotos con Winner Anacona y Jarlinson Pantano, y las caramañolas de Rigoberto Urán, José Serpa y Alberto Contador. Estaría luego en el inicio de Alpe d’Huez y en el paseo de la gloria en los Campos Elíseos de París.

Pero hasta ese momento no había sentido nada igual. El ambiente era diferente. Tal vez por los aplausos de los extranjeros que me veían con la camisa de la selección y la bandera colgada como una capa, o simplemente por la cantidad de colombianos que nos saludábamos con alegría y emoción, como si fuéramos amigos de toda la vida.

A lo lejos apareció un ciclista con uniforme azul claro con la bandera de Italia en su pecho. Era Vincenzo Nibali, quien se fugó kilómetros atrás y venía a un ritmo arrollador. El lote multicolor se acercaba a gran velocidad. Los uniformes característicos de cada uno de los equipos se hacían notar. El camuflado amarillento del Saxo Bank mostraba a un Alberto Contador desgastado. El maillot amarillo que traía un hombre alto, Chris Froome, con un movimiento particular en su cuello, indicaba que era el líder de la carrera. A su lado el personaje que todos queremos, Nairo Quintana, aquel que lleva en sus hombros la esperanza de la gente colombiana que día a día se levanta con ganas de mejorar, de salir adelante, la que pedalea por un sueño y a la que no le importa cuán empinada sea la cumbre. Ese morenito que llevaba la camisa blanca, la que caracteriza al mejor de los jóvenes, la que ya había portado en 2013 cuando quedó subcampeón de esa edición.

Mis piernas, aún cansadas por los 20 kilómetros de ascenso que recorrí a pie en casi ocho horas, recobraron fuerzas y se comenzaron a mover. Las ampollas en mis pies dejaron de molestar.

Allí estábamos, frente a frente, Nairo y yo. En ese instante me di cuenta de que realmente estaba en el Tour de Francia. Todo pasó como en cámara lenta y recordé las historias que mis padres me contaban cuando niño. Aquellas en las que las hazañas de Lucho Herrera y Fabio Parra se escuchaban en los modernos radios de pilas, y eran el mejor momento para compartir y disfrutar un sorbo de guarapo con los paisanos que trabajaban el campo. Ese mismo campo que los forjó con disciplina y berraquera, comiendo bocadillos y tomando agua de panela, entrenando de un lado para otro en pesadas bicicletas panaderas para convertirse en héroes de nuestra tierra.

No me pregunten por qué se saca la bandera y se corre al lado de los ciclistas, porque es similar al sentimiento que tengo en este momento y no se los puedo relatar. Pero por los 5, 9 o tal vez 15 segundos que estuve al lado de Nairo, corriendo y gritando a viva voz que era un campeón, valieron la pena tantos esfuerzos. Los años de ahorro, las noches en las que no encontré hotel y mis zapatos se convirtieron en almohada, las extenuantes caminatas, los desayunos y almuerzos de atún y pan o a los cientos de sacrificios que ya no recuerdo y me permitieron estar a seis kilómetros de la meta. En la siguiente curva, el colombiano atacó. Ese día le sacó 30 segundos a Froome.

El resto lo sabemos todos. En Alpe d’Huez Nairo quedó segundo en la etapa y le descontó más de un minuto al británico. No le alcanzó para vestirse de amarillo en la Ciudad Luz, aseguró el segundo lugar en el podio en la edición 102 de la carrera por etapas más importante del mundo.

Esta es mi versión del otro Tour de Francia. ese que se recorre en bus, en tren, caminando y echando dedo. El que no se escucha en radio ni se ve en televisión, pero se lleva en el alma como el mejor galardón.

*Diseñador gráfico de este diario.

 

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