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Daniel Balsero tenía seis años cuando su abuelo lo montó por primera vez en una vieja monareta y lo motivó a recorrer unos cuantos metros en una calle de Cota, municipio de donde él y su familia son oriundos.
Ese día, Danielito, como le decían cariñosamente, logró mantener el equilibrio. Pedaleó una, dos y hasta tres veces. Se sintió feliz, vibró con la adrenalina que produce coger con fuerza un manubrio y moverlo de un lado a otro mientras se está rodando. Los tradicionales cultivos de repollo, lechuga y papa que abundan en esta región de Colombia fueron testigos de su hazaña. A partir de ese día, su vida no sería igual.
Con el paso de los años, Daniel cambió la monareta del abuelito por una bicicleta de hierro. Ya no recorrió unos metros, sino que las distancias se alargaban y se convertían en kilómetros. De aquella solitaria calle donde dio sus primeros pedalazos sólo quedaría el recuerdo. Empezó a rodar por las principales vías de Cundinamarca. Primero fue a Chía, luego llegó hasta Bogotá, Madrid, Mosquera e incluso Fusagasugá.
Sumado a ello, su padre, que era acompañante de caravanas ciclísticas de equipos como el de Pony Malta o Postobón, poco a poco lo envolvía en ese mundo. No quedaba duda, Daniel tenía todas las condiciones para empezar a considerar el ciclismo como un estilo de vida, aunque en ese momento eso era impensable. Ni siquiera estaba dentro de sus planes.
Daniel, además de ser un destacado deportista era un buen estudiante, por esa razón se inclinó por la lectura y la investigación. Terminó sus estudios de bachillerato y tuvo la oportunidad de ingresar a la universidad. “Yo entré a la universidad y me gradué como médico veterinario zootecnista. Aunque no me crean, el amor que siento por los animales es increíble”, afirma sonriente este ciclista, que luce su uniforme con mucho orgullo.
Sin darse cuenta, la medicina veterinaria se había convertido en su vocación. Sin embargo, su pasión por el ciclismo nunca había dejado de existir.
Fue una difícil decisión. “Después de haber terminado la universidad, se me presentó la oportunidad de hacer ciclismo. Me propusieron unirme a un equipo y me decidí por el lado del deporte, porque me gusta desde que era pequeño. Quería volver a vivir todo lo que me inculcaron y me enseñaron tanto mi papá como mi abuelito allá en Cota”, dice Balsero y agrega: “Nunca pensé que me volvería ciclista profesional”.
Así, Daniel Balsero debió decidir si su vida transcurriría entre caballos de acero o caballos del campo; si cambiaba las inyecciones, los corrales y los cuidados de los animales por las carreras, los embalajes y las espectaculares llegadas a líneas de meta que tanto le gustan. “Ambas son experiencias increíbles, pero el ciclismo lo vivo con total seriedad, lo vivo de lleno, como mi profesión. Es mi vida y estoy dedicado a él al 100%”.
Daniel ya tiene 30 años y ha rodado los suficientes kilómetros como para darse cuenta de que del ciclismo no podrá vivir para siempre, o por lo menos en condición de competidor. Por ello dice que el conocimiento que aprendió como veterinario siempre va a estar ahí y algún día, no sabe si cercano o lejano, después de su retiro muy seguramente deberá aplicarlo. Por ahora preferirá seguir disfrutando de las carreteras y las grandes competencias que lo han llevado a conocer y disfrutar de cientos de lugares. Es consciente de que es un veterinario que se volvió ciclista y que en algún momento su historia se convertirá en la de un ciclista que volvió a ser veterinario.
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@Theo_Gonzalez