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“Pero, ¿quién es este chico?”, se preguntaban los espectadores del Gran Premio de Malasia, poco habituados a las sorpresas. Sergio Pérez estaba rodando en segunda posición con un modesto Sauber y amenazaba al líder en las vueltas finales de la carrera de Sepang. La lluvia y las pésimas condiciones meteorológicas cambiantes habían transformado aquella prueba en una carambola, en la que dos pilotos que apenas contaban por la victoria se estaban disputando el triunfo. Pérez amenazaba a Fernando Alonso y lo alcanzó a falta de seis vueltas para la conclusión.
Pudo incluso superarlo, de no haber sufrido una ligera salida de pista justo después de que su ingeniero le indicara por la radio que se tranquilizara. En aquellos momentos estaba rodando un segundo por vuelta más rápido que Alonso. Y la victoria no se le hubiera escapado. Le había recortado una distancia de 7,6 segundos. “Lo veía posible”, confesó tras la carrera con una emoción incontenible. “Pero entonces pisé el bordillo y perdí el carro. Me fui a la hierba y allí cedí unos segundos que me impidieron ganarle a Alonso. Hubiera sido un sueño. Pero ahora estoy convencido de que eso llegará”.
A Pérez la ilusión le desborda. Tiene sólo 22 años, pero se metió entre los grandes y superó a campeones del mundo como Hamilton, Vettel, Button, Raikkonen y Schumacher, con un auto teóricamente inferior.
Su mayor mérito fue ser capaz de sacar siempre el mejor rendimiento a su carro en circunstancias anómalas y saber conducirlo sin errores hasta la segunda posición final. Y hacerlo con una experiencia de sólo 21 carreras en la F-1. “Estoy muy contento. Es un sueño. Y quiero dedicarle este segundo puesto a Frida, mi perra, que se murió hace unos días; a Carlos Slim, sin el cual todo eso no hubiera sido posible, y a mi familia. Espero poder seguir por este camino”.
La carrera de Pérez, nacido en Guadalajara, está íntimamente ligada al magnate mexicano Carlos Slim y a su empresa estrella Telmex. Este multimillonario, que figura como el más rico del mundo en la lista de Forbes, apoyó a Pérez desde sus inicios, cuando compitió en serio por primera vez en EE.UU. en fórmulas de promoción. El chico funcionaba y Slim le llevó rápidamente a Europa, donde corrió la F-BMW y la F-3 británica antes de entrar como un cohete en la GP2, la antesala de la F-1. En todas las categorías ganó carreras y demostró su calidad. En la F-3 fue subcampeón, por detrás de un Jaime Alguersuari que se mostró intratable en aquel 2008.
El propulsor que significaba contar con el apoyo económico de Telmex le llevó al mejor equipo de la GP2 y en 2010 ganó la carrera de Mónaco y otras cuatro para concluir segundo, detrás del intocable Pastor Maldonado. Pero sus resultados y, fundamentalmente, la potencia de su patrocinio, le valieron un contrato con Sauber a partir de 2011. Así que se convirtió en el primer piloto mexicano en la F-1 desde Héctor Rebaque en 1981. Y no defraudó a nadie. Es cierto que contar con Carlos Slim le supuso una ayuda inestimable. Pero no lo es menos que sin resultados no hubiera llegado. El segundo puesto de Pérez es el mejor resultado de un mexicano en la F-1 desde la victoria en Bélgica de Pedro Rodríguez en 1970.
Ahora Sergio Pérez tiene un futuro muy abierto. No sólo ya en Sauber, en que concluirá esta temporada. Sino también, probablemente, en alguna de las grandes escuderías del momento. Forma parte de la Ferrari Driver Academy. Y nadie descarta que en 2013 pueda sustituir a Felipe Massa como compañero de Fernando Alonso en el equipo de Maranello.