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Gracias al deporte y al periodismo, que según García Márquez es el más bello oficio del mundo, hoy puedo decir que llevo 40 años de mi vida asistiendo a los Olímpicos, y con Beijing, ya sumo mis undécimos juegos.
Comencemos por el ciclista que fui en el 68, el que se ganó la casilla para competir en la milagrosa pista de madera del velódromo mexicano. Un año antes me había graduado como profesor de educación física y fue gracias a ello que con apenas seis meses de estar corriendo, aparecí en México 68, al lado de Cochise Rodríguez, Papaya Vanegas, Pachón, Samacá, Pedro J. y Severo Hernández. Lo cierto es que allí estuve en el desfile inaugural, entre otros, con la selección de fútbol, la nadadora Olga Lucía de Angulo y con el atleta Álvaro Mejía, quien junto con Cochise colmaban las expectativas de una medalla para Colombia, cosa que finalmente no sucedió.
Por fortuna están vigentes hoy en mi memoria los incidentes que marcaron esos juegos y estuvieron a punto de arruinarlos: la matanza de estudiantes en la Plaza del Zócalo en México y la aparición del famoso “Poder Negro”, representado por un grupo de atletas norteamericanos que subieron al podio con un guante negro en su mano derecha y el brazo levantado en señal de protesta. Tampoco es fácil olvidar la hazaña del norteamericano Bob Beamon, quien con sus 8.90, en el salto largo, se adelantó 20 años en el libro de los récords, y el fabuloso 9.96, de Jim Haines, en los 100 metros.
A México 68 me fui como ciclista y regresé como columnista. Gentilmente Carlos Flórez , profesor de baloncesto en la Universidad Pedagógica en la facultad de Edufísica, me invitó a escribir una columna, que se llamó ‘Ciclonotas Olímpicas’, publicada en el entonces vespertino de El Espectador. Era don Mike Forero, entonces director de deportes, quien me la recibía. Eso me permitió entrar a los medios.
Seguí siendo ciclista, hice un curso como entrenador en Italia y trabajé en Coldeportes Bogotá como entrenador de pista. Me hice amigo de Humberto Jaimes, entonces director de Deportes de El Tiempo y me invitó a escribir como cronista de ciclismo, con motivo de los Panamericanos de Cali en el 71 y el Mundial de ciclismo en Varese (Italia) donde Cochise resultó campeón mundial. Yo era el único ‘periodista’ colombiano que estaba allí, lo que me hizo llegar a la radio, en este caso a Caracol, para la cual transmití sin haber agarrado nunca antes un micrófono y por ahí derecho la Vuelta Colombia y los Olímpicos de Múnich 72, en donde Colombia obtuvo su primera medalla (plata) con Helmut Bellingrodt en la prueba del tiro al jabalí, y luego vendrían las de los boxeadores Clemente Rojas y Alfonso Pérez (bronce).
Múnich 72 es una Olimpiada recordada porque apareció el monstruo de las piscinas Mark Spitz y se colocó en el pecho la friolera de siete medallas de oro.
Los juegos se enlutaron con el sangriento episodio terrorista y político del Septiembre Negro, que marcó un antes y un después en la seguridad de los juegos y nos demostró que también el deporte era una arma política nada despreciable, como ya había pasado y seguiría pasando.
Cuatro años más tarde, ahora con RCN, estuve en Montreal 76 cubriendo una olimpiada que se quedó con algunos escenarios sin terminar, con recursos limitados ante el gigantismo. El atletismo, la natación y la gimnasia se robaron el show y aparecieron nuevos reyes y reinas de un deporte ya en el camino de la comercialización, la tecnología, la ciencia y la medicina, además de la aparición de Cuba en la escena olímpica. Encontramos a la reina de la gimnasia, Nadia Comaneci, convertida en una auténtica vedette de los juegos.
Moscú 80 fue escenario de una Olimpiada que se preparó con todos los recursos y el entusiasmo de un sistema que quería vender una imagen bien distinta de la que tenía en Occidente, pero finalmente los juegos fueron afectados por la ola de ausencias (léase boicot) encabezado por Estados Unidos y sus aliados, lo que dejó el certamen, al decir de los españoles, totalmente “descafeinado” y con el desencanto de no poder medir realmente el valor de los resultados.
Moscú, representante del sistema aborrecido entonces por unos y amado por otros, le cumplió al COI. Fueron unos juegos en donde la organización, disciplina y el lujo, contra todo lo que pudiera pensarse, fueron actores de primer orden.
Los Ángeles 84 debieron soportar el ausentismo del bloque afecto a Moscú, como devolución de las ‘atenciones recibidas’ cuatro años antes. Fue la Olimpiada de la ceremonias de inauguración y clausura al mejor estilo de Hollywood. Allí nuevamente Colombia figuró con Bellingrodt, de nuevo con una de plata. Se rumoraba que el deporte mundial había progresado tan aceleradamente gracias a la tecnología y a la medicina, con el uso de medicamentos y métodos. El dedo acusador se dirigía principalmente hacia los ‘grises’, que era el uniforme oficial de la Alemania Occidental y sus vecinos, tras la entonces conocida Cortina de Hierro.
Años después, se sabría que eso fue cierto. Pero la realidad era que también los de este lado estaban en lo mismo y por ello, Seúl 88 es recordada por un hecho escandaloso. Ben Johnson, el hombre más veloz del mundo, campeón olímpico de los 100 metros, resultó positivo y con ello, se sacudió el mundo del deporte y hoy, dos décadas después, la situación no mejora.
La Olimpiada de Seúl nos permitió transmitir en una esquina, yo para RCN y en la otra, Jaime Ortiz Alvear (q.e.p.d.) para Caracol, la pelea final por la medalla de bronce que logró Eliécer Julio, lo que significó una presea más en la colección de Colombia, que se enriquecería cuatro años más tarde, con la de bronce conseguida en vibrante final por Ximena Restrepo, en los 400 metros en Barcelona 92.
Barcelona y España mostraron una nueva cara y aprovecharon el inolvidable flechazo de 100 metros, con el cual inauguraron los Juegos de 1992, para iniciar un proceso que les permite hoy ser una de las grandes potencias, mientras los grandes deportistas profesionales en deportes como el baloncesto, el tenis y el ciclismo comenzaban a llegar a los Juegos, se interesaron por el orgullo de vestir la camiseta de sus países, como sucedió con el Dream Team.
El centenario de los Olímpicos en 1996 sirvió para que fuese Atlanta y no Atenas (como estaba previsto) donde se hiciera la celebración y fuera testigo de la despedida del brillante Carl Lewis, el Hijo del viento. Nuestro país no subió al podio, pero eso era tal vez el presagio de lo que sucedería cuatro años más tarde.
Siempre hay una primera vez
Después de 15 Olimpiadas y 60 años, el deporte colombiano gana una medalla de oro en Sídney 2000, con María Isabel Urrutia. Con sus 75 kilos de peso corporal y su determinación, la vallecaucana regresó al país convertida en el centro de la atención nacional. Con ella se inició tal vez un nuevo capítulo para el deporte colombiano. Australia encontró en Ian Thorpe al monstruo de las piscinas y nos enseñó qué tan poderosa es en todos los aspectos a pesar de estar tan lejos.
Regresamos de Atenas luego de haber asistido a una olimpiada de inauguración cinematográfica y con otra medalla para Colombia, gracias a la pesista Mábel Mosquera, en los 53 kilos, para sumar la octava medalla. También se vivió el drama con la ciclista María Luisa Calle, ganadora de bronce en la prueba del Scratch y luego sometida al escarnio público por el resultado positivo, siendo automáticamente despojada de su presea, mientras ella proclamaba su inocencia, que finalmente se demostró después de 16 meses
He sido testigo de 40 años de olimpismo. Además de haber transmitido las hazañas de los medallistas, he narrado y vivido igualmente las decepciones de quienes lo han intentado sin conseguirlo. Ahora que estoy aquí en Beijing para comenzar mi Olimpiada número once, creo poder decir que he visto y vivido casi todo en los Olímpicos y debo expresar profundo respeto y aprecio por todos los deportistas, dirigentes, técnicos y periodistas que han estado por Colombia en los Olímpicos y que han sido mis compañeros en estos 40 años que se pasaron como un juego.