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Ese hombre que alza la Copa Libertadores, que le da un beso profundo, genuino, como si se tratara del amor de su vida, es la síntesis perfecta del futbolista que siente en cada uno de sus poros el amor por River Plate. Se trata de Fernando Cavenaghi, que luce la cinta de capitán en el brazo izquierdo. El ídolo que dejó todo para embarrarse en el fútbol del Ascenso cuando los millonarios tocaron fondo, hace cuatro años. Y es un premio este trofeo. A su esfuerzo, a su constancia. El Torito es el máximo símbolo vigente del campeón de América. Jugó el último partido, el decisivo ante Tigres de México, por la lesión de Rodrigo Mora. Y se quedó sin gritar goles propios, pero se ganó el cielo. Tal vez por eso, cuando una lluvia torrencial había ganado definitivamente la noche porteña, le puso un broche de oro a su carrera. “Terminó una etapa muy linda, ahora empieza otra. Me voy de River campeón”, afirmó el goleador, que está en el top ten de los artilleros del club, ese que encabeza Ángel Amadeo Labruna, delantero de “La Máquina”, aquel equipo que arrasó en los cuarenta.
Y ahí estaba Cavenaghi, empapado en la madrugada de ayer, celebrando sonoramente en un vestuario cargado de felicidad. Con 31 años, llegó a su octavo título con la banda roja sobre el pecho blanco. Y aunque hubo un paréntesis de dos etapas antes de esta culminación a toda gloria, para El Torito era una necesidad ganar la Libertadores. “Siempre fue muy esquiva para River. Por eso es un privilegio poder ser campeón. Luché mucho para llegar a esta posibilidad tan grande”, confiesa.
La historia de la presencia de Cavenaghi en la final comenzó a escribirse el domingo. “¿Querías un partido importante? Vas a arrancar de titular contra Tigres”, le aseguró el técnico. “No es un partido importante. Es el partido más importante de mi carrera”, contestó el goleador. Y alzó la Copa, nomás. Y cuando faltaban 20 minutos para el final, el Monumental le dio la retribución a su último gran ídolo: “El Cavegool/el Cavegool” fue el tributo para ese ídolo que le puso el pecho a la B Nacional, que tuvo que irse por su cruce con Daniel Passarella y volvió en 2014 ya con Rodolfo D´Onofrio como presidente. Su contrato concluía en el minuto noventa de la final y antes de subir a abrazar la Copa dijo: “Este es el mejor momento de mi carrera y se termina mi etapa en River”. El goleador puso fin a la incertidumbre sobre su futuro, porque se hablaba de una posible renovación del vínculo. “Este grupo es extraordinario, demostramos lo que podíamos dar y creo que de ahora en más va a seguir marcando una época importante en la historia del club, porque esto no termina con la Copa”, aseguró con el sentimiento a flor de piel.
¿Por qué no se queda a jugar el Mundial de Clubes?
Porque siempre dije que quería ganar este título, incluso en el pasado me fui de Mallorca a Porto Alegre y con Inter tampoco pude. De hecho, me lo remarca mi señora. Por suerte se dio en el club del cual soy hincha y cerramos un ciclo perfecto. Entonces, ya está. River me dio mucho. Hace bastante que decidí que acá terminaba mi ciclo, uno tiene que estar cien por ciento seguro cuando se inclina por algo así. Y la decisión está tomada.
¿Le da más valor a este título por todo lo que tuvo que sufrir con el descenso y las lesiones?
Me brindé al máximo con esta camiseta. Di todo lo que tenía, no tengo mucho más para ofrecer. Conseguí cada uno de los objetivos que me propuse. Fui uno de los pocos que vivieron todas las épocas. Las buenas del debut, lo peor con el descenso y lo mejor de todo ahora con la Libertadores. Fui goleador del torneo en 2002, estoy entre los máximos 10 del club y aparezco en las fotos más importantes de la historia de River. Pedir más sería demasiado ambicioso. Mi meta era la Libertadores, en cambio el Mundial de Clubes, la verdad, no me quita el sueño. Y otra cosa: me saqué la espina con Boca. Con Gallardo éramos los únicos que habíamos perdido en 2004.
Nadie imaginaba este escenario dos meses atrás, cuando se reunió con Enzo Francescoli para plantearle la posibilidad de dejar Núñez y buscar un nuevo rumbo porque sentía que no estaba entre las preferencias de Gallardo. Contaba con una oferta de la MLS de Estados Unidos y tenía los dos pies afuera. Sin embargo, el triunfo ante Cruzeiro en Belo Horizonte lo hizo cambiar de opinión. Si había que embarrarse para ayudar a River a volver a Primera, ¿cómo no iba a ir en la búsqueda del oro continental?
Decidió permanecer. Y si antes tenía por encima suyo a Teófilo Gutiérrez y Rodrigo Mora, ahora corría detrás de Lucas Alario. Y encima había llegado Javier Saviola, otro hijo dilecto de la cantera, producto del comienzo del Siglo XXI. La peleó El Torito. Jugó en el equipo alternativo y dejó su huella en las redes rivales. Le pegó cuatro gritos a Atlético de Rafaela y anotó en la victoria ante Colón. Hizo más goles que ningún otro atacante. Y se ganó su lugar en el partido decisivo ante la ausencia del uruguayo Mora. Y ganó la Copa. Por eso River le estará agradecido eternamente, donde quiera que decida seguir jugando.