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El zurdo de Arjona

El abridor de los Medias Blancas de Chicago se convirtió en el segundo lanzador nacional en ganar un juego de Grandes Ligas.

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Llegó al béisbol por equivocación, cuando todavía ignoraba su talento.

“Fútbol”, había respondido. Le pedían, en el IDRD de Barranquilla (hoy Secretaría de Recreación y Deportes), que escogiera una disciplina.

Pero no había cupos. Aconsejado por su madre, que le sugirió también basquetbol, decidió tomar béisbol.

“No me salí nunca más”, afirma.

Y no, el niño José Quintana no se salió nunca más.

Nacido en Arjona, municipio de Bolívar, Quintana se había traslado temprano a Barranquilla, a los cinco años. El equívoco inicial le permitió descubrir el béisbol y, posteriormente, ser descubierto.

El instructor Orlando Acosta, recientemente fallecido, vio sus cualidades y lo reclutó para el equipo Padres. Quintana cree que aquella etapa fue fundamental para su formación como beisbolista, en el sentido amplio del término.

Coincidiendo con su último año de colegio, Quintana pasó a la academia de los Astros de Houston, en Cartagena. Si en Barranquilla se formó como pelotero, en la capital de Bolívar lo hizo como lanzador. En esa medida, descubrir su posición fue el otro gran hallazgo.

“Con Guillermo Ramírez, empecé a enfocarme en buscar algo en el béisbol y como pitcher”, dice.

“No era que tuviera mucha fortaleza en el brazo”, aclara. “Pero tenía soltura, podía tomar velocidad. Eso les gustó. Empezaron a trabajar, comencé a ir al gimnasio, a correr mucho, para agarrar fuerza”.

En ese año, Quintana estudiaba y jugaba. Además, encontraba la vocación, afinaba un temperamento. Cuando los Astros le dijeron que querían firmarlo, pero apenas hasta junio del año siguiente, rechazó la oferta. La convicción era que iba a Cartagena por un año. Si no, regresaría a Barranquilla. Así lo hizo.

“Me vine con fines de estudiar”, rememora. “No para salir del béisbol. Iba a seguir buscando. Pero iba a empezar a estudiar. No iba a dejar que pasara el tiempo”. El lanzador entendía que, si el deporte no funcionaba, debía buscar otras opciones.

De vuelta en casa, los hermanos Rentería le dijeron que entrara a su academia. Instintivamente, no como un exceso de confianza pero sí como un gran pálpito, Quintana sabía que lo firmarían. Tuvo incluso varias ofertas: los Bravos de Atlanta, los Mets de Nueva York. Resolvió quedarse con la última opción, como al principio.

Los planes no marcharon como lo imaginó. Una gran razón fue su lesión en el brazo, de casi un año. “La manera como ellos me dejaron libre no fue muy buena”, recuerda Quintana. Era muy joven: 17 años, ilusiones. Infinitas ilusiones.

En Colombia, con los Caimanes de Barranquilla, fue novato del año en la temporada 2007-2008. El éxito le sirvió para tomar nuevas fuerzas, recomponer el camino y, en rigor, para que Luis Sierra lo firmara con los Yanquis de Nueva York.

República Dominicana es el primer paso para llegar a las Grandes Ligas. Apenas los pacientes perduran: cuartos grandes, compartidos entre ocho; aislamiento; aburrimiento; competir con alrededor de 60 peloteros, de dos equipos, por seis o siete cupos. “Vives en un complejo”, define Quintana. “Todo es concentración, estás alejado de la ciudad, en un monte, como en un convento”.

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Lo soportó todo muy bien, incluida la frustración de que, ya con visa, los Yanquis lo dejaran otro año en los campos de entrenamiento. Llegó a Estados Unidos en 2010, hizo un nombre como cerrador y lo enviaron a Charleston.

“El béisbol es el mismo”, reconoce. Sin embargo, rectifica: “Es más duro. Hay mejores jugadores. Y ya hay americanos. Y ganas menos que en Dominicana: pagas tu hotel, tu comida. Pero acá es donde uno quiere estar”.

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Tras una temporada en los Tampa Yanquis, el abridor quedó libre y fue firmado por los Medias Blancas de Chicago, una novena que le ofrecía presencia en la nómina de 40 jugadores. A partir de eso, tuvo un buen desempeño en el entrenamiento de primavera.

Quintana (23 años, amante del cutter: recta cortada) debutó en Grandes Ligas el pasado 7 de mayo, en la derrota frente a los Indios de Cleveland. No permitió carreras. Casi 20 días más tarde, las permitió, pero valió la pena: se convirtió en el segundo lanzador colombiano en ganar un juego en Grandes Ligas. El miércoles pasado, contra los Tampa Bay Rays, fue expulsado, luego de que el umpire lo acusara de lanzar bolas peligrosas.

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Desde luego, Quintana volverá a levantarse.

“Hay que trabajar más duro, más duro que siempre”. 

 

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