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Dentro de un mes, cuando se juegue la final de este mundial sudafricano que empezó el viernes pasado, habrá más gente haciendo lo mismo al mismo tiempo que nunca antes en la historia de la humanidad. Si a usted esto le parece una exageración o una licencia poética, tal vez no sepa que la final del mundial de 2006, transmitida por televisión, fue vista por tres mil millones de personas. En otras palabras: la mitad de la humanidad vio a Zidane darle un cabezazo a Materazzi. Pues bien, la final de Johannesburgo, según todas las predicciones, superará ese porcentaje. No se me ocurre ninguna actividad humana que genere ese grado de unanimidad salvo, quizás, las que involucran la supervivencia de la especie. Y el problema es precisamente ése: para algunos de nosotros, el mundial de fútbol involucra la supervivencia de la especie. El gran Bill Shankly, el entrenador leyenda del Liverpool, lo dijo mejor que nadie: “Hay gente que cree que el fútbol es una cuestión de vida o muerte. Yo lamento mucho esta actitud. El fútbol es mucho, mucho más importante”.
Pero trate usted de explicarle esto a los profanos. Así es: no se puede. Hay un océano de incomprensión entre quienes no cuentan la vida en años, sino en mundiales, y quienes sólo ven en el fútbol el grotesco espectáculo de veintidós salarios injustificables. Para los primeros, hay una forma de la felicidad que sólo aparece cada cuatro años. Juan Villoro dice que el aficionado al fútbol es, en sus peores momentos, un idiota con la boca abierta ante un sándwich y la cabeza llena de datos inservibles. Nadie ha podido nunca demostrar la utilidad de saber, por ejemplo, quién es el máximo goleador de los mundiales (Just Fontaine, que metió trece goles); quiénes metieron los goles la primera vez que Brasil quedó campeón (Vavá, Pelé y Zagalo); cuántos años tenía Pelé cuando jugó esa final (17; cumpliría 18 en octubre). Y esto para limitarnos al mundial de Suecia 58.
Léase bien: Suecia 58. No Suecia en 1958, ni tampoco Suecia, coma, 58. Un país y dos cifras es todo lo que los futboleros de verdad necesitan para entenderse. Esa combinación define al aficionado: uno habla de Brasil 50 y el nombre de Ghiggia flota en el aire; uno habla de Suiza 54 y está hablando de la selección húngara, de Ferenc Puskas y de Czíbor y de Kocsis; hablar de Alemania 74 es recordar el triunvirato de Beckenbauer, Breitner y Gerd Müller, y leer entre líneas el santo nombre de Johann Cruyff. Yo crecí con estos datos inútiles, así como crecí con nuestra particular mitología colombiana: el 4-4 contra la Unión Soviética en Arica, el gol olímpico de Marcos Coll, el hecho de habérselo marcado al mejor arquero del mundo: Lev Yashin, alias La araña negra.
Para alguien que no entiende los mundiales de fútbol, esta absurda danza de nostalgias y referencias carece de todo sentido, así como la idea misma de que el fútbol, prodigio de inmediatez, tenga un pasado. La expresión Historia del fútbol les parece una contradicción en los términos: el fútbol, para esta gente, es una molesta interrupción que sólo sucede en vivo y en directo. Y es precisamente por ello que no entienden los mundiales, donde la historia juega un papel determinante, y está tan presente en el campo como los jugadores. En los mundiales juega la tradición, un árbitro fantasma capaz de frustrar al mejor equipo. No de otra manera se entiende el misterioso caso holandés: la Naranja mecánica fue mejor equipo que Alemania durante el mundial del 74, pero perdió la final, y algo muy parecido sucedió cuatro años después, contra Argentina. Cuando los comentaristas deportivos hablan de jerarquía se refieren a eso: de Breitner a Beckenbauer, de Fillol a Kempes, los campeones tenían la tradición de su lado, aunque no lo supieran. Cruyff, capitán de los holandeses en el 74, era sólo el mejor jugador del mundo. Y eso —en los mundiales, por lo menos— no basta.
Lo que quiero decir es que en los mundiales de fútbol sucede más, mucho más, que lo meramente visible; los movimientos que se producen sobre el rectángulo verde son siempre una metáfora de otra cosa. De otra forma no se entiende que Alemania haya sido excluida del primer mundial de la posguerra (Brasil), o que el primer mundial europeo de esa posguerra se haya celebrado en el único país genuinamente neutral (Suiza). Que el fútbol haya sido prohibido en la China de la Revolución Cultural y en el Irán de la Revolución Islámica nos dice cosas importantes acerca de esas revoluciones, pero también acerca del poder del fútbol. El mundial es el más político de los eventos deportivos. Por suerte, nunca ha dejado de ser deportivo: cuando Inglaterra y Argentina iban a jugar en el 86, todo aficionado sabía que la Guerra de las Malvinas estaba presente, pero los fanáticos recordaban sobre todo el partido de 1966, que los argentinos llamaron “el robo del siglo” y que terminó con el puñetazo de Pastoriza al árbitro. De la mano (literalmente) de Maradona, Argentina consumó en 1986 una venganza deportiva; al mismo tiempo, exorcizó varios fantasmas políticos.
El primer mundial fue hace ochenta años. En este tiempo el deporte y lo que lo rodea se ha transformado de mil maneras: ya no se puede devolver el balón al arquero; ya no se puede ignorar que todo es un brutal negocio. Pero yo no puedo unirme al cinismo que ataca este mundial por considerar que la plata gastada se hubiera gastado mejor de otras maneras. El fútbol sigue siendo mucho más que la plata que se gasta en él. “Lo poco que sé de moral”, dijo famosamente Albert Camus, “lo aprendí en los campos de fútbol y en los escenarios de teatro”. Hace poco recordé esas palabras con el escritor Javier Marías, gran futbolero, y le pregunté si realmente el fútbol era una metáfora de la vida. “En el fútbol”, me dijo Marías, “hay azar, hay drama, existe lo inesperado y los vuelcos del destino; hay venganza (o deseo de revancha), hay tradición, hay generosidad y egoísmo, hay nobleza y vileza, hay soberbia y humildad, hay sentimiento de humillación y de hundimiento, hay éxtasis momentáneo (como todos los éxtasis). Y, claro está, hay destreza e inspiración, pero también buena y mala suerte. ¿Qué más se puede pedir?”.
*Escritor colombiano y columnista de El Espectador.