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En la historia de Soweto, el barrio más grande de Sudáfrica, se cruzan las balas y los balones. A comienzos de los noventa, mientras el régimen del apartheid daba sus últimos estertores en medio una guerra civil que enfrentó a las tribus Zulu y Xhosa por el poder político, que cada día estaba un paso más cerca de la población negra, los partidos de fútbol entre clubes locales solían ser interrumpidos por el fuego indiscriminado de francotiradores. Si jugaban los Zulus, disparaban los Xhosa, y viceversa, pero rara vez había muertos. Los jugadores y los espectadores se ocultaban, esperaban a que pasara la balacera y retomaban el juego, como si se tratara tan sólo de un incómodo aguacero.
El fútbol es el alma de Soweto, y Soweto es el corazón de la Sudáfrica negra. Este deporte es más que una entretención, es un sello de identidad. Un símbolo de resistencia. En Sudáfrica, los blancos juegan rugby o cricket. Los negros, fútbol. En Soweto hay más canchas de fútbol que parques. La mayoría, por supuesto, son improvisadas: los arcos no tienen malla y el suelo no es de pasto, sino de una tierra color naranja que, irónicamente, se parece al del oro en bruto por cuya codicia se diseñó este barrio.
Soweto es una amalgama de localidades creadas para albergar a los trabajadores que explotaban las minas de oro a las afueras de Johannesburgo. En 1963, durante el gobierno afrikáner que implementó el apartheid, Soweto recibió su nombre oficial: una abreviatura de SOuth WEstern TOwnships (barrios surorientales). Durante sus primeros años, muchos de los habitantes originales fueron llevados allí a la fuerza desde distintos rincones de Sudáfrica. Para estos inmigrantes sin remedio el gobierno construyó miles de casas tan insípidas que pronto fueron apodadas “cajitas de fósforos”. El resultado fue uno de los barrios más densamente poblados de África, donde se hablan nueve idiomas tribales y vive más de la tercera parte de los habitantes de Johannesburgo.
Según la física, toda fuerza de acción sobre un cuerpo tiene una fuerza de reacción de la misma magnitud en sentido opuesto. Soweto no es la excepción. La opresión produjo resistencia. El 16 de junio de 1976, unos 10.000 estudiantes de colegio se congregaron en el estadio de fútbol “Orlando”, en Soweto, para protestar contra una ley que acababa de aprobar el parlamento: en todos los colegios se tenía que enseñar afrikáner, que para los estudiantes negros era la lengua de los déspotas. La policía abrió fuego contra la manifestación pacífica y más de 500 personas fueron asesinadas. Pasado mañana, en plena Copa del Mundo, miles de televidentes a lo largo y ancho del planeta presenciarán la conmemoración de esta tragedia.
Pero Soweto es más que un valle de lágrimas. En 1990, a los pocos días de su liberación, Nelson Mandela sobrevoló en helicóptero el barrio donde vivió durante buena parte de su adultez, y el que varias veces ha descrito como “su refugio”. Aterrizó en medio del estadio de fútbol National Bank, donde estaban congregadas más de 100.000 personas, y dio su primer discurso luego de salir de prisión. Lo abrió con las palabras: “Hoy mi regreso a Soweto llena mi corazón de alegría”.
*Historiador y periodista, ha realizado varias investigaciones en Johannesburgo.