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Hay un ambiente raro, casi incómodo, en la definición de los dos últimos títulos del año en el fútbol colombiano. Mientras el viernes se jugó la primera final de la Liga BetPlay en Barranquilla, entre Junior y Tolima, al día siguiente, sábado, Atlético Nacional e Independiente Medellín ya estaban listos para disputar la primera final de la Copa.
Ambos torneos se definirán en cuestión de horas: martes la Liga, miércoles la Copa. Un cierre atropellado que vuelve a apretar el calendario y repite una escena conocida, muy similar a la que se vivió en 2024, cuando las definiciones de los dos torneos se amontonaron sin respiro ni contexto.
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— DIMAYOR (@Dimayor) December 13, 2025
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El problema no es solo logístico; es, sobre todo, narrativo. Tener dos finales al mismo tiempo resulta anticlimático y le hace un daño silencioso al producto. La final es el punto máximo de cualquier torneo, el momento que debería concentrar toda la atención, la conversación y la emoción del público. Aquí, en cambio, una final se pisa con la otra, se estorban entre sí. El fútbol colombiano se ve obligado a dividir su atención y, en el proceso, termina diluyendo la importancia de ambos campeonatos. No hay tiempo para saborear una definición cuando ya la siguiente está tocando la puerta.
La situación se vuelve aún más paradójica si se tiene en cuenta el peso de los equipos involucrados. Por tamaño de hinchadas, historia y carga simbólica, el clásico paisa entre Nacional y Medellín puede generar más ruido, conversación y sintonía que una final inédita entre Junior y Tolima.
— DIMAYOR (@Dimayor) December 14, 2025
Para la Dimayor sería un verdadero fiasco que su principal producto, la Liga BetPlay —el torneo que vende derechos de televisión, patrocinios y relato— termine eclipsado por su producto secundario: la antes llamada Copa Colombia. No porque la Copa no tenga valor, sino porque el orden natural del espectáculo queda por completo invertido.
Este tiro en el pie no es casual, sino la consecuencia directa de un problema estructural que el fútbol colombiano arrastra desde hace años: la incapacidad de sostener un calendario coherente. La Dimayor ha sido incapaz de organizar una programación que resista el paso de la temporada sin desbordarse. Los torneos internacionales, los aplazamientos por situaciones de orden público, los conciertos en los estadios y las decisiones improvisadas terminan por desordenar todo. La promesa inicial del calendario rara vez llega intacta a diciembre.
Antes del inicio del segundo semestre, El Espectador habló con Carlos Mario Zuluaga, presidente de la División Mayor del Fútbol Profesional Colombiano, quien aseguró que el calendario sería una de las prioridades de su mandato. La traslapación de finales no es un asunto nuevo; el año pasado, en diciembre, Atlético Nacional ganó Liga y Copa, un título detrás del otro, con apenas días de diferencia. En esa oportunidad, el calendario hizo imposible que fuera de otra forma.
“Hemos contratado un software especializado para que nos haga la programación teniendo en cuenta las fechas que tengamos competencias del Mundial, torneos Conmebol y otro tipo de competencias que tengamos programadas para evitar tanto aplazamiento”, le dijo Zuluaga a este diario, pero la promesa no se cumplió. Este año el calendario quedó incluso más apretado y, a diferencia de 2024, entre la final de Liga y la de Copa no habrá ni siquiera días de diferencia: será de un día para el otro.

El desgaste no termina ahí. El calendario del fútbol colombiano finalizará el 17 de diciembre y se reiniciará en menos de un mes. Una sobrecarga que ya se había evidenciado a mitad de año, cuando Santa Fe fue campeón del primer semestre el 29 de junio y apenas días después, el 11 de julio, ya estaba comenzando el segundo torneo. El fútbol colombiano vive en una carrera constante contra el reloj, sin lugar para las celebraciones, las pausas reales, la reflexión, el descanso ni la planificación deportiva.
La falta de ambiente de final ha acentuado las críticas, sobre todo porque este semestre debe definirse al campeón número 100 del fútbol profesional colombiano: un hito simbólico y una oportunidad narrativa única. Sin embargo, ese centenario terminará celebrando como último gran ganador a Nacional o Medellín, los finalistas de Copa, y no a Junior o Tolima, que levantarán la estrella de diciembre. La fiesta de la Liga quedará inevitablemente opacada al día siguiente. Dimayor no solo no potenció su producto: lo autosaboteó.
Las reacciones no se hicieron esperar. Desde la Asociación Colombiana de Futbolistas Profesionales (Acolfutpro) llegaron críticas durísimas, centradas en las garantías laborales y el descanso de los jugadores. En un comunicado, la Asociación denunció que la Dimayor ratificó su incumplimiento del acuerdo colectivo firmado en enero de 2025. Según Acolfutpro, este calendario sobrecargado desconoce lo pactado, golpea la salud física y mental de los futbolistas y reduce de manera impositiva el período de vacaciones y preparación, vulnerando normas básicas del Código Sustantivo del Trabajo y aumentando el riesgo de lesiones.
“A esto se suma que Colombia tiene el calendario de liga más cargado de Latinoamérica, con más partidos oficiales al año que cualquier otra liga de la región. Esta sobrecarga competitiva, lejos de fortalecer el espectáculo, pone en riesgo la integridad física y mental de los futbolistas y profundiza la vulneración de sus derechos”, indicó la Asociación.
La sobrecarga de partidos termina siendo absurda. Nacional, por ejemplo, que apenas llegó hasta los octavos de final de la Copa Libertadores, acumula este semestre, antes de la final de Copa, 36 partidos, los mismos que tiene Flamengo, campeón continental, que incluso terminará el año con un partido más por su participación en la Copa Intercontinental en Catar. La comparación deja en evidencia que el problema no es competir más, sino competir mal, sin una lógica que proteja el espectáculo ni a sus protagonistas.
La Dimayor es consciente de los factores externos que afectan su calendario: la escasez de infraestructura, los conciertos, las situaciones sociales del país y las competencias internacionales. Incluso cuando los equipos colombianos no llegan a las instancias finales, avanzar una o dos fases ya desacomoda todo. Este año ocurrió con Once Caldas, que llegó hasta los cuartos de final de la Copa Sudamericana y terminó desbaratando lo planeado. El problema es que estas contingencias no son excepciones: son parte del ecosistema y deberían estar contempladas.
Los dirigentes saben que el próximo año no podrán repetir este modelo. El Mundial obliga a que para el 11 de junio ya esté definido el campeón del primer semestre. Por eso, en la más reciente asamblea, se eliminaron los cuadrangulares y se reemplazaron por playoffs, además de suprimir la fecha de clásicos. Dos medidas pensadas para aligerar la programación. No obstante, los cuadrangulares volverán en el segundo semestre y, con las contingencias habituales del fútbol colombiano, no sería extraño que en diciembre, una vez más, en lugar de celebrar un campeón, estemos celebrando a dos al mismo tiempo. Y otra vez, sin tiempo para disfrutarlos.
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