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Millonarios y Santa Fe empataron 1-1 en El Campín. El resultado obliga a evitar el cliché de que no se hicieron daño, pues la igualdad los deja a los dos pésimamente parados para las últimas tres fechas del campeonato regular. Ambos llegaban urgidos de victoria y el punto no les sirve en una recta final muy apretada, con los punteros casi listos para la fiesta de los ocho, apenas tres cupos por definir y los colgados con presentes muy irregulares.
El partido tuvo ritmo por los dos lados. El que más propuso fue Millonarios. En la primera parte hizo retroceder a Santa Fe y lo instaló cerca de su área. Mantuvo la tendencia en el arranque del complemento y, de tanto insistir, el equipo embajador encontró premio: al 60, Sebastián Valencia conectó de primera un centro que cruzó el área y venció a Weimar Asprilla, que hasta ese momento era una de las figuras del juego.
Hasta ahí, el plan de Millonarios funcionaba. Había sido más agresivo, más claro y había encontrado el gol. El problema fue lo que vino después. Con la ventaja, el equipo bajó la intensidad. No sostuvo la presión, no administró el ritmo y dejó de atacar con decisión. Ese cambio de comportamiento es el eje del análisis: Millonarios pasó de controlar el partido a gestionarlo mal.
Y Santa Fe, sin ser superior en el desarrollo, encontró espacio en ese bajón. No necesitó demasiado volumen ofensivo para encontrar réditos y, al 76, Hugo Rodallega capitalizó una de esas situaciones para empatar el partido. Es un patrón repetido: cuando no hay respuesta es el goleador el que indica el camino. No importa cuántas veces lean esto. El problema es que el empate a Santa Fe también se le quedó corto.
En la soleada tarde en El Campín, lo que vimos fue un “harakiri”, el ritual japonés de suicidio (el “seppuku”, la despedida del samurái). Millonarios tenía el partido donde lo quería y se lo quitó solo por una secuencia de decisiones: retroceder, ceder la iniciativa y no cerrar el juego cuando podía. A eso se suma la expulsión de Rodrigo Contreras en el cierre, que terminó de limitar cualquier reacción. Santa Fe, por su parte, rescató un punto, sí, pero no mejoró su presente. Todo lo contrario.
En la tabla, el daño es evidente. Millonarios, con 22 puntos, sigue en la pelea, pero quedó obligado a ganar prácticamente todo. Este era el partido para tomar aire y no lo hizo. Santa Fe, con 21, está peor. Incluso haciendo nueve puntos, su margen sigue siendo estrecho.
El calendario también juega. Santa Fe tiene, en teoría, un camino más accesible (Cúcuta e Inter de Bogotá), aunque también visita a uno de los punteros (Pasto). Millonarios, en cambio, enfrentará rivales directos, como América y Tolima. Al último partido con Alianza podría llegar ya eliminado.
A todo eso se suma la competencia internacional. Ambos empezaron mal y están obligados a corregir. Con planteles cortos y rendimientos irregulares, la carga se multiplica. Por eso este empate no es neutro. Es un punto que no suma y un partido que expone un problema común: cuando llegó el momento de dar un golpe, ninguno lo dio. Y en la carrera por llegar a los ocho parece que ninguno de los dos lo va a lograr.

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