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María Paz Mora Silva, una niña de 10 años, volvía a casa en compañía de sus padres, Álvaro Mora Ríos y María Fernanda Silva Sánchez. Lo que parecía un viaje rutinario en el carro de siempre, por las calles de siempre y con la emisora de radio de siempre, se convirtió en un punto de inflexión en sus vidas y en la historia del fútbol femenino en Colombia. Al teléfono de María Fernanda Silva llamó un representante de Dinhos, club de formación de Bogotá con el que María Paz jugaba el torneo Pony Fútbol, el torneo infantil más importante del país. Ese de donde emergieron figuras como James Rodríguez y Juan Fernando Quintero. “Nos acaban de descalificar por culpa de María Paz”, fue lo que escuchó la mamá de la jugadora.
Los padres se dirigieron a la oficina de la Liga de Fútbol de Bogotá, entidad ante la que se hizo la inscripción de María Paz. Allí, los encargados les dieron decenas de razones que, según ellos, explicaban la descalificación de Dinhos del Pony Fútbol. Para cada una de estas causas, tanto María Fernanda como Álvaro presentaron documentos y evidencia que demostraban que no había nada irregular en la participación del equipo y mucho menos en la de su hija. Sin embargo, en ese momento apareció el detonante de lo que un año después se convertiría en noticia nacional. Los lineamientos no establecían claramente que no se permitía la participación de equipos mixtos, pero aun así los organizadores insistieron en que no dejarían que una niña juegue con niños en su torneo. Una situación que no dejó con más alternativas a los padres de la pequeña que interponer una demanda, pero no en nombre del equipo del que era parte, ni tampoco ante el Pony Fútbol, sino ante la justicia ordinaria. Para este punto, tanto los padres de familia, compañeros y club ya se habían “bajado del bus”, como dice María Fernanda. “Nos decían: ‘Esta pelea es de ustedes contra ellos, no nuestra’”.
Así pasó un año, hasta que la Corte Constitucional tomó la tutela y falló a favor de María Paz por violar su derecho fundamental a recrearse. Este organismo gubernamental obligó al Pony Fútbol a disculparse públicamente con la jugadora y sus padres, algo que nunca ocurrió, y reintegrar a Dinhos al torneo. No obstante, para ese entonces la futbolista ya era parte de otra escuela de fútbol, y las cosas con Dinhos no habían terminado como ella hubiera querido. “Sentí culpa y me sentí incómoda, porque por el simple hecho de ser mujer me habían descalificado a mí y a mis amigos de un torneo por el que trabajamos mucho”, dice la futbolista que hoy está cercana a cumplir 18 años, es del plantel sub-20 de Fortaleza y se prepara todos los días, cada mañana y un entrenamiento a la vez para estudiar y jugar con una universidad en Estados Unidos.

“Empecé como delantera a los cuatro años, pero hoy soy arquera, y aunque en mi colegio la tradición era que los niños fueran jugadores y las niñas porristas, a mí nunca me gustó esa idea. Quería jugar fútbol, ser la capitana y hacer muchos goles, no ser porrista”, explica María Paz. Una determinación que resume muy bien, porque sus padres lucharon tanto por defenderla, no solo ante lo que para ellos era una injusticia a todas luces, sino por reivindicar el valor que tiene ser una futbolista. “Ser una niña que juega fútbol no puede ser un problema”, sentencia María Fernanda Silva.
Una convicción que complementa muy bien Álvaro Mora. “Le decía a mi esposa: ‘Protejamos a María Paz de tantos dedos que la señalan’, porque más allá de que ella se dedicara o no al fútbol, eso era algo que no sabíamos a los 10 años, junto a María Fernanda teníamos la obligación de defenderla jurídicamente“. Y aunque la victoria frente a los tribunales llegó, para el padre, el verdadero triunfo estuvo en las simples, pero poderosas palabras de la jugadora. “Gracias papás por defenderme”, les dijo la niña. Ya no se trataba de fútbol, era algo más grande, más importante. Era la defensa de un par de padres por la vida de su hija, sus derechos y su legítimo deseo de jugar al fútbol siendo mujer. “Junto a María Fernanda tuvimos claro que así hubiéramos perdido ante la Corte Constitucional, esas palabras eran nuestra mayor victoria. Con eso, nosotros ya habíamos ganado”, reflexiona Álvaro.
María Paz concluye que tantos esfuerzos, tantos caminos recorridos han valido la pena. El fútbol no es solo su vida, es la oportunidad que ha tenido para seguir sueños, estén o no en un rectángulo de césped. Una opción de vida que ha complementado muy bien con los estudios y su rutina, que cada vez se parece más a la de una deportista profesional, renunciando a salidas con su novio, con su familia y hasta a fiestas con sus amigos y amigas. “Siempre sentí el apoyo de mis papás. Ellos siempre me dijeron y me hicieron sentir que ser una niña que juega fútbol no era un problema”.
“Pequeñas acciones pueden ponerles alas a los sueños de nuestros hijos. Nosotros pudimos dejar eso así, no luchar, pero estábamos tan convencidos de que estábamos obrando bien, que seguimos adelante”, finaliza el papá. No solo es por María Paz, sino por cualquier niña que desee ponerse un par de guayos, perseguir un balón y sus sueños.

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