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En La sociedad del cansancio (2010), el filósofo surcoreano Byung-Chul Han denunció que vivimos en la era del rendimiento. Se refirió a que ya no obedecemos órdenes externas, sino que nos exigimos hasta el agotamiento en nombre de lo que creemos que nos llevará a la realización. El fútbol es hoy una muestra perfecta de ese paradigma.
Lo que alguna vez fue un espacio de juego se ha convertido en una maquinaria que no descansa: temporadas extendidas, torneos inflados y giras infinitas que aumentan las ganancias, pero reducen la calidad del descanso y la salud de los deportistas. Parafraseando a Han, el fútbol se explota a sí mismo creyendo que se está realizando.
“Somos como aquel esclavo que le arrebata el látigo a su amo y se azota, creyendo que así se libera. Eso es un espejismo de libertad. La autoexplotación es mucho más eficaz que ser explotado por otros, porque suscita esa engañosa sensación de libertad”, comentó Han hace un par de semanas al ser galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.
Byung-Chul Han, filósofo, premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025: “La ilimitada libertad individual que nos propone el neoliberalismo no es más que una ilusión. Ya no vivimos en una sociedad disciplinaria, donde todo se regula mediante prohibiciones y… pic.twitter.com/ja1RyAQqlX
— Roberto Parrottino (@rparrottino) November 4, 2025
En el fútbol actual, el cuerpo técnico y los futbolistas son tanto víctimas del calendario como partícipes de su perpetuación: aceptan la carga porque el éxito y la competitividad se han vuelto sinónimos de valor personal. Esa lógica de rendimiento termina por agotar incluso a quienes parecen inagotables.
Jürgen Klopp, entrenador alemán que lo ganó todo con Liverpool, encarna esa paradoja: después de nueve temporadas, el cansancio lo obligó a detenerse. “Sobrevaloré mis niveles de energía y pensaba que eran ilimitados. Siempre lo habían sido, pero ya no”, explicó al anunciar su salida, en enero de 2024.
Para Han, el “hombre depresivo” es aquel trabajador que “se explota a sí mismo, a saber: voluntariamente, sin coacción externa. Él es, al mismo tiempo, verdugo y víctima”. Klopp, quien sigue ligado al fútbol, se dio cuenta con el tiempo de los efectos que tuvo en su vida el no ver más allá del rendimiento y reconoció que no le hace tanta falta entrenar.
“Durante casi 25 años, fui dos veces a una boda: una fue la mía y la otra fue hace dos meses. En 25 años he ido cuatro veces al cine, todas en las últimas ocho semanas. Ahora es agradable poder hacerlo. Estuve en muchos países como entrenador y no vi nada de ellos, solo el hotel, el estadio o el campo de entrenamiento”.
Nos centramos tanto en ser eficientes que, de manera consciente o no, nos explotamos hasta que no podemos más, se trata de un burnout al que todos los trabajadores estamos expuestos. Los jugadores y entrenadores, sobre todo los que están en esa burbuja que es la élite, no escapan de esas dinámicas.
“En esta sociedad de obligación, cada cual lleva consigo su campo de trabajos forzados”, comenta Han, aludiendo a que la productividad con la que somos medidos va más allá de una jornada explícita en funciones. En el caso de los futbolistas no se limita a los partidos y los entrenamientos, sigue en el avión, el gimnasio, la recuperación, las giras y los eventos mediáticos, entre otros espacios.
Los contratos de televisión y el mercadeo hicieron que una mayor cantidad de torneos y partidos se tradujera en más ingresos, por ende, mayor productividad. Los dirigentes han celebrado esos cambios, pero los sindicatos de jugadores no lo han visto con los mismos ojos, pues los calendarios apretados perjudican sus tiempos de recuperación y descanso, lo que los pone en mayor riesgo de sufrir lesiones.

Colombia, donde cualquiera que clasifique a cuadrangulares puede ser campeón, no es ajena a esa dinámica y su formato, que prioriza el espectáculo y el dramatismo, es un espejo de esa situación.
“No hay descanso para los mejores jugadores del mundo. La FIFA se olvida de ellos; nadie piensa en su bienestar”, comentó Klopp criticando un calendario cada vez más apretado. Y es que cada vez hay más partidos. La Libertadores cambió de formato en 2017 y pasó de 138 partidos a 156. La de este año tiene 154. En la Liga de Campeones el cambio fue más drástico. En la temporada 2024-2025 pasó de tener 125 juegos a 189 con la introducción de más equipos, una fase de liga que reemplazó la fase de grupos y unos play-offs que antes no existían entre la primera ronda y los octavos de final.
El Mundial de Clubes estrenó formato este año e involucró por primera vez a 32 equipos. Lo que era un torneo de semana y media ahora es uno de un mes de duración que se juega cada cuatro años. La FIFA, incluso, contempla hacerlo cada dos y el torneo que reunía a los campeones de cada continente se sigue jugando, aunque ahora bajo el nombre de Copa Intercontinental.

Al respecto se pronunció el exfutbolista Thierry Henry, campeón del mundo con Francia en 1998: “Como aficionado, estoy cansado. No vi el Mundial de Clubes (…) Es demasiado. En algún momento necesito un respiro. Me encanta el fútbol, pero, vamos, demasiado es demasiado”.
“¿Qué jugador en Suramérica no va a someterse a semejante rigor, porque tiene la oportunidad de ser visto o tener una vitrina para su transferencia?”, reflexiona Carlos González Puche, director ejecutivo de la Asociación de Futbolistas Profesionales en Colombia (Acolfutpro). “Creo que la tendencia va a que se haga una racionalidad, pero mientras el fútbol siga generando los recursos que genera, es difícil que cambie pronto. Además, los jugadores no van a desaprovechar esas plataformas, sobre todo porque saben que si se niegan a jugar siempre habrá otro haciendo fila por su puesto”, agregó,
Y si hablamos de selecciones, el año entrante la cita orbital tendrá más partidos que nunca: Catar 2022 tuvo 64 cotejos en, mientras que el de Estados Unidos, México y Canadá 2026 tendrá 106, lo que representa un crecimiento del 65,63 % en el número de partidos.
Por un lado, hay mayor rentabilidad; por lo tanto, se exige un mayor rendimiento, pero por el otro también hay mayor desgaste. Henry criticaba que durante su carrera, cuando la carga de partidos era menor a la actual, era normal que los jugadores no tuvieran tiempo de preparar un torneo en óptimas condiciones. “He estado en esa situación, quizá no en la cantidad de partidos que esos chicos están alcanzando ahora. Solía llegar a los torneos muerto, mental y físicamente”.
“Para mí, es bastante simple. No se trata de quejarse, ni de decir que los jugadores ganan demasiado dinero ni de debatir. Se trata de tener una conversación informativa con el sindicato de jugadores, una conversación seria”, aseguró Henry.
Y pues cada tanto hay un punto en el que los jugadores se unen y logran cambios. Por ejemplo, en España, LaLiga había organizado un partido entre Villarreal y Barcelona que se iba a llevar a cabo en Miami (EE. UU.), pero los jugadores, incluso los de los equipos involucrados, protestaron y lograron que el proyecto se cayera.
En Colombia, la sobrecarga no se disfraza con estadios llenos ni contratos multimillonarios, pero se siente igual. La Liga BetPlay, sobre todo en las fases finales, condensa partidos. Un equipo que clasifique a los cuadrangulares en ambos semestres habrá jugado al menos 56 partidos al año, apenas uno menos que los disputados por equipos como Real Madrid, Liverpool y Manchester City en 2024, sumando todas las competencias.
Acá, los viajes por carretera, las canchas en mal estado y la falta de certezas en los calendarios catalizan el desgaste físico y mental. A esa saturación se suma la improvisación. Mientras en ligas como las de Italia e Inglaterra los equipos conocen sus horarios con meses de antelación, en Colombia la Dimayor arma la agenda con una o dos semanas de margen.
“Lo que uno reclama es que no se está teniendo en cuenta el descanso del jugador. Un jugador en un avión no se está recuperando. Súmele que en Colombia, usted juega miércoles y domingo”, destaca González Puche. Un reflejo de esa situación es que Santa Fe y Medellín, finalistas del torneo apertura, apenas tuvieron dos semanas de descanso antes de encarar el clausura.
Los planteles viven en una logística de emergencia permanente. Es una forma de cansancio menos visible, pero igual de corrosiva: la del desorden que impide planear, descansar y competir con dignidad. La discusión sobre el bienestar de los jugadores no es un lujo ni un capricho sindical, sino una necesidad urgente para proteger a los protagonistas del juego.
Los jugadores, los técnicos y hasta los aficionados viven en esa rueda que gira sin cesar, convencidos de que el movimiento constante es sinónimo de éxito. Pero, como afirmaba Han, el exceso de positividad —entendida como exceso o sobreabundancia de estímulos— termina agotando todo lo que toca, incluso la pasión.
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