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Todos sabían que algo pasaba, pero nadie preguntaba qué podía ser. A Miguel Ángel Russo se le veía disminuido, con su piel pigmentada, su cuerpo más delgado y su rostro reflejaba que estaba resistiendo a un padecimiento que parecía costarle, pero no lo suficiente como para no seguir en el banquillo dirigiendo una final.
Era el 17 de diciembre de 2017. Casi exactamente un año atrás había llegado a Millonarios con el propósito de sacar al equipo azul de una racha negativa que muchos temían que se extendiera nuevamente a través de los años. Con el sello distintivo de pundonor que imprimen los argentinos, el estratega nacido en Lanús en 1956 había logrado construir ese año un equipo de obreros, más que de magos. “Lo único que prometo es trabajo”, dijo en su llegada en diciembre de 2016.
En el primer semestre de 2017 estuvo cerca de llegar a una final. Se quedó por fuera de manera agónica en su visita a Nacional, en Medellín. Andrés Cadavid, el capitán del equipo de Russo, habló ante las cámaras asegurando que la frustración era colectiva y que había mucha hambre de quedar campeones con esa camiseta.
Hay dos formas de afrontar la derrota: una es dejándose gobernar por la pérdida, aceptando que sucedió y tomarse el tiempo de replantear las cosas y volver a empezar. La otra es encararla con gallardía y sacar fuerzas de donde no las hay para revertir la sensación y buscar la revancha. Russo convenció a los suyos de la segunda. Pocas cosas con tanto combustible como el orgullo herido.
No era un equipo vistoso, pero sí comprometido, aplicado y responsable, tres virtudes que el argentino aprendió desde pequeño al encargarse de sus hermanos y al crecer también en la escuela de Estudiantes de La Plata, escuadra en la que debutó en 1975 y en la que se retiró en 1988 con más de 400 partidos, 11 goles y dos títulos: el Metropolitano 1982 y Nacional de 1983. Hizo parte de una nómina que contó con referentes como Marcelo Trobbiani o Alejandro Sabella.
Millonarios se clasificó a los cuartos de final al alcanzar el cuarto puesto con 36 puntos. En esa fase se enfrentó a Equidad logrando avanzar con un resultado global de 3-2; luego enfrentó a América en las semifinales y obtuvo su paso a la final con un global de 2-1, resultado que logró en su visita a Cali. La final sería histórica con un clásico capitalino como marco para definir la estrella decembrina de 2017.
Santa Fe había ganado los dos clásicos de la fase regular y llegaba como favorito tras los antecedentes recientes y los años gloriosos que estaba viviendo. Millonarios buscaba su revancha y nuevamente la historia lo posicionaba ante un capítulo que podía devolverle algo de memoria de aquellos años a blanco y negro en los que la jerarquía era una de sus características o recordarles que precisamente eso ya era parte de un pasado que no había vuelto.
El partido de ida, con Millonarios de local, quedó 1-0 a favor de los azules con un gol del uruguayo Matías de los Santos. El juego de vuelta, con un estadio teñido de rojo, fue vertiginoso, no apto para corazones débiles. Santa Fe igualó rápidamente la serie y tuvo incluso varias opciones de aumentar y seguir derecho en el marcador.
Millonarios, lejos de jugar mejor y de ser superior, acudió a la hombría y con más ganas que otra cosa logró ser más grande que sus carencias. En la segunda parte se fue nuevamente arriba en el marcador con un tanto de Andrés Cadavid en un tiro de esquina. Santa Fe volvió a poner todo en tablas sobre el minuto 82. Y mientras parecía que el León se venía encima y que el estadio se caía con el peso de una moral que se levantaba, con algo de suerte le quedó un balón flotando a Henry Rojas, volante embajador, que empalmó de volea y logró inflar la red del arco norte, el que por tradición se asocia más a los azules. Ese minuto 85 quedó inmortalizado.
Una confusa señal de Wilmar Roldán -cuestionado por una falta que pudo ser penalti a favor de Santa Fe y cambiar el rumbo de la historia- al finalizar el partido hizo pensar a varios que el partido había terminado, uno de ellos fue el mismo Miguel Ángel Russo, que salió dando brincos y levantando los brazos hacia la mitad de la cancha. La final no se había acabado. El argentino se devolvió quejándose porque consideraba que el tiempo estaba cumplido. No se les podía escapar nuevamente la gloria como si fueran granos de arena que se escurren entre los dedos.
A los pocos segundos el partido terminó. Ya Russo no salió saltando de alegría. Muchos se fueron a abrazarlo. Él simplemente descansó. El día anterior había estado en quimioterapia. En medio de toda esta historia, el estratega campeón de la Copa Libertadores con Boca Juniors en 2007, estaba luchando contra un cáncer en su vejiga.
Hugo Gottardi, que era uno de los ídolos de Santa Fe, hacía parte del cuerpo técnico de Russo con ese Millonarios. Así recordó él esos meses: “Él no hablaba de su enfermedad con el plantel, pero sí lo hablaba con nosotros, que éramos los allegados. El cuerpo médico y el cuerpo técnico estábamos muy metidos en todo lo que le pasara. Antes de que él se hiciera los estudios, un día estábamos jugando al golf y me dice, ‘tengo algo porque orino sangre’, y ahí fue cuando saltó todo lo que le pasaba. Es más, a Miguel le dicen que tiene cáncer el día de mi cumpleaños, un 31 de julio y así fue como llevó ese campeonato, todo el segundo semestre estuvo en tratamientos y con el grupo. No fue fácil, todo fue muy duro. Es cierto que nosotros no éramos los que estábamos enfermos, era él, pero la vivimos de una manera dura, con angustia tremenda porque el que estaba enfermo era nuestro amigo”.
Incluso, un mes después, ese mismo Millonarios de más huevos que fútbol, le ganó el título de la Superliga a Nacional, en Medellín, en el mismo lugar donde un año se vio eliminado frente a uno de sus archirrivales. En ese título no estaba Russo, pues estaba encarando una parte decisiva de su tratamiento. El mismo Gottardi, en la celebración, dijo que todo eso había sido posible por él, que esos títulos eran de él y para él.
Unas semanas después, todavía demacrado por los altos esfuerzos que debe hacer el cuerpo para resistir una quimioterapia, Russo volvió a Bogotá. En una rueda de prensa que quedó marcada en los hinchas de Millonarios, el argentino agradeció a los médicos, a Millonarios, a los seguidores del club y, por supuesto, a su familia por el apoyo. “Todo se cura con amor”, con la voz quebrada y unas lágrimas que no salieron, pero que se asomaron en sus ojos, Russo dejó una de las frases que se convertiría en estampa para los momentos difíciles en la institución.
Russo se fue en noviembre de 2018 de Colombia. Dirigió a Alianza Lima y a Cerro Porteño antes de volver en 2020 a su querido Boca Juniors. Allí volvió a salir campeón, no de la Copa Libertadores, pero sí de la Superliga. Tras superar la pandemia, dirigió al Al-Nassr por un año y en diciembre de 2022 retornó a Argentina para dirigir a Rosario Central, equipo que sacó campeón en la Copa de la Liga Profesional. En 2024 pasó a San Lorenzo y este año, una vez más, lastimosamente la última, volvió a Boca.
Además de Rosario y Boca, Russo, en su país, logró los ascensos de Lanús en 1992, de Estudiantes en 1995 y del mismo Rosario en 2012. También logró salir campeón con Vélez en el Clausura 2005. Fuera de su país solo obtuvo los dos títulos mencionados con Millonarios.
El mismo Russo lo ha dicho varias veces: la compañía de la familia y los amigos lo mantuvieron siempre en pie, y el fútbol le dio siempre un sentido de la vida tal que a pesar de los quebrantos de salud, estos no superaban el deseo y la responsabilidad de estar al frente de un banquillo intentando obtener con trabajo y disciplina los sueños de él y de los hinchas que lo respaldaron y lo engrandecieron por el amor que tanto profesó por donde pasó.
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