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Roberto Andrés Ovelar Maldonado sabe ordeñar, sembrar y cosechar. De hecho, la actividad rural es su segunda pasión. La primera es el fútbol. Lo lleva en la sangre desde que nació en Curuguaty (Paraguay). “Desde muy pequeño, mi cabeza siempre estuvo puesta en el balón”. Nunca abandonó al sagrado objeto redondo. Lo siguió pateando cuando a los 13 años tuvo que abandonar su lugar de origen para buscar nuevas oportunidades con su familia en la ciudad fronteriza Presidente Franco, donde su papá se dedicó a la carpintería y su mamá a las labores del hogar. “Hoy en día, nuevamente, mis padres han vuelto al trabajo de campo. Eso es lo que a ellos les apasiona y los mantiene activos todos los días”, le cuenta con alegría a El Espectador.
A pesar de su complicada infancia, no dejó de mantener la cabeza levantada, afuera y adentro de las canchas. Comenzó como volante central y sus ojos no dejaban de observar el balón, sus pies no cesaban de buscar la mejor opción y sus condiciones no paraban de gritarle que debía estar más cerca del arco. El humilde paraguayo al que no le iba bien en el estudio les hizo caso. Empezó a anotar, a celebrar, a ser de los pocos privilegiados que continuamente experimentan la sensación más hermosa: la que llega un instante después de que la pelota cruza la línea de gol. Con la motivación de festejar y festejar fue contratado por uno de los clubes más importantes de su país, Cerro Porteño, gracias a la aprobación de Gustavo Costas. (Jorge Luis Pinto: “A quien no le gusta trabajar sufre conmigo”)
Fue campeón del torneo guaraní de primera división y con 22 años partió al balompié del exterior. Hace 11 años salió de Paraguay y solo vuelve en vacaciones para disfrutar de las labores del campo junto a sus padres, a los cuales se refiere con emoción y los llama más temprano de lo habitual cada vez que cumplen años. En la finca de ellos se pone una pantaloneta cualquiera, unas chanclas y, acompañado por su sonrisa, transita por caminos arenosos y de piedras mientras consiente a los animales y su madre lo observa colmada de amor. Don Leonardo Ovelar, con su sombrero hecho de las fibras de las hojas del árbol de caranday, planta nativa de Paraguay y algunas partes de Argentina, acompaña a su hijo Roberto y por dentro el pecho le ruge de orgullo.
“Mis goles son siempre para mi familia, que está siempre conmigo en las buenas y en las no tan buenas”, expresa el más conocido de los Ovelar, el Búfalo, el que con la fuerza de un bóvido superó la partida de un angelito que lo acompañó tres meses y que se fue a causa de un problema cardíaco. Él sigue en su mente; en su vida diaria, su esposa y sus dos hijas. Con su amada vivió en Perú, donde jugó con Universidad San Martín de Porres, Alianza Lima y Juan Aurich; en México, en donde no triunfó con el Cruz Azul; en Chile, país en el que vistió la camiseta de Universidad Católica, y ahora en Colombia. Hace cinco años arribó al Júnior de Barranquilla. Allí convirtió 44 goles en 147 partidos y demostró ser un delantero que, además del gol, en su cabeza tiene los conceptos de participación en el juego, de creación de espacios, de generación de acciones ofensivas. Con dichas cualidades llegó a Millonarios.
En diciembre de 2017 se confirmó su fichaje por el club bogotano. Un mes y medio después consiguió el que hasta ahora es su único título con la camiseta albiazul, el de la Superliga. Fue figura con un doblete en el estadio Atanasio Girardot. El segundo tanto fue una composición memorable. Recibió la pelota adelante del círculo central, elevó su mirada, calculó y la puso por encima del entonces arquero de Atlético Nacional, el argentino Fernando Monetti. Este sábado, que se vuelven a enfrentar dos de los equipos más grandes del país, es imposible no recordar aquella obra. En El Campín, Ovelar buscará una tarde-noche tan mágica como la que tuvo frente al Unión Magdalena hace semana y media, cuando anotó su primer triplete en el fútbol colombiano. Intentará no desviarse del sendero que lo guía hacia una de sus metas: la estrella con Millonarios.
Roberto está encantado con Bogotá y su clima, y quiere aumentar su felicidad levantando un trofeo en la capital. Sueña con ampliar el registro de los días más importantes de su existencia, el cual siempre estará encabezado por las fechas del nacimiento de sus hijas. Quiere celebrar una nueva conquista comiendo cerdo o gallina, sus alimentos favoritos, porque son de su adorado campo. Su objetivo a largo plazo es mantenerse en el deporte y poner en práctica las enseñanzas de Freddy Rincón, asistente técnico de Millonarios, a quien considera un “muy buen estratega y, sobre todo, muy buena persona”.
Ronaldo, el Fenómeno, también está en los pensamientos de Ovelar. Es su ídolo, pero no se olvida de José Saturnino Cardozo y Roberto Toro Acuña. El Búfalo construye su propio legado, mientras cumple con el compromiso y el sacrificio que le pide Jorge Luis Pinto, de quien reconoce que es un entrenador que prepara cada partido de la mejor manera con un análisis detallado del rival.
Roberto Andrés es un hombre que pregona el respeto y lo considera “lo principal para una buena convivencia”. Es un futbolista en cuya memoria no se pierden las jornadas de vender banano y lotería, de sembrar algodón, tomate y yuca. Apunta hacia la portería y a retornar a sus días campestres, los más felices.