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Mauricio Molina era muy joven cuando entendió qué significaba ser hincha del Deportivo Independiente Medellín. En la casa de su abuelo, todos los años, se prendía una vela con la misma promesa: “¡Este año sí!”. Su papá lo llevaba al estadio desde que era un niño y ahí forjó el amor incondicional que nació de la frustración de cada campeonato perdido. “Yo crecí envuelto en eso”, recuerda. La esperanza renacía en cada arranque de campeonato y moría, invariablemente, cuando al final llegaban las decepciones: “¡Este año tampoco!”. Sin embargo, en 2002, Mao Molina rompió el maleficio, cuando metió el gol que terminó con los 45 años de espera del DIM. Cumplió el sueño de su niñez y festejó con su abuelo y su papá el anhelo alcanzado que lo convirtió en ídolo eterno.
El de 2002 fue el tercer título del DIM, que este domingo, frente a su gente en el Atanasio Girardot, sueña con la séptima estrella. Mao ha estado cerca, como cada semestre. Vivió desde la tribuna la clasificación a la final, tras la victoria agónica contra Tolima: “El gol de Medellín fue una euforia. Se sentía una emoción distinta. Terminé celebrando con un montón de gente que ni conocía, estábamos todos en la misma sintonía. La ciudad está metida y está vibrando con esta final”.
Hoy, el equipo dirigido por Alejandro Restrepo llega con un rendimiento que ilusiona. Los antioqueños fueron los mejores de los cuadrangulares, con 14 puntos de 18 posibles, y eliminando a América de Cali, líder de la fase regular. Este semestre han disputado 27 partidos, con 12 victorias, 11 empates y solo cuatro derrotas, anotando 28 goles y recibiendo 15. A la final llegaron con méritos, una idea clara de juego y una estructura sólida.
“No me parece que en este equipo uno pueda analizar rendimientos individuales sino, más bien, destacar el trabajo colectivo. Este cuerpo técnico, que ya acumula tiempo de trabajo, consiguió consolidar una idea de juego y todo el grupo de jugadores trabajan por cumplir ese objetivo. Colectivamente, lo han hecho supremamente bien”, explicó.
Si alguien sabe lo que es ser campeón en Medellín, ese es Mao Molina. Es el símbolo de una generación que, tras casi medio siglo, volvió a celebrar. Después, el antioqueño volvería en 2016, ya maduro, para sumar otra estrella al escudo del Poderoso. No solo estuvo en el título icónico de 2002, fue el referente de la victoria más reciente del DIM. Desde entonces, el rojo de la montaña no ha vuelto a quedar campeón y acumula tres derrotas en las finales de 2018, 2022 y 2023.
La carrera profesional de Molina empezó en Envigado, club en el deslumbró siendo muy joven. Tuvo un breve paso por Santa Fe, el rival que este domingo retará al DIM, y estuvo en la selección de Colombia que ganó la Copa América 2001. Llegó a Medellín para hacer historia y después armó una carrera internacional que lo llevó a México, Emiratos Árabes, Argentina, Paraguay, Serbia, Brasil y Corea del Sur. Y en medio de todo ese periplo, nunca se olvidó del equipo de su corazón.
“Medellín me regaló mucho. Ese gol de la final de 2002 contra Pasto me cambió la vida. Este equipo me dio la oportunidad de mostrar mi mejor versión. Ser parte de la historia de este club es algo que me llena de orgullo”, confesó. Su vínculo con el DIM no es solo profesional: es afectivo, simbólico e íntimo. Por eso, entiende el sentimiento del hincha. Sabe lo que significaría la victoria y espera, como todos los aficionados poderosos, que “la mala racha de los últimos años se acabe ya”.
Del otro lado del campo está Santa Fe, que llegó sin tanto ruido a los cuadrangulares, pero que ha mostrado jerarquía en los momentos claves según el ídolo antioqueño. Tal vez, antes de que arrancaran las finales para muchos la estrella no se pelearía entre el Poderoso y el León. No obstante, fueron los dos mejores del último tramo. El duelo es parejo. Ya quedó demostrado en la ida. “Santa Fe tiene jerarquía y eso se nota. La final es abierta. Un detalle cambia todo”.
Este domingo, en el Atanasio, el DIM y Santa Fe decidirán al nuevo campeón. En Bogotá y en la capital antioqueña los hinchas sueñan. No obstante, en Medellín, Mao Molina dice que la esperanza es distinta. “El que es hincha de este equipo sabe lo que es sufrir”. Las banderas ya están listas, los bombos ensayados y las calles están pintadas de rojo y azul. En cada cuadra, la gente se aferra a esa frase que alguna que recuerda las promesas incumplidas, pero que hoy vuelve a tener sentido: “Este año sí”. En noches como esta, la historia se puede romper. Porque a veces basta un gol —como el de Mao en 2002— para borrar décadas de frustración.
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