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Con la misma franqueza con la que les dice las cosas a sus jugadores, Nelson Gallego reconoce que como futbolista pudo haber llegado más lejos. Que quizá le faltó confianza en una época en la que los delanteros de área tenían que ser hombres espigados, fuertes en el cabezazo y de una talla que amedrentara a los defensores. Y que fueran extranjeros. Y él, pequeño, pero habilidoso, no pudo competir con ese estándar tan clavado en el pensamiento y al final tuvo que irse por las bandas.
“José Curti me vio y me dijo: ‘Perdoná, pero vos te me vas por la punta derecha. En el centro no te quiero ver’. Y claro, uno de pelao hace caso”. Gallego dttebutó con Nacional en un partido frente a Santa Fe en el Atanasio Girardot. Nicolás Lobatón fingió una molestia, pidió el cambio a 25 minutos para el final y antes de chocar las manos lo mandó a la cancha con una frase estimulante: “Entre, pues, tienen que ver lo que usted sabe hacer”.
Eso fue como despertar al revés para Gallego, porque tuvo que olvidar todo lo que sabía, o lo que creía saber, y empezar a hacer cosas nuevas, a adaptarse. “Con el tiempo me di cuenta de que me faltó carácter. Fíjese en Bebeto y Romario que eran chiquitos, y dieron la pelea y se consagraron. Y yo, que venía de la selección de Antioquia siendo goleador, me dejé llevar por la corriente. Había velocidad y remate. Pero no fue suficiente”.
Gallego entendió, en ese instante, que un entrenador debía explotar las condiciones que veía, mas no alterarlas. Y que no era del todo necesario encajar en el molde. Su carrera duró 12 años y llegó al final no porque quisiera, sino por el incumplimiento de Santa Fe con los pagos. El club bogotano entró en una crisis institucional y esta se vio reflejada en el desempeño deportivo.
Y Gallego, de 30 años, se aburrió de las promesas y de no tener estabilidad, y se devolvió para Medellín a pesar de las ofertas de Atlético Bucaramanga y Deportivo Pereira. La cordura pudo más que el impulso. “Unos años antes, cuando estaba en Once Caldas, hice una gran amistad con Eduardo Luján Manera. Me tenía mucha confianza y fue él quien me dijo que tenía madera para ser entrenador”.
Las tertulias luego de los entrenamientos eran pausadas, de propósitos y objetivos, de trabajo, de disciplina dentro y fuera de la cancha, de alianzas, de táctica y estrategia. Y así Gallego se ganó el respeto de Luján, la admiración del argentino que sentía que sus palabras se replicaban en los partidos gracias a su jugador preferido.
-Tenés madera para esto, Nelson.
-¿Usted cree, profe?
-Sí, les decís a tus compañeros párate acá, vete por tal lado, jugá por aquí y por allá. Eso es lo que hace un DT.
Finalmente Gallego se retiró, vendió un apartamento que tenía en Manizales y con ese dinero, más otro que tenía ahorrado, montó una fábrica de medias en el barrio Guayaquil de la capital antioqueña, un lugar en el que siempre convivieron la pobreza, la riqueza, el trago, el tango y el comercio. “Me iba lo más de bien. Mi hermano me asesoró para comprar unas máquinas de tejido y sacábamos prendas al por mayor. Eso me dio tranquilidad y seguridad. Había que sobrevivir”, dice Gallego, persona constante sin importar las circunstancias.
El momento fundacional
“Aló, ¿quién es”. Era Alberto Molina, amigo de Gallego y del entonces dueño de Atlético Nacional, Cristóbal Tobón. “Quieren armar un equipo de puros criollos, Nelson. Y queremos que estés acá”. Gallego tomó el control de las divisiones menores del club. Entrenaba con los jóvenes en la mañana, y en la tarde hacía trabajos diferenciados con los atacantes de la nómina profesional. También daba consejos, entre ellos el de traer a Francisco Maturana para que liderara un proyecto novedoso, arriesgado, pero excitante. “Tuve un grupo sub-17 impresionante. De 50 partidos ganamos 48, empatamos uno y perdimos otro. Eso me dio visibilidad y la gente empezó a preguntar por mí”.
En 1992 Gallego se fue para Independiente Medellín, ya como DT principal. Y tuvo bajo su cargo a Carlos El Pibe Valderrama, a Óscar Pareja y John Wílmar Pérez, por nombrar algunos. Y aunque terminó en el puesto 13 del la liga, tiene la convicción de que su equipo lo hacía más que bien, con partidos brillantes, con actuaciones memorables, en la parte táctica, cosas poco valiosas para la lógica del fútbol resultadista.
“La gente no valora eso. Pero si usted quiere ver un conjunto organizado, vertical y compacto para defender, lo invito a que mire a ese Medellín”. Al final de esa temporada, cuando quiso pedir uno que otro refuerzo para darle más peso al club, la mayoría de figuras que ya estaban se fueron, hubo un cambio de directivos y el narcotráfico enredado en el fútbol antioqueño truncó la planificación.
“Me fui para Quindío, pero pasó lo mismo: una nómina equilibrada con hombres como Álex Comas, Frankie Oviedo, Víctor Mafla y Héctor Hurtado, que nos los prestó América. Y cuando sentía que podía pelear por algo llegó la desarmada, y vuelva y arranque de cero. La historia fue igual con Huila. Es muy jodido competir así”.
Gallego regresó a Nacional como asistente por pedido de Juan José Peláez, estuvo en la dos finales que perdió el cuadro verde en 2004 (con Medellín y Júnior) y luego se fue para las divisiones menores de Deportivo Cali, antes de montar la Corporación Deportiva Gallegol. “No es una escuela, ojo, es un equipo. Acá no se le cobra a nadie mensualidades por jugar, se buscan talentos y se trata de ayudarlos para que surjan. ¿Cómo le va a decir uno a un padre de familia que tiene que pagar $100 mil para que su hijo se entrene cuando ganan el mínimo? Los que quieran trabajar y tengan talento tienen las puertas abiertas en la Unidad Deportiva de Belén, claro, cuando todo esto de la pandemia lo permita”.
Todo estaba Cuadrado
La primera vez que Nelson Gallego vio a Juan Guillermo Cuadrado fue por petición de Agustín Garizábalo, en una veeduría que él, como director de la cantera del Cali, hacía por Barranquilla. Tenía 13 años y a Gallego le llamó la atención la habilidad que tenía para moverse, lo escurridizo que era, también sus piernas delgaditas, como dos palillos, y lo enjuto que era para su edad. “Se fue desde el Urabá para probar suerte y no le paraban bolas”.
En una alusión a la solidaridad, y quizá viendo que Cuadrado era diferente, Gallego se comprometió con Marcela Bello, mamá del niño, y se lo llevó para Cali a entrenar con él. Y lo tuvo en su casa, y asumió la manutención, que los guayos, las medias, las pantalonetas, hasta los implementos de aseo. Incluso tuvo que ser riguroso y estricto cuando Juan Guillermo se negaba a estudiar.
“No quería graduarse, todo era fútbol y fútbol. Tocó presionarlo porque era el compromiso con la mamá”. Gallego se dio cuenta de que Cuadrado, por lo flaquito, tenía mucha potencia de arranque, pero que necesitaba más masa muscular. Y le consiguió unas pesas y lo obligó a correr todos los días con el contrapeso amarrado a los tobillos. Y el niño, consciente del trabajo, obedecía sin refutar. Además, le enseñó que el juego mismo era más que gambetear, que no era suficiente con dejar a un rival regado cuando después podían llegar dos o tres a marcar.
“Lo ponía de espaldas para que recibiera el balón y lo entregara de una. Y luego de frente para que armara paredes, máximo de a un toque. Cuando terminábamos nos quedábamos pateando, que primero con curva y seguido a ras de piso. Con la derecha y la izquierda. Las dos por igual”.
Aunque Gallego parecía psicorrígido, Cuadrado contó después que era un hombre de maneras mansas y con la paciencia de un buen maestro. Y, sobre todo, que era persistente cuando creía en algo. Ambos se acostumbraron a las negativas, a que la respuesta fuera la misma cuando Nelson lo mostraba en alguna prueba. “No lo traigás por acá que ese pelao tiene muy poquita talla”, le soltaron a manera de orden en Medellín cuando intentó que Cuadrado fuera parte de una de las selecciones de Antioquia siendo el goleador de la liga, mejor que otros futbolistas mayores que él. Hasta la esposa de Gallego se sumó a la tarea con el diseño de un menú alimenticio para que el niño aumentara de peso.
“Se fue conmigo para Cali, después estuvimos en Bello y hasta en Bucaramanga. Y le tocó aprender a cocinar, a lavar, a subsistir”.
La frustración en Argentina
Si bien hubo momentos duros antes de ir a Europa, Gallego rememora uno en especial que los dejó en un estado de duelo. Antes de jugar con Medellín, Cuadrado y su entrenador viajaron a Argentina. Estuvieron en un partido organizado por Boca Juniors, de esos en los que los jóvenes son más vehementes que técnicos y en los que la fuerza y la adrenalina de hacer mucho en muy poco obnubila a más de uno.
“Les gustó. Y un club de segunda división preguntó por él. Sin embargo, no teníamos agente y allá todo se maneja con intermediarios, con el tú me conoces y yo te conozco. Entonces, nada, nos devolvimos. Juan Guillermo lloró mucho. Seguramente pensaba que había dejado escapar una gran oportunidad”.
Por fortuna, y vivida la experiencia aleccionadora, Juan José Peláez asumió como DT del DIM, Gallego buscó al viejo amigo y logró que aceptara a Cuadrado en la nómina profesional. Y tras un año magnífico se fue para Italia a firmar con Udinese. Entró pesando 45 kilos y viajó con 56. La disciplina fue el sello imborrable de un Cuadrado que no se perdió en la rumba, en el alcohol y en la noche, como sí sucedió con otros más talentosos. “Fíjese Jairo Mosquera. Un crack, hubiera llegado lejos, pero no quiso. Y si usted no tiene claro lo que quiere, mucho menos sabrá para dónde va”.
Ahora, con la nostalgia genuina del que lo ha visto todo, y mientras espera recuperar el hábito de la realidad de antes de la pandemia para seguir entrenando, Nelson Gallego hace un llamado: “Miren para acá, a los clubes pequeños, que probablemente hay muchos que merecen ser vistos”, concluye con un suspiro de resignación el hombre al que Juan Guillermo Cuadrado no deja de agradecer, cuando tiene la oportunidad, por ser su gran mentor.
Por: Camilo Amaya