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Andrés Escobar, más que un hombre, fue un ídolo. Y así quedó registrado en las imágenes de una multitud acompañando un féretro envuelto en una bandera verde y blanca, en las fotos del defensor que aparecieron a lo largo de un peregrinaje que paralizó a Medellín y en el llanto incesante de Santiago su hermano, en el rostro absorto de otros familiares y en la nostalgia de un país que una vez más vio cómo el fútbol y la violencia cruzaban sus caminos.
Humberto Muñoz fue el que apretó el gatillo de un arma marca Llama, calibre 38 largo. Y no lo hizo una o dos veces, lo hizo seis, como si quisiera asegurarse de que no quedará cualquier vestigio de vida. Muñoz, el chofer de los hermanos Santiago y Pedro Gallón Henao, fue condenado a 43 años de cárcel. Pagó solo 12. Sus jefes, los incitadores de todo, los responsables indirectos, ni siquiera estuvieron tras las rejas por este hecho.
Los lugares comunes aparecieron otra vez: “los responsables pagarán”, “siguen las exhaustivas investigaciones”, “un hecho aislado” “la justicia llega tarde, pero llega”. Pero no llegó nada y solo quedaron los recortes de periódicos, los recuerdos de muchos, que fueron el legado de otros (que siguen siendo), y, como siempre, la impunidad. Y como la vida misma, que se empeña en ser llevadera y en hacernos olvidar, el fútbol retomó su causal y todo fue como antes.
Horas antes de que lo mataran, a eso de las 4:00 a.m. Andrés estaba con Juan Jairo Galeano y dos amigas en la discoteca El Indio, en la vía Las Palmas. “Desde la mesa de los hermanos Gallón le empezaron a gritar ‘Autogol, Andrés, Autogol’. La noche fue incómoda, y por más que Escobar pidió respeto, las increpaciones no pararon, por el contrario, fueron más severas. Y la discusión se trasladó al parqueadero del lugar, donde siguió discutiendo con Pedro y después se metió Santiago, el hermano mayor, y de un momento a otro Humberto Muñoz se bajó de la camioneta Toyota y le disparó a Andrés que ni siquiera se había bajado de su auto”, recordaría Jesús Yepes, el fiscal designado para el caso.
El defensor de Atlético Nacional fue trasladado a la clínica cercana, pero falleció en el camino por la gravedad de las heridas. El hombre del autogol contra Estados Unidos en el Mundial de 1994 murió antes de que terminara esa Copa del Mundo. Y por eso la consternación del planeta entero que celebraba la fiesta del balón.
Días antes, luego de la eliminación de Colombia de esa Copa del Mundo, la mayoría de los jugadores de esa selección prefirieron quedarse en Estados Unidos mientras los ánimos se calmaban en el país. Pero Andrés no quiso y decidió volver, y le dijo a más de uno que no había qué temer, que el fútbol era un juego y no podía ser tan trascendental. “No te vayás para Medellín, quédate con la familia viajando”, le dijeron, a lo que él respondió: “tengo que dar la cara”. Siempre un caballero, siempre erguido, más en los momentos difíciles.
Andrés recordó con las gentes esa jugada, respondió una y otra vez a quienes le preguntaron por el autogol, incluso brindó con quienes levantaron su copa para felicitarlo por el “autogolazo” y lo hizo de una manera cordial porque sabía, o al menos esperaba, que la vida no terminaba allí, que todavía tenía una carrera por delante, quizá otro Mundial. “Estaba listo para irme para Andes, Antioquia, cuando llegó Andrés a mi apartamento y me dijo: ‘usted se tiene que quedar aquí en Medellín, conmigo’. Me pidió que fuéramos a dar una vuelta, llamamos a otro amigo, Eduardo Rojo, y nos fuímos para el Parque Lleras”, recuerda Juan Jairo Galeano.
Los tres tomaron unas cuantas cervezas en un lugar llamado El Niágara, a eso de las cinco de la tarde, y compartieron con varios hinchas, que, más que increparlo, lo felicitaron y se tomaron fotos con él. Luego se fueron para El Indio y Escobar vivió la mayor derrota de su vida: la muerte.
Más adelante vinieron otras hipótesis, más dañinas: que la muerte de Escobar nada tuvo que ver con lo sucedido esa noche, sino que era una revancha de apostadores que perdieron grandes sumas de dinero, del mismo narcotráfico, hasta se especuló con un lío de faldas con la mujer de un hombre poderoso de Medellín y quien no toleró la infidelidad de su pareja. Ninguna sustentada, claro. Lo cierto es que ese 2 de julio de 1994, hace 26 años, el día que se disputaron dos partidos de los cuartos de final del Mundial (Alemania contra Bélgica y España ante Suiza), la violencia, por así generalizarlo, le puso un punto final a los sueños de un defensor que jugaba con una elegancia única, a uno de los futbolistas más queridos por los antioqueños y de los más decorosos del país.